La inocultable dependencia con los yanquis
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La inocultable dependencia con los yanquis

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La inocultable dependencia con los yanquis

13/09/2019

En 1960, durante su última intervención ante el Congreso de la Unión como presidente de Estados Unidos, el general de cinco estrellas, Dwight Eisenhower, previno a su país y al mundo de lo que significaba el complejo Militar Industrial como el más avasallador pistón que podía mover cielos y montañas.

Purificado y robustecido a través de los años y vanagloriado con interlocutores tan variados y diestros como periodistas, políticos, empresarios, líderes religiosos y políticos, desde cinco años antes de que terminara el milenio esas fuerzas buscaban con afán la “necesidad” de una intervención militar, que les permitiera lo mismo afirmar su poder que extender sus dominios. El universo arábigo musulmán ya había pasado por pruebas y análisis clínicos militares para ofrecer un amplio repertorio de posibilidades bajo el denominador común de poseer esos territorios ricos en yacimientos de muy diversos atractivos, entre los que sobresalía el petróleo.

Fue así que en la bella mañana del 11 de septiembre de 2001, a las 8:46, deliberadamente se estrelló un avión con 247 pasajeros y ocho tripulantes contra la torre norte del complejo conocido como Word Trade Center (Comercio Mundial). 40 minutos más tarde, otro contra la torre sur. Un poco después, el mundo supo que un avión transgredía el hipercuidado espacio aéreo sobre el Pentágono para estrellarse en su bien diseñado edificio. Por si fuera poco, un avión capturado por individuos de claro perfil delincuencial, fue defendido por los propios pasajeros y obligado a descender, como fuera, en terrenos de labranza y estrellarse.

El mundo cambió. De golpe entramos a la era del terrorismo a escala planetaria y las derivadas que, en lo económico, político, social, científico, artístico y religioso se dieron. Había que buscar culpables… y por supuesto se encontraron. Una, dos, tres y sigue la lista; la tecnología aplicada a los instrumentos de guerra ha brindado un escenario espectacular en el que sobresale la fuerza brutal seguida de las empresas que buscan rehacer los territorios destruidos. Dígalo el claro ejemplo del poderoso e influyentísimo vicepresidente de George Bush, el señor David Cheney, encargado de la doble tarea. En ese largo proceso que con plegarias y flores acaba de celebrarse en la Unión Americana, el pasado día 11, también nosotros mexicanos participamos. Lo hacemos en forma pasiva pero con consecuencias reales y profundas. Nuestras porosas fronteras no sólo permiten el paso a menesterosos que desean legítimamente mejorar su nivel de vida, permiten el paso a quienes huyen de bandas criminales que desgraciadamente los encuentran, aquí en México, en su peregrinar hacia el sueño americano. Y supuestamente para los servicios de inteligencia yanqui, pueden ver pasar a potenciales o terroristas reales.

Eso le ha servido al agresivo presidente Trump para amenazarnos con imponer unilateralmente impuestos a todos los productos nacionales que lleguen a su país. La respuesta del actual gobierno mexicano la conocemos harto bien. Se ha cedido en todo. Guardias y soldados en las dos fronteras, visitas y genuflexiones; sonrisas y apapachos.

En tanto esto nos obliga y agacha, el complejo Militar Industrial se expande. Con Rusia negocia dividendos, con Europa Occidental trata de vencer frenos, a Japón, Corea del Sur y Asia en general, la ha vuelto a colonizar, salvo a China, a la que se ha atrevido a rivalizar y hasta amenazar. Se dirá que eso es debido al carácter esquizofrénico agresivo del Trump. Puede ser cierto, tanto como que él forma parte de ese cerrado, compacto y poderoso complejo. Es uno de sus destacados miembros.

El destino nos ha colocado, tal como lo dice el refrán leyenda, tan cerca de los yanquis y tan lejos de Dios para con ello doblegar ahora nuestras espaldas agradecidas con el Imperio. No han sido pocas las ocasiones en que como bien describiera en sus libros Gastón García Cantú, hemos hecho frente a las más de doscientas intervenciones armadas, unas veces con cierta fortuna y otras arrinconados. Siempre adoloridos.

Ahora, como ya es usual, les servimos hasta con entusiasmo y, si el Tratado Comercial y la suerte nos lo permiten, conservamos algunas migajas de dignidad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.