El síndrome de Andrés Manuel
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El síndrome de Andrés Manuel

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El síndrome de Andrés Manuel

11/02/2020
columnista
Raymundo Riva Palacio
Estrictamente Personal

David Owen fue el ministro de Asuntos Exteriores más joven del Reino Unido, nombrado Lord por la reina Isabel II y en la última década, famoso por haber investigado junto con Jonathan Davidson, de la Universidad de Duke, los perfiles sicológicos de los 100 primeros ministros ingleses y presidentes de Estados Unidos. En 2007 publicaron El Síndrome de Hubris y encontraron que 14 –siete de cada país– mostraban síntomas del síndrome, pero solamente cinco, Margaret Thatcher, Tony Blair, David Lloyd George, Neville Chamberlain y George W. Bush, dijeron, padecían esta enfermedad asociada al poder. Algunas características que los unen son similares a las que muestra el presidente Andrés Manuel López Obrador.

En una conferencia magistral que ofreció Owen en el Colegio Real de Médicos, en 2008, dijo que era más probable que el síndrome se manifestara durante una larga duración del poder y por la forma como crecía mientras se ejercía. La enfermedad de los poderosos, aclaró, no debía ser asociada con un daño cerebral o una enfermedad mental. “Usualmente los síntomas se abaten cuando la persona ya no ejerce el poder”, precisó. “Es menos probable que se desarrolle en una persona que se mantiene modesta, abierta a la crítica, y tiene un cierto grado de cinismo o un bien desarrollado sentido del humor”.

Owen identificó un conjunto de características que definen el síndrome. Entre ellas:

  • Desproporcionada preocupación con su imagen y presentación.
  • Una forma mesiánica de hablar acerca de la forma como están haciendo las cosas, y una tendencia a exaltarlas en el discurso, identificándose a sí mismos con la nación, al grado de considerar su perspectiva y los intereses de los dos, idénticos.
  • Propensión narcisista para ver el mundo primariamente como una arena en la cual pueden ejercer el poder y buscar la gloria, en lugar de verla como un lugar con problemas que necesitan ser abordados de una forma pragmática y que no son referidos a ellos.
  • Predisposición a llevar a cabo acciones que probablemente los dejen bien parados, tomadas en parte para fortalecer su imagen.
  • Confianza excesiva en su propio juicio y desdén por el consejo o la crítica de otros.
  • Pérdida de contacto con la realidad.
  • Tendencia a permitir que su 'amplia visión', especialmente su convicción sobre la rectitud moral del curso de acción propuesto, soslayando la necesidad de considerar otros aspectos, como el sentido práctico, los costos y la posibilidad de resultados inesperados.
  • Consecuentemente, un cierto tipo de incompetencia para llevar a cabo una política, que podría ser llamada 'incompetencia hubrística', cuando las cosas van mal por la excesiva confianza de un líder en sí mismo, que hace que no se preocupen con los detalles de una política.

La descripción del Síndrome Hubris puede observarse en las acciones de López Obrador, quien resalta su autoridad moral por encima de todos, exalta lo que hace –“somos diferentes”–, confía excesivamente en su propio juicio –¿se acuerda cuando apostaba reiteradamente a que el crecimiento económico sería superior a 2 por ciento?–, rechaza consejos y críticas de propios y extraños, no analiza consecuencias de sus acciones –la cancelación de la obra del aeropuerto de Texcoco, la austeridad republicana dogmática, el frenón a la inversión privada en el sector energético–, la insistencia de utilizar sus “otros datos” cuando la evidencia señala lo contrario, o frases que sugieren desmesura: “Yo ya no me pertenezco; yo soy de ustedes”.

Owen apuntó que el síndrome se da en líderes demócratas y autoritarios. La investigación que realizó con Davidson se enfocó en aquellos que llegaron al poder por la vía del voto, pero en su conferencia en Londres, Owen incluyó entre quienes padecieron del síndrome del poder a Joseph Stalin, Mao Zedong, Pol Pot, Idi Amin y Robert Mugabe.

Uno de los factores que provoca el síndrome, explicó, tiene que ver con los controles mínimos sobre un líder que ejerce una fuerte autoridad personal. La soberbia y la arrogancia los acompañan, que en el caso de líderes electos democráticamente, los colocan en situaciones más vulnerables que los autócratas, porque dependen del voto, como sería el caso de López Obrador.

Pero a diferencia de los 100 dirigentes que analizaron Owen y Davidson, los contrapesos de López Obrador son inexistentes. Tiene bajo su control a la Cámara de Diputados, el Senado y la presidencia de la Suprema Corte de Justicia. La oposición está borrada y cuando se mueven, aparece una filtración en la prensa sobre presuntos actos de corrupción. Los empresarios no se pelean con él, ante la sombra amenazante del SAT y la Unidad de Inteligencia Financiera.

En su conferencia magistral, Owen citó a Bertrand Russell, quien en su Historia de la Filosofía Occidental, publicada en 1961, escribió: “El concepto de ‘verdad’, como algo dependiente de los hechos, en gran medida fuera del control humano, ha sido una de las formas en que la filosofía ha inculcado hasta ahora el elemento necesario de humildad. Cuando se elimina este control sobre el orgullo, se da un paso más en el camino hacia un cierto tipo de locura: la intoxicación del poder”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.