Un presidente bien respetado
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Un presidente bien respetado

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Un presidente bien respetado

11/10/2019
Actualización 11/10/2019 - 15:19

PARÍS. Me llamó la atención ver que en Saint Sulpice el ataúd envuelto en la bandera de Francia estuviera rodeado de cuatro hombres que en su momento han portado en el pecho la banda presidencial:

Valery Giscard d’Estaing, Nicolas Sarkozy, Francois Hollande y el más joven de todos, Emmanuel Macron. Setenta ex primeros ministros o actuales jefes de Estado se dieron cita para honrar la memoria de uno entre ellos que había sido presidente de Francia: Jacques Chirac.

Hasta hace unos días, su solo nombre me provocaba desafecto, ya que en dos ocasiones en las que había preparado la entrevista, ésta nunca se efectuó. Como alcalde de París, donde estuvo, no recuerdo si 12 o 14 años, todo estaba listo y súbitamente fue cancelada por su jefe de prensa. La segunda ocasión, ya como presidente, su ministro de Relaciones Exteriores, Huber Vedrine, accedió a que haría todo lo necesario para que se efectuara. Incluso se habló que de venir a México, la haríamos en Teotihuacán al lado de la Pirámide del Sol. La verdad es que me dejaron en la Luna.

Por supuesto, tenía una idea de este hombre al que lo caracterizaba una clarísima vocación por la política, ya que desde la adolescencia su inclinación por los puestos públicos lo llevó desde ser analista de partido, hasta presidente de la República. diputado, ministro, alcalde de París, candidato de su partido a la presidencia y, finalmente, la mayor responsabilidad hecha realidad.

El 7 de mayo de 1995 venció a dos candidatos muy fuertes, Édouard Balladur y Lionel Jospin y su discurso de toma de posesión lo dedicó “a los patriotas sencillos que han hecho de Francia una nación tolerante, fraterna, imaginativa y fructífica”. Sus biógrafos han hecho ver que lo que Chirac detestaba era la desunión del mosaico francés y por ello, el 16 de julio del mismo año, reconoció que durante la ocupación de los nazis, mentes enfermas y atemorizadas habían desempeñado “una locura criminal” al secundar la invasión, pero lo definitivo sería volver la cara de frente y al futuro esperanzador.

Más tarde llegaron las reformas, como fue poner fin a los ensayos de armas atómicas, la suspensión del servicio militar obligatorio, fortificación de la Comunidad Europea.

Lo cierto es que con su desaparición, se elimina a uno de los principales actores de mayor capacidad de la Francia moderna. Elegido diputado de Correze, reelegido siete veces, cinco veces fue ministro o secretario de Estado, alcalde de París y después presidente, tuvo una experiencia única que le permitió manejarse con eficiencia sin tener errores que maltrataran la economía o las diferentes capas sociales.

En algún momento comentó que su país era frágil y refractario a los cambios; de ahí que las reformas debían hacerse con el mayor consenso posible y en forma gradual.

Entre los gestos más notables de Chirac habría que poner su cercanía con la gente de todos los niveles, siempre buscando la solución de los problemas con base en el convencimiento y la unión de todas las partes. Su oposición a la guerra de Irak le atrajo el disgusto de Estados Unidos y cierta distancia con la Gran Bretaña. No obstante, optó guiarse por los intereses de los franceses y no por los del imperio yanqui. De ahí el reconocimiento primero, la admiración después, de su heterogénea comunidad nacional.

Jacques Chirac apagó su luz el 26 de septiembre pasado, después de tener una hoja de servicios impresionante: medio siglo de vida política, dos mandatos presidenciales, 12 años en la cúspide del poder y una relación cordial sabiendo que solo con la unión de las partes, por opuestas que éstas fueran, siempre se podían encontrar soluciones.

Esa fue su bandera permanente: saber utilizar las palabras que a todos les permitiera conservar su dignidad y estar a la altura en que las puntas de los opuestos no hirieran ni a unos ni a otros. En suma, conciliar, argumentar y respetar sentimientos y emociones.

Su amigo más cercano, con quien convivió los últimos 30 años, el escritor Denis Tillinac, lo califica públicamente como un gran señor, en el mejor sentido del término.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.