Sobreaviso

Ya no es lo que era

La cantidad de minutos empleados por el presidente López Obrador para hablar ante Joe Biden no empató con la calidad del pronunciamiento formulado.

No deja de ser sintomático. Al encuentro de los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Joe Biden le ganaron espacio en la prensa mexicana –la norteamericana no le confirió mayor relevancia– dos espinosas noticias, amenizadas por la campechana comedia del momento.

Aparte de la genuina o artificial curiosidad de Biden por saber cómo la reportera Isabel González sostenía firme su celular para grabar el cónclave presidencial, las noticias que desplazaron a la minicumbre de los calcetines sin resorte y del mandatario mal sentado, fueron: el enfrentamiento de la policía metropolitana con una célula del Cártel de Sinaloa en el sur profundo de la capital y la agobiante sequía que pinta una emergencia en más de un lugar, como más adelante lo harán los huracanes. Noticias que provocan un profundo dolor y malestar social.

Divirtió esa realidad, como entretenimiento o distracción, la chocarrera comedia estelarizada por la gobernadora peligrosa -perdón, pelirroja- y el dirigente bicolor -perdón, tricolor- que se presenta como un perseguido político y se le exhibe como un político perseguido. A saber cuánto tiempo más se prolongará esa primera temporada que, desde ahora y en cada uno de sus episodios, deja ver a la antipolítica como la forma de relacionarse entre los adversarios.

En todo caso, la cantidad de minutos empleados por el presidente López Obrador para hablar ante Joe Biden no empató con la calidad del pronunciamiento formulado y, ergo, el breve saludo de poco más de media hora no hizo suyas todas las ocho columnas de la prensa nacional. En los medios donde las consiguió, los distintos enfoques adoptados por los diarios hicieron manifiesta la ausencia de claridad en el sentido mensaje.

La realidad está rebasando a la voluntad… ya no es lo que era, aun cuando la popularidad presidencial se mantenga. La agenda ya no la impone el mandatario, sino la circunstancia nacional. Quizá, por ello, ahora se muestra más reactivo que proactivo, más sarcástico que simpático.

Ciertamente –y hay que decirlo–, el mérito del encuentro personal entre López Obrador y Biden no radicaba en aquello que se tratara, acordara o resultara, sino simple y llanamente en que se diera.

Ambos mandatarios requerían no tanto verse cara a cara, sino que los vieran juntos, así fuera rechinando los dientes. Requerían, valga el parangón, aplicar la máxima reyes-heroliana de “la forma es fondo”, pero de manera inversa: “el fondo es forma”. Las actitudes, las posturas y los desplantes asumidos a distancia por el presidente mexicano ante su homólogo estadounidense, urgían demostrar –en sentido contrario a la letra de la canción– que la distancia no es el olvido. Asimismo, la necesidad de contener la migración acompañada de los bajos índices de popularidad y la debilidad política que afectan al presidente estadounidense, le exigían a Biden llevar a su Oficina Oval al mexicano. Incómoda o no la situación, precisaban estrecharse la mano y sonreír aunque fuera de dientes para afuera.

Desde esa perspectiva y sin pasar por alto el mal diseño de la visita y la elaboración de la agenda por parte del equipo de la cancillería de Marcelo Ebrard, el fugaz viaje a Washington cumplió su cometido. Importaba el continente no el contenido. Lo determinante del eventual ajuste en la relación se verá más adelante. Primero, en el Diálogo Económico de Alto Nivel a efectuarse en septiembre y, luego, en la Décima Cumbre de Líderes de América del Norte a celebrarse aquí a finales de año. Ahí se verá si el presidente López Obrador replantea el límite y el horizonte de la relación con Estados Unidos, recortando el tamaño de las expectativas que, aun hoy, promete.

Quienes reclaman nulos acuerdos o resultados del encuentro de esta semana, no entendieron que el encuentro era el resultado. El fin, no el medio.

En todo caso, las notas que redujeron el despliegue informativo del vis a vis entre el Ejecutivo de aquí y de allá, reponen sobre la mesa la simiente de un malestar que, de no encontrar respuesta, pueden terminar por colocar en un apuro el desenlace del sexenio y el desarrollo del concurso por la presidencia de la República.

El que la capital de la República esté en la mira de los cárteles del crimen como la joya de la corona a disputar, lejos, muy lejos está de ser una buena noticia. Es un aviso que, en otras regiones del país, es amenaza cumplida. Por fortuna, el trabajo del secretario de Seguridad local, Omar García Harfuch –a costa incluso de su propia integridad–, arroja hasta ahora resultados dignos de reconocimiento. Sin embargo, el enfrentamiento en Topilejo, una de las laderas del valle de los Poderes de la Unión, anuncia un nuevo agravio al Estado por parte de los hijos de Joaquín Guzmán Loera. ¿Se les dejará en paz otra vez?

Asimismo, la falta de agua que pega en el corazón de una necesidad vital y expresa como la pandemia, los incendios, los huracanes o los sismos, el peso del poder de la naturaleza sobre la naturaleza del poder es una noticia a la cual el gobierno debería prestar extrema atención y rápida acción. Nadie vive de promesas y mucho menos se las bebe.

En cuanto a la comedia, ojalá Alito y Layda concluyan ya la primera temporada y pulan su actuación. Como actores de reparto les está faltando sincronía en el playback, la simulación que protagonizan y, así, ni se gobierna ni dirige.

Estos días dejan ver que la realidad está rebasando a la voluntad y estrechando los márgenes de maniobra para atemperar la circunstancia nacional y, en cierto modo, internacional. De no advertir la delicadeza del momento y reaccionar con tino y oportunidad, el sólo movimiento de los labios no va a mejorar la situación.

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