Un árbitro muy poco respetable
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Un árbitro muy poco respetable

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Un árbitro muy poco respetable

23/02/2018
Actualización 23/02/2018 - 14:46

Decía François Mitterrand que un pueblo adulto no se deja engañar por la acumulación de promesas, si no le indican previamente los medios que se utilizarán para realizarlas. ¿Hemos llegado a la adultez o somos un grupo de párvulos? ¿Nuestro anhelo se ve colmado con propuestas que exaltan nuestra imaginación, pero que de antemano sabemos no serán cumplidas?

Concretamente, ¿qué nos han dicho los candidatos para resolver problemas que nos aquejan sobre el medio ambiente, la inseguridad, el empleo, la desigualdad, la injusticia, la rampante violencia y los mecanismos para adaptarnos como sociedad a las realidades internacionales cambiantes?

No dicen nada que los comprometa porque los políticos saben que son profundamente superados por los hechos. Prefieren las frases sueltas, las aseveraciones contundentes y gustan de las superficialidades y las ocurrencias. Esas son sus demostraciones, no importa el color de sus coaliciones ni la de sus partidos de origen, son propensos a vivir en el aire.

Connatural a la democracia es el intercambio de ideas y el ahondamiento en propuestas y programas destinados a involucrar a la sociedad y alentar la esperanza, sobre todo ahora que vivimos en una constante mutación. Nada mejor que los debates, tantos como sea posible: uno a la semana, por temas, por definición de estrategias, por reglas o por coyunturas obligadas, como el Tratado de Libre Comercio o la modernización de las industrias y los negocios de servicios y telecomunicaciones. En suma, todo lo que interesa a los mexicanos. Eso debiera ser prioritario para el árbitro de las elecciones, sobre todo cuando fue pensado como un organismo de ciudadanos, no de políticos ni de maromeros disfrazados de autoridades electorales.

Han abusado de sus cargos y han pretendido engañarnos al aceptar reglas que hicieron otredades cargadas de intereses políticos. Una tras otra aceptaron normas y modalidades que lejos de garantizar transparencia absoluta y respaldo al interés ciudadano, se lo dieron a los partidos políticos y a sus abastecedores de subterfugios y conveniencias. ¿Cómo explicar los millones de spots en radio y Tv que regalaron a Morena y concretamente a López Obrador? Más tarde hicieron lo mismo con el PAN y Ricardo Anaya.

¿Dónde quedó la igualdad del piso parejo? Y ahora, en meses previos a los comicios del 1 de julio, aceptar la roñosa idea de 'intercampañas' con la prohibición de realizar una de las condiciones connaturales a la democracia: los debates que nos permitan saber quiénes son y cómo piensan los que aspiran a dirigir el país. Es inconcebible, absurdo, antidemocrático y, por supuesto, se presta a observar un claro favoritismo para quien es el menos capaz de ofrecer ideas claras y programas viables de realizar.

Entre el TEPJF (Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación) y el INE (Instituto Nacional Electoral) se da una lucha de poder, donde cada organismo indica con marcado autoritarismo tener razón. No se ponen de acuerdo y el resultado es caótico porque Lorenzo Córdova se afana en decirnos que en la noche del 1 de julio tendremos resultados definitivos; más tarde rectifica y nos habla de la posibilidad de que sea más tarde (¿dos o tres días después?). El TEPJF anuncia posibles sanciones. Resultado, lo que más importa en la elección, es decir los debates, el intercambio de ideas –si las tienen–, los argumentos, los planes y las personas que los llevarán a cabo, están fuera de nuestro alcance. Nos quedamos con frasecitas, que las encuestas reflejan como los grandes atributos que enmarcan las supuestas preferencias de la comunidad mexicana. ¿De veras se puede decidir quién nos gobernará con las migajas que nos dan los publicistas?

La democracia ateniense nace con la palabra y la igualdad para que todos puedan expresarla; la democracia mexicana fenece con la prohibición de que los candidatos se expresen. Por ello tenemos la acumulación de malestar nacida de políticos que creen que una sociedad se gobierna desde la cumbre, son los jacobinos que ignoran que una sociedad sólo se mueve si los actores que la componen se sienten tomados en cuenta y son socios de las decisiones tomadas. Justo lo que aquí no pasa, ya que el árbitro lo impide, árbitro muy poco respetable.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.