Estrictamente Personal

No basta la mañanera

Lo que más le preocupaba al Pentágono es la creciente violencia en este país y el “profundamente preocupante” flujo de fentanilo a Estados Unidos.

El fentanilo incendió la relación entre México y Estados Unidos y cambió la actitud del gobierno del presidente Joe Biden con el presidente Andrés Manuel López Obrador. En la culminación de un mes de mensajes directos desde el Capitolio de legisladores influyentes y funcionarios, esta semana Washington dejó caer en la Ciudad de México todo el peso de la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono, para hablar con el Presidente y con el gabinete de seguridad, y volver a su país con el compromiso de que el combate a los cárteles de la droga y parar el tráfico de fentanilo va a ser tomado en serio por Palacio Nacional.

Las visitas coincidieron con el crimen contra cuatro estadounidenses en Matamoros, que tensó la relación bilateral y provocó una andanada de reacciones de republicanos en el Capitolio pidiendo el envío de tropas estadounidenses a México. En una audiencia en el Congreso, la subsecretaria para la Defensa Territorial y Asuntos Hemisféricos del Pentágono, Melissa Dalton, dijo que esa posibilidad era muy compleja por la sensibilidad mexicana sobre la soberanía nacional y el riesgo de que terminara por completo la cooperación, pero tampoco cerró la puerta a esa eventualidad.

Lo que más le preocupaba al Pentágono, agregó Dalton, que estuvo ayer en la Ciudad de México hablando con los jefes de las Fuerzas Armadas, es la creciente violencia en este país y el “profundamente preocupante” flujo de fentanilo a Estados Unidos. En la misma audiencia, el general Glen VanHerck, jefe del Comando Norte, agregó que los cárteles de la droga mexicanos son una de sus principales preocupaciones, y resaltó que están utilizando dispositivos explosivos y pequeños drones para atacar a las fuerzas de seguridad. Lo que dibujaron en el Capitolio fue un creciente poderío de las organizaciones criminales que están doblegando a las fuerzas federales al otro lado de su frontera sur.

Cuidado. Si el problema para Estados Unidos es de salud y policial, pero sobre todo, como lo están diciendo explícitamente, de seguridad nacional, mal hará el presidente López Obrador si la única respuesta que da a la marejada que está llegando desde Washington es la narrativa nacionalista y declaraciones huecas, porque no las acompaña ningún soporte político y diplomático en la mañanera. Tiene que entender que se encuentra en una situación muy delicada en la relación bilateral y que la maquinaria política, diplomática, militar y de inteligencia del presidente Biden está alineada contra México.

El miércoles, el Departamento de Estado difundió el Reporte de Estrategia Internacional para el Control de Drogas, donde se queja de México respecto de que los más altos funcionarios del gobierno no reconocen que se produce fentanilo en su país ni comparten información con Estados Unidos sobre decomisos de los precursores químicos para fabricar el opiáceo sintético que llegan de China y la India. “El volumen y la potencia de las drogas peligrosas que entran a Estados Unidos desde México, y la violencia alimentada por las organizaciones criminales trasnacionales es alarmantemente alta”, concluye el reporte. “México necesita reforzar sus operaciones contra las drogas, fortalecer la cooperación para frenar el tráfico de armas y demostrarlo con resultados medibles”.

Y el jueves, la Dirección Nacional de Inteligencia, en su evaluación anual sobre los riesgos que enfrenta Estados Unidos, señaló a las organizaciones criminales trasnacionales, los cárteles de las drogas de México, como los productores y distribuidores “dominantes” de drogas ilegales a esa nación, que la han inundado con fentanilo y provocado un incremento dramático en su uso por parte de jóvenes desde 2019, cuando aparentemente se relajaron los controles en México.

En Washington están sucediendo más cosas y más rápido de lo que se aprecia en México. Nos llegan algunos relámpagos, como el proyecto de resolución para que puedan entrar tropas a México, propuesta por los diputados Dan Crenshaw y Mike Glanz, retomado por el senador Linsdey Graham esta semana tras el crimen contra cuatro ciudadanos estadounidenses, que parece un disparate. Sin embargo, son mucho más que ideas aleatorias. La audiencia en el Comité de las Fuerzas Armadas donde comparecieron Dalton y VanHerck es una muestra.

De manera reiterada diputados de los dos partidos preguntaron sobre la posibilidad real de enviar tropas a México como un acto de defensa de la seguridad nacional de Estados Unidos, logrando la caracterización del general de que la frontera sur sí es un tema de seguridad nacional. La amenaza que ven en México no se limita a los cárteles de la droga. La creciente presencia de China, Rusia e Irán en la región, es el factor que no existía hasta hace poco tiempo y ahora es dominante.

Viejos dolores de cabeza y nuevas amenazas están siendo debatidas en el Capitolio en distintos comités en el Congreso y el Senado. La visita de Dalton con los jefes militares mexicanos tuvo como temas no sólo la violencia de los cárteles y el fentanilo, sino el reforzamiento de la cooperación militar, en inteligencia y contra el ciberterrorismo, y coincidió con un encuentro de la responsable para Seguridad Territorial del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Elizabeth Sherwood-Randall, con López Obrador, que transmitió la preocupación de Biden sobre el fentanilo y la violencia criminal.

Las bravatas desde Palacio Nacional no tienen ningún efecto práctico en el trato bilateral. Amagar con pedir a la comunidad mexicana en Estados Unidos que vote el próximo año contra los republicanos es una declaración sonora, pero sin puerto de destino, entre otras cosas, porque López Obrador no tiene credibilidad entre las organizaciones mexicano-americanas, con las que no ha querido tener relación. Tildar de ineficientes a los servicios de inteligencia estadounidenses refuerza el nacionalismo, pero tampoco llega a ninguna parte.

Su retórica le ayuda para la cohesión interna al envolverse en la bandera nacional, pero no ataja ni neutraliza la animadversión antimexicana que está creciendo en la clase política en Estados Unidos. Su narrativa puede continuar, pero es trabajo político y diplomático, urgente e intenso, que no está haciendo su gobierno, lo que debe emprender.

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