Estrictamente Personal

La perra brava

López Obrador quería descabezar el CIDE y desaparecerlo, y él (Romero Tellaeche) fue el instrumento que dio la cara para concretar su deseo. Lo está viendo ahora, comenta Raymundo Riva Palacio.

El refrán popular “de que la perra es brava, hasta a los de casa muerde”, para señalar en México que cuando alguien es violento desconoce parentescos, es exactamente lo que le está sucediendo a José Antonio Romero Tellaeche, que a finales de 2021 fue impuesto por la directora del Conahcyt, María Elena Álvarez-Buylla, como director general del CIDE, como parte de la cruzada impulsada desde Palacio Nacional para purificar esa institución, prestigiada y con fama extrafronteras, pero que, como todo lo que se construyó en el pasado, el presidente Andrés Manuel López Obrador busca demoler.

Hoy, el testaferro académico del lopezobradorismo está sufriendo porque lo que le prometieron lo han incumplido, porque ni ha podido expandir y transformar la institución, ni recibido los apoyos que le ofrecieron, ni ha sido el CIDE la prioridad que le habían dicho. Romero Tellaeche enfrentó las críticas, la ignominia, la etiqueta de esquirol que lastimó su fama y el respeto académico, para encontrarse con el pragmatismo del Presidente: úsese y tírese. Lo único que importa es lo que quiere el jefe. López Obrador quería descabezar el CIDE y desaparecerlo, y él fue el instrumento que dio la cara para concretar su deseo. Lo está viendo ahora.

Romero Tellaeche, en abono a él, ha tratado de concretar los planes con los que llegó al CIDE, pero está hundido en la impotencia. El 6 de noviembre pasado le envió una carta a Álvarez-Buylla para “reiterarle la preocupante situación” que afrontaba la institución, particularmente la financiera. Sus recursos fiscales están limitados y no ha logrado flexibilidad en la gestión de recursos autogenerados, “vitales” para mantener la viabilidad financiera. Tampoco puede pagar a profesores internos que participan en proyectos académicos, ni reciben sus pagos por clases y publicaciones en tiempo y forma.

La carta transpira frustración. Dos semanas antes de enviarla se agotaron los recursos para el comedor, y como no pueden utilizar dinero propio, solicitó a través del Conahcyt recursos fiscales a la Secretaría de Hacienda, que se los negó casi en automático. Poco antes, en septiembre, envió más de 400 fotografías sobre la “lamentable” situación en la que se encontraban las instalaciones, sin recibir ninguna respuesta. “Estamos profundamente preocupados por el futuro de la institución”, apuntó. “La precaria situación en que se encuentra el CIDE nos limita al extremo de reducir nuestros planes de expansión y transformación”.

Eso impidió, por ejemplo, que ante la falta de plazas se pudieran ampliar las actividades en el campus de Aguascalientes, a pesar, dijo, de que es el principal Centro Público de Investigación en Ciencias Sociales. El desprecio por el CIDE lo comprobó Romero Tellaeche cuando se enteró por la prensa de que el gobierno tenía pensado despojarlo del campus hidrocálido para “un proyecto de última hora”, un centro de formación en tecnologías inteligentes y cómputo. Es una broma.

Las tecnologías inteligentes no están en el radar del Presidente, ni hay una estrategia en los planes de educación para ello. De hecho, como lo ha dejado ver con claridad López Obrador a través de sus declaraciones y acciones, entre más pauperizada y menos educada esté la sociedad mexicana, mejor para su proyecto de eternización de una colectividad de pobres que tiene como proyecto de nación. Romero Tellaeche debe sentirse engañado, aunque no lo expresa con claridad en su carta a Álvarez-Buylla, pero es evidente que él esperaba otra cosa del Presidente, y de la directora del Conahcyt.

El doctor en economía fue recomendado para el puesto por su viejo amigo Lorenzo Meyer, que de haber sido por décadas la conciencia crítica de la nación se volvió intelectual orgánico del régimen, y se comprometió con un proyecto que ahora, por lo que escribió en su carta, probó ser de aire. Su carta fue respondida a los tres días de enviada, pero no por Álvarez-Buylla, sino por un funcionario menor, José Alejandro Díaz Méndez, jefe de la Unidad de Artciulación Sectorial y Regional del Conahcyt, en un largo oficio con tono petulante, propagandístico y agresivo. Como botones de muestra:

*Los Centros Públicos no son despachos ni consultorías que sirvan de plataformas para facilitar que las y los investigadores que laboran en ellos obtengan recursos por concepto de honorarios, adicionales al suelo que reciben como servidores públicos, con motivo de los proyectos que “lleven” al centro, como sí sucedía en el CIDE a través de uno de los fideicomisos que administraba, sino que se trata de instituciones públicas que, por su naturaleza, están sujetas al principio de austeridad republicana. Traducción: no les pagarán nada adicional, ni el CIDE tendrá ingresos generados por el talento y el trabajo que realizan sus investigadores.

*Los servidores públicos que legítimamente persiguen fines de lucro tienen toda la libertad para alcanzar sus objetivos en el sector privado, pero no es legal ni legítimo poner las instituciones públicas a su servicio para conseguir sus intereses particulares. Traducción y contexto: antes de la administración actual, se realizaban proyectos externos en el CIDE –hubo abusos, cierto, pero no era la norma– que generaban ingresos a la institución para financiar otros proyectos o crear centros especializados que aportaron enormemente al país, como los estudios sobre la seguridad pública, que prácticamente desaparecieron en coincidencia con la postura antimilitarista que sostenía. Por tanto, la puerta es muy grande para que se vayan, que después de todo Álvarez-Buylla está deshidratando la institución y la está asfixiando.

*La transformación del país demanda de los servidores públicos una conducta republicana y el pueblo de México nos exige un auténtico compromiso para combatir la desigualdad, la corrupción, la avaricia y el despilfarro de bienes y recursos nacionales. Traducción: López Obrador se chupó la inteligencia y el sentido común de muchos, y los convirtió en multiplicadores de sus proclamas panfletarias sin matices y, en muchos casos, mentirosas.

*Cuando lo invitamos a dirigir dicho centro, le compartimos con claridad los objetivos y retos que enfrentaríamos en este proceso. Traducción: pamplinas, a decir de la carta de Romero Tellaeche. Le ofrecieron otro porvenir y lo timaron. Como a muchos.

COLUMNAS ANTERIORES

Lázaro, el que nunca se fue
Fracaso compartido

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.