Estrictamente Personal

El bully de las dos caras

La postura de López Obrador en política exterior siempre cae del lado de Vladímir Putin, quien al invadir Ucrania comenzó a reescribir el nuevo orden internacional.

En la recomposición geoestratégica del mundo hay líderes que están redefiniendo sus alianzas, quienes están apostando a emerger como polo de poder y quien no entiende nada de lo que está pasando, que tiene una lengua locuaz que luego lo hace tragarse sus palabras, que lo llevan al punto donde le dan de manazos en la mesa. Si a su mente le viene la imagen de Andrés Manuel López Obrador, está en lo correcto. Lamentablemente, como mexicano, es lo que está sucediendo con el presidente de México, que se comporta en la arena internacional como un peleador noqueado.

Su consistencia en hacer pronunciamientos grandilocuentes que después corrige en los hechos es frecuente. Su constante caminar en contradicción con las políticas y posiciones del gobierno que él encabeza llega a ser desconcertante, para propios y extraños. Mantiene sus sueños de ser un líder latinoamericano, sin entender que su densidad fuera del territorio nacional es ligera. La fuerza externa de López Obrador no emana de él, sino de la geografía, que unos aprovechan, como los países de la región que se reunirán próximamente en Palenque con él para hablar sobre migración; otros toleran sus exabruptos retóricos, como Estados Unidos, y otros, simplemente, no están dispuestos a dejar pasar lo que consideren agravios.

Eso sucedió con el gobierno de Israel, que se molestó por la posición tibia de López Obrador ante el ataque de la organización terrorista Hamás a civiles israelíes el sábado pasado en su ataque sorpresa sobre comunidades judías, que afectó a ciudadanos de una decena de países, incluido México. El gobierno israelí reclamó que no condenara esos actos, unas cuantas horas después –tiempo suficiente para consultas de la embajada con su Cancillería– de que López Obrador expresara una neutralidad falsa –como lo demuestra su tolerancia a la dictadura de Nicaragua, o en la defensa de Evo Morales, Pedro Sánchez o Cuba– y pidiera la solución pacífica del conflicto, que caracterizó como un “enfrentamiento” entre israelíes y palestinos.

López Obrador se metió innecesariamente en un problema diplomático y mostró una profunda ignorancia en materia de política exterior –lo cual no es nuevo–, al proponer que la Asamblea General de la ONU –cuyas resoluciones no son vinculantes– buscara solucionar el conflicto –que ha atendido en dos decenas de resoluciones desde 1947–, descalificando al Consejo de Seguridad –el único órgano cuyas decisiones sí son vinculantes–, rectificando además la posición de la Secretaría de Relaciones Exteriores que el domingo, en un comunicado, dijo claramente: “Todo acto terrorista constituye una amenaza a la paz y la seguridad internacionales, lo que demanda la plena cooperación de todos los Estados para prevenirlos y sancionarlos. Ninguna causa justifica el recurso al terrorismo”.

La posición era impecable, pero la destrozó el Presidente. Antes había hecho lo mismo con la posición diplomática sobre la invasión de Rusia a Ucrania, y con la negativa a hablar de la represión política y cancelación de libertades en Nicaragua. Previamente se negó a condenar el ataque de extremistas contra el Capitolio, para querer descarrilar la elección presidencial de Joe Biden.

La postura de López Obrador siempre cae del lado de Vladímir Putin, el gran enemigo histórico del principal socio comercial de México, y quien al invadir Ucrania comenzó a reescribir el nuevo orden internacional. El ataque de Hamás a Israel es otro de los capítulos que están reescribiendo este nuevo orden, donde se alinea Irán, el principal financiero de la organización terrorista, que a su vez se encuentra bajo el paraguas de protección de Moscú. No entiende el Presidente los cambios en la geoestrategia y se deja llevar por prejuicios y lugares comunes, que se traducen en declaraciones erráticas que parecen delicadas, aunque en el fondo, cuando le dan manotazos sobre la mesa, se agacha.

Recién sucedió con el comunicado del gobierno israelí por la pusilanimidad con la que abordó el tema de Hamás. Ayer eludió discutir con Israel y sólo dijo que es “pacifista”, que no quiere que “pierda la vida ningún ser humano, de ninguna nacionalidad, sean de Israel, sean palestinos”. López Obrador no matizó su declaración del lunes, ni explicó por qué corrigió la postura de su Cancillería, pero recortó pérdidas ante un gobierno al que, por el caso Ayotzinapa, acusó de proteger a violadores de los derechos humanos por dinero, en alusión a que no han extraditado –no existe un tratado entre los dos países– a Tomás Zerón, exresponsable de investigar el crimen, que se refugió en Israel para evitar su captura.

Aquella declaración no era fundamental para los intereses de Israel y no le hicieron caso. Con Hamás es diferente, y el gobierno israelí no le permitió sus ligerezas. Lo mismo hace el gobierno del presidente Biden, que aunque lo toca en público con guantes de terciopelo, en privado lo somete con guantes de box. Un ejemplo de que la verborrea presidencial no corresponde con sus actos se dio el 2 de octubre, cuando se reunió durante cuatro horas con Amos Hochstein, coordinador de la Casa Blanca para la Infraestructura Global y la Seguridad Energética. El encuentro pasó desapercibido, pero fue crucial para revisar la forma como va a garantizar López Obrador a Estados Unidos su seguridad nacional.

Hochstein vino para aterrizar posibles inversiones de Estados Unidos para fortalecer la seguridad energética a través de financiamientos en infraestructura verde, tecnologías y cadenas de suministro que garanticen el abasto a esa nación de minerales críticos, como el litio, para fabricar baterías y chips para sus industrias, como lo anunció Biden en la reunión del G-7 en Schloss Elmau, Alemania, en 2022. La Casa Blanca no tiene que discutir con López Obrador en la arena pública; lo dejan que vocifere y cuando lo necesitan para salvaguardar sus intereses, lo aprietan, ya sea en migración, seguridad o comercio.

El bully de Palacio Nacional tiene dos caras. La que da a la gradería mexicana, beligerante e incendiaria, y con la que mira y lo miran en el exterior, sumisa y dócil, respondiendo a los intereses de los otros cuando se lo exigen.

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