Sobreaviso

¿No hay quinto malo?

A López Obrador poco le importa ver el reloj sexenal y actúa como si estuviera en condición de ejercer a plenitud su poder, sin reconocer algo fundamental: su tiempo se agota.

La perspectiva económica inmediata del país es buena, la perspectiva política no. En este último campo, la expresión taurina de “no hay quinto malo” se tambalea ante los múltiples frentes abiertos y la tensión prevaleciente.

Hoy, se cumple el quinto año del gobierno y en los diez meses restantes –sobre todo, en los próximos seis– la República y la democracia estarán bajo estrés. Ojalá este último tramo del sexenio no sea malo.

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En los últimos meses, la miscelánea de asuntos políticos y sociales presagia dificultades que, en un descuido, podrían colocar en un apuro a la estabilidad.

El amago de toparse con una realidad compleja es evidente. Pese a ello, el gobierno y los partidos en su conjunto lejos de distender y domeñar la situación, la tensan y complican de más en más. Están tan metidos e interesados en la lucha por el poder o por sobrevivir a ella que, pretendiendo diferenciarse, coinciden en violar la ley electoral con la aquiescencia mal disimulada de la autoridad electoral.

En ese concurso de simulaciones, al mandatario poco le importa ver el reloj sexenal y actúa como si estuviera en condición de ejercer a plenitud su poder, sin reconocer algo fundamental: su tiempo se agota y, aun cuando dice respaldar a la precandidata del movimiento al cual pertenece, su acción entorpece las posibilidades de ella y reduce su margen de maniobra. A su vez, la oposición ha hecho de la mediocridad, la pequeñez y el conformismo la plataforma de lanzamiento de su precandidata que nomás no da pie con bola.

Una precampaña donde las concursantes, so pretexto de no poderla divulgar, dejan en duda si tienen una propuesta y, sin querer, dejan ver cómo lidian hacia el interior de su respectiva coalición a fin de legitimar su postulación, mientras el tercer competidor no acaba de remontar la condición y situación del gobierno que abandona.

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Con todo, esa realidad no es la que presagia problemas de mayor envergadura.

Del desastre dejado por el huracán Otis en Acapulco, el gobierno y los partidos se han desentendido, siendo que en la secuela de esa catástrofe anida un malestar social y un giro de la actividad criminal. Pese a ello y ante la imposibilidad de disponer de los más de 15 mil millones de pesos concentrados en los fideicomisos del Poder Judicial que el Ejecutivo y el Legislativo afín pretendían extinguir, el gobierno y los partidos están más interesados en ver quién gana la partida. El gobierno trina contra el amparo que los inmoviliza y la oposición lo festeja, pero ninguno se empeña en determinar de dónde saldrán los fondos para rescatar al puerto y los municipios adyacentes.

Más adelante, la tristeza de quienes vieron volar su empleo, instrumento de trabajo, negocio, patrimonio u horizonte probablemente se convierta en rabia y, dado el desgobierno de la entidad y de plazas como Chilpancingo o Taxco pueden hacer del puerto el catalizador de ese volcán social. Aunado a ello, está por verse –como dicho en anterior Sobreaviso– qué hará la delincuencia: mudar de actividad en el puerto o emigrar. Por lo pronto, la violencia criminal registrada últimamente en Taxco y Cuernavaca quizá sea el aviso de ese giro.

Integrar al padre de la hija en la Comisión Especial del Senado para dar seguimiento a la reconstrucción del puerto no es una burla, es un agravio.

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Lo sucedido antier en el Congreso de Nuevo León no habla sólo de un problema de gobernabilidad, también del peligro de arrumbar a la política.

Cuando entre una abigarrada turba y una compañía de policías ministeriales, un Congreso designa al interino del gobernador que se va de gira a buscar otro gobierno, la conclusión es obvia: el parlamento está roto y sólo cuenta la fuerza. Ni a cuál irle de las partes en pugna. Si el interés opositor en Nuevo León es desplazar del gobierno a un partido electo y hacerse de él, al tiempo de golpear al gobernador que se va de precandidato presidencial y amenaza con disminuir aún más a su propia precandidata es tanto como darle nivel de arte a la incapacidad. Designar al frente del gobierno a un vicefiscal vinculado a Adrián de la Garza habla de ello.

Lo paradójico de ese zafarrancho próximo al golpismo es que los protagonistas de un bando y del otro presuman ser la opción ante el poder establecido.

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Entre el presidente radical y la oposición impasible, el nombramiento presidencial de la próxima ministra de la Corte de Justicia es un trámite, engorroso, pero un trámite, a fin de cuentas.

Tras cinco años de ver la actuación presidencial, el mayor desgaste de la oposición ha sido de garganta. Se les ha irritado la voz y, eso sí, han dado fuerte impulso a la producción de boletines, conferencias de prensa, cartulinas de protesta, así como de controversias judiciales. Más allá no han ido porque lo suyo es la política de pasillo o de salón, y salir a la calle es inseguro.

Ahora, sin embargo, se les viene un asunto pesado que, a saber, si la Corte se los pueda resolver. En su ansia por cerrar bien y fuerte, el Ejecutivo se muestra resuelto a maquillar asuntos que vengan en desdoro de su gestión –destacadamente inventariar a modo y a su favor el número de personas desaparecidas– o, bien, impulsar iniciativas o emprender acciones que hagan si no brillante, sí brillosa su administración.

Tal pretensión reclama una oposición mucho más inteligente y decidida, distante de la pequeñez que la distingue. ¿Sabrá hacer algo más, aparte de declarar o de gritar?

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Hoy cumple cinco años el gobierno, le restan diez meses. Hay en el horizonte político signos inquietantes, ojalá no haya un quinto malo.

En breve

Si la presunta ministra ha podido con la faena de despachar como lo hace, su proyecto de resolución sobre las corridas de toro es nada para ella.

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