Estrictamente Personal

Aguas con la Autopista del Sol

La violencia y la inseguridad para los viajeros ha ido escalando, a la par, aunque en porcentaje inferior, a la del transporte de carga.

En las últimas semanas han aparecido mensajes aislados en las redes sociales sobre incidentes violentos en la Autopista del Sol. El último fue el domingo, cuando una señora denunció, para que cada quien tomara sus precauciones, que le acababan de asaltar en un paradero delante de Tres Marías, cuando se detuvo por unos minutos con su pequeña hija. No son muchos aún quienes hacen público lo que les sucede, pero incidentes similares se están dando con una frecuencia que ya es alarmante, como parte del fenómeno nacional donde cada vez estamos perdiendo libertad de movimiento en las carreteras, que de manera creciente están pasando al control de bandas criminales.

La historia de este profesionista –cuyo nombre y profesión se omite por obvias razones– es un ejemplo muy gráfico de esta pérdida de libertad. Residente en Cuernavaca, por razones de su trabajo recorre todo el país, y al completar uno de esos viajes, aterrizando de noche en el aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México, decidió ir a su casa. Por décadas, esa autopista parecía, para un capitalino, una extensión de las vías rápidas metropolitanas, utilizada sin mayor preocupación a todas horas. Hoy, ya no es así. Delincuentes y policías la han convertido en una ruta de riesgo.

Lo que sucedió con el profesionista muestra a los extremos en que la violencia, la inseguridad y la impunidad han llegado en estos últimos años. Recién había pasado Tres Marías, cuando el profesionista fue detenido por una patrulla de la Guardia Nacional, que le pidió toda su documentación. Los guardias se tomaron demasiado tiempo en la revisión de los documentos, pensó, por lo cual preguntó si había algún problema. Como respuesta vino una confesión cínica: “Esto es un asalto”.

La respuesta lo congeló. No eran delincuentes con uniforme de Guardia Nacional. Eran guardias reales los que estaban cometiendo un crimen. Le quitaron sus tarjetas de crédito y con la amenaza de que con la documentación que entregó más las identificaciones de su cartera sabían perfectamente dónde vivía, y con la información del teléfono que le decomisaron tenían todos los datos de su familia y su patrimonio, le exigieron todas las claves para poder entrar a sus cuentas bancarias y tarjetas de crédito, con la amenaza de represalias si denunciaba el atraco. Nunca lo denunció. Su vida y la de su familia cambió para siempre.

Otro caso, de un ejecutivo en una empresa, viajaba con su esposa y su hija a Acapulco, como lo había hecho regularmente durante años, y cinco minutos después de pasar la caseta de Alpuyeca, donde se encuentra la desviación hacia el lago de Tequesquitengo, notó que una camioneta se le pegó. Pensó que lo iba a rebasar y se corrió hacia el costado derecho, y la camioneta hizo el mismo movimiento. Volvió al carril izquierdo, y la camioneta replicó el giro. Segundos después alcanzaron a un automóvil y cuando se movió para rebasarlo, el automóvil, como lo había hecho la camioneta, se movió para impedir el pase.

Lo intentó dos ocasiones más y los dos vehículos que traía delante y atrás se movieron para impedirle el rebase. Ya tenía claro que se trataba de un asalto y que no podía detenerse. El problema era que no sabía cómo deshacerse de ellos. En las maniobras se corrió un poco de más e invadió el acotamiento, lo que de manera inesperada hizo que el automóvil que lo bloqueaba enfrente se fuera al acotamiento y redujera más la velocidad, aparentemente porque pensó que se iba a detener. El ejecutivo, de manera intuitiva, dio un volantazo hacia la izquierda y aceleró, aprovechando esos segundos en que se abrió un espacio, y aceleró todo lo que pudo. El automóvil y la camioneta, cuyos modelos tienen más caballos de fuerza que el vehículo en el que viajaban, lo persiguieron durante unos siete minutos hasta que cejaron en el intento. No se sabe por qué, pero quizá pensaron que su víctima potencial no iba a ser fácil de someter, y en el costo-beneficio, era mejor buscar un nuevo candidato al asalto.

No son los únicos incidentes que este espacio ha registrado. Hay otros, que no se van a detallar, donde las víctimas de un asalto se han salvado de ser secuestradas o asesinadas, y hay casos donde el vehículo que les han robado, junto con sus pertenencias, ha sido utilizado para crímenes mayores. La Autopista del Sol ha dejado de ser una vía segura, en términos de percepciones para muchos, que tienen como ley no escrita, para quienes la utilizan frecuentemente, no pararse en ningún lado.

Lugares como Tres Marías y el restaurante Cuatro Vientos, que eran paradas obligadas para muchos, se han llenado de halcones de diferentes grupos criminales, que operan desde municipios como Huitzilac, en la carretera que conecta la Ciudad de México con Cuernavaca, o en los municipios de la Tierra Caliente, en Guerrero, o en la región de la costa, donde operan otras organizaciones criminales, que tienen en el robo patrimonial y el secuestro una extensión de sus actividades de narcotráfico.

La violencia y la inseguridad de viajeros ha ido escalando, a la par, aunque en porcentaje inferior, a la del transporte de carga. Entre enero y agosto de este año, según los datos de la Cámara Nacional de Autotransporte de Carga, se registraron 9 mil 404 delitos del fuero común y federal, que es la cifra más alta del sexenio, tras lo registrado en 2019, cuando sumaron 11 mil 516. Las entidades donde se comete el mayor número de estos delitos son el Estado de México, Puebla, Guanajuato, Michoacán y San Luis Potosí.

Los nuevos factores que se han venido registrando, que no existían en los primeros años del actual gobierno, es la participación de la Guardia Nacional en la comisión de los ilícitos, que introduce a quienes viajan por las autopistas y carreteras del país a terrenos grises donde la línea entre policías y ladrones se está borrando, como lo estamos viendo en la Autopista del Sol.

COLUMNAS ANTERIORES

Persecución a periodistas
Hay pleito

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.