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Se terminó la transición de terciopelo

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Se terminó la transición de terciopelo

26/10/2018

Ya estamos lejos de esas sonrisas iniciales en Palacio Nacional entre los presidentes saliente y entrante que tanto entusiasmaron a muchos e hicieron pensar que presenciaban un cambio de poderes armónico, moderno y esperanzador. Hoy la atmósfera que se respira es otra, poco a poco se han dado los pasos que nos advierten por dónde viene el cambio.

Se advertían remiendos sociales propios de un nuevo gobierno; era el caso de la amnistía que, como palos de ciego, busca disminuir la violencia, o de otorgar millones de becas a los ninis. Pero una filosofía de la llamada Cuarta Transformación no había aparecido. Dispersar el andamiaje burocrático por todo el país y mandar la Secretaría de Salud a Chilpancingo o la SEP a Puebla son buenas intenciones sin más solidez que meras declaraciones. No hay un solo plan ni un protocolo escrito. La discusión sobre dónde debe estar el aeropuerto internacional es una farsa grotesca que ya consiguió traer consecuencias económicas graves, que de triunfar pudiera sumarse a otras de dimensión colosal. Hay algunos propósitos que arrojan sal y pimienta sobre la brecha de esa transformación. La inicial no es mejorar la reforma educativa, sino derogarla. Tal asunto, junto con la promesa de crear una refinería en Tabasco para hacer a un lado el empuje de las nuevas energías, nos llevará a retroceder varios lustros.

No obstante, ya hay indicios de lo que en lo económico se podría ver como los nuevos cimientos de lo que vendrá. Prevenirnos de que ante trastornos graves en las finanzas nacionales habría que voltear los ojos hacia el Banco Central y que el país se encuentra en bancarrota, es configurar posibles desastres que no le corresponderán al Ejecutivo. Una gran doble falacia que apunta a un triángulo rojo, considerando a Pemex.

Ahí no ha sido nombrado un financiero ni un hombre conocedor del petróleo, sino a un amigo que es ingeniero agrónomo. Si es así de fácil, bien pudiera ir un geriatra o un pintor.

El miércoles, AMLO mostró una gran irritación después de que se anunció la compra de un millón 400 mil barriles de crudo “bakken” al extranjero, que se utilizarán para ayudar en el sistema de refinación, ya que el crudo mexicano es muy pesado. AMLO acusó a “los beneficiarios de no pedir disculpas por este tipo de decisiones y los acusó de corruptos, ineficientes y cinicazos”. Sentenció que esas personas le chocan.

Con estas expresiones, en un mundo de información irrelevante, el Presidente entrante nos habla claro: nos dice que, al ignorar lo sustantivo, le gusta el antiguo mundo jerárquico y que la liberalización y la globalización son una enorme trampa que empodera a una élite a costa de la mayoría. Raymundo Riva Palacio tiene razón, hay que tirar las categorías de análisis, pues Obrador tiene un prisma alternativo para interpretar la realidad. Por ello, desconoce que la tecnología cibernética ha hecho que el sistema financiero sea tan complicado que pocos humanos puedan entenderlo. Redes de cadenas de bloques entre iguales y criptomonedas, como el Bitcoin, pueden renovar por completo el sistema monetario, de modo que las reformas tributarias radicales sean inevitables. Y esto ya se ensaya aquí y allá para crear algo más que una ideología, una realidad.

Tratar de eliminar lo que hoy tenemos con base en prejuicios o en querer barrer con ideas preconcebidas nacidas hace más de un siglo, es atenerse a un abecedario en desuso total. Bien lo dice Yuval Noah Harari, los humanos siempre han sido mucho más duchos en inventar herramientas que en usarlas. Al Presidente entrante le falta saber que Internet ha cambiado el mundo, probablemente más que ningún otro factor, pero esa transformación no la han hecho los partidos políticos, sino jóvenes ingenieros del Silicon Valley. ¿Qué consulta o encuesta se hizo para que existieran las computadoras y dónde debieran instalarse?

La transición de terciopelo llega a su fin y se comienza a ver la Cuarta Transformación, la que apunta a eliminar los organismos autónomos, socavar la independencia del sistema judicial, restringir la libertad de prensa y calificar de traición cualquier tipo de oposición.

Ya se ve, esa transformación no conlleva la ingeniería genética, la inteligencia artificial ni el mundo de cíborg o de algoritmos conectados en línea. Se trata de erradicar el relato liberal sin tener nada a la mano que lo sustituya.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.