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Lo que nos espera

15/02/2019
Actualización 15/02/2019 - 13:59

Los últimos setenta días que hemos vivido son una muestra suficiente para advertir lo que nos depara el porvenir. El sistema presidencial que prevalece sin ningún tipo de contrapesos necesarios para que podamos expresar que vivimos en democracia, directamente nos lleva a un régimen de autocomplacencia, predominantemente autoritario y con altas posibilidades de vestirse de despotismo.

Desde el 2 de julio, y acentuadamente a partir del 1 de diciembre pasado, hemos visto como el que fuera candidato perdedor en las dos últimas elecciones presidenciales, se ha convertido, ya como presidente constitucional, en el gobierno de un solo hombre. Su gabinete es nominal y carente de capacidades operativas, para no hablar de las obligadas de gestión y acción en las áreas en que fueron designados.

No hay secretarios de despacho, son asistentes para llevar a cabo tareas de subordinación, carentes de la mínima autonomía necesaria para desempeñarse con eficiencia. A esto hay que agregar un desconocimiento generalizado de las tareas encomendadas. Sirvan como ejemplo las designaciones en Pemex, Conacyt, Gobernación, Trabajo, Salud, y en otras responsabilidades prácticamente desaparecidas.

En posición opuesta, diariamente figura un jefe del Ejecutivo que obligadamente al hablar de cualquier asunto, cualquiera, se equivoca y tropieza para verse obligado a improvisar o discurrir en su afán de ganar una palestra que nadie le discute. Así se vale de la palabra que es una techné, un saber aplicado para convencer, y frecuentemente cae en sofismas. No porque se sepa hacer zapatos se sabrá gobernar un país.

No porque deteste a las clases directivas y a las clases medias ilustradas se les puede segregar.

Lo que el presidente hace no es dirigirse a sus contemporáneos más inteligentes, sino a aquellos que más se le parecen; habla y actúa como ellos para crear certidumbres en quienes le escuchan. Lo decía Plutarco, en la gobernanza difícilmente representará a sus contemporáneos el más sabio, sino quien habla y actúa como la masa. De este modo, los gestos, el lenguaje corporal, los estribillos e incluso exabruptos o retruécanos son los tesoros con los que se quedará don nadie.

Pero la razón tiene más exigencias. Los hechos pueden ser contradictorios y destruirse unos con otros. Platón constata que a menudo la democracia se equivoca cuando pretende, sin datos probados, la transformación. Ahí aparece el riesgo de un discurso unilateral, simplista y totalitario. De esa factura están hechas las arengas que escuchamos todos los días. Díganlo si no, la impunidad que ya gozan los grandes capos de las drogas, las diatribas contra la prensa, avalar una posición supuestamente neutra en el caso de la dictadura venezolana, otorgar tareas que no le corresponden a las Fuerzas Armadas, o francamente atizar la derogación de la razón al detener la construcción de un aeropuerto que no le costaría al gobierno, para tener que pagar cientos de miles de millones de pesos que irán al basurero.

En los días venideros continuaremos viendo la poca importancia que se le da a la productividad, el desdén por la ciencia y el talento, la separación entre realidad y la retórica. Las instituciones estarán sometidas a su degradación y el discurso simplista y empobrecedor del lenguaje dirá que es por nuestro bien. La concentración de poder en una sola figura será descrita como vocación de una sociedad a la que se ha adjetivado como "pueblo bueno y sabio". Serán pasos constitutivos de una nación donde las fuerzas del mercado se verán menguadas notablemente, mientras que el poder político dictará normas aún más y más alejadas del verdadero bienestar. Ahí donde reside la heroicidad de lo cotidiano.

En suma, veremos la continuación de un nuevo régimen político, cuyos rasgos son el dominio de los medios y un contacto directo con la opinión, al mismo tiempo que crecerá la debilidad de la armazón institucional. En lugar de la certeza, veremos el predominio de la emotividad, incertidumbre e inestabilidad económica que precederá a la social.

Demóstenes dice en La filípicas que al pueblo le agrada que se le alabe. ¿Y en qué consisten esas alabanzas? El filósofo responde: “En prestar al pueblo toda suerte de méritos, acariciar la vanidad, elogiar, invocar su sabiduría y expresarle todos aquellos calificativos que ennoblecen a un plato de sardinas”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.