El cambio que quiere AMLO
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El cambio que quiere AMLO

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El cambio que quiere AMLO

08/03/2019
Actualización 08/03/2019 - 13:55

En el repertorio de descalificaciones que le escuchamos al presidente de la República (machucones, fifís, mezquinos, etc.) hay un par de expresiones que tienen la intencionalidad de referirse al cambio que aspira imponer en el país y más concretamente en la economía. Estos son conservadores y neoliberales.

Esos calificativos tienden a ubicar una posición muy clara: terminar con el modelo económico actual, al que considera que ha fracasado por permitir y hasta promover la desigualdad: “Nos toca pagar los platos rotos, ya que la política neoliberal que se aplicó en los últimos 36 años fue un rotundo fracaso”. ¿Quién era el presidente en 1982? Miguel de la Madrid Hurtado, puesto en el cargo por José López Portillo.

La fecha es fundamental para ver lo que quiere AMLO. Recuerda con emoción las administraciones de Echeverría y de su sucesor para condenar cuando se inicia un periodo cargado, estigmatizado por los principios neoliberales en el que los llamados tecnócratas desterraron a la Revolución y sus principios sociales.

Él añora y quiere revivir aquellos preceptos y las formas de un priismo que basaba sus programas en la equidad social, nunca alcanzada con la plenitud a la que aspiraban los discursos de aquella época. Por ello ignora, ridiculiza y hasta pone de lado a las calificadoras internacionales y a los organismos como el Banco Mundial, el FMI y las proyecciones del Banco de México y de otras entidades financieras. Reitera que se rescatará a Pemex, que durante años fue símbolo de una patria idílica, y a la CFE, que recrea una nacionalización en la que se arrebató la industria eléctrica al capital extranjero. No importan las razones, las cifras y las estadísticas en las que esas dos empresas muestran un deterioro muy cercano a lo irreversible. ¡Hay que rescatarlas! Pues con ello regresamos a momentos heroicos. Por ello ha dicho: “No nos vamos a supeditar a lo que dicten los mercados financieros”. En otras palabras, y en su línea narrativa, bien pudiera haber dicho: al diablo Fitch, Standard & Poor’s y Moody’s.

De este modo, la búsqueda de la afirmación nacional debe alzarse sobre la globalización, los acuerdos internacionales, los mercados financieros y los mentados neoliberales. En estas fechas, López Obrador reivindica al PRI y a sus presidentes de los años setenta, y hasta un poco atrás, a Lázaro Cárdenas.

AMLO lo dice todos los cien días de poder formal y tres lustros de campañas, los principios del mercado carecen de los objetivos públicos que buscaban valores sociales. El neoliberalismo pretende lo opuesto, el consumo indiscriminado, la explotación de obreros y campesinos, el egoísmo por encima de la verdad y la bondad. Carecen de lo que está escrito en la Cartilla Moral de don Alfonso Reyes.

Esto explica, en buena parte, la cancelación del aeropuerto de Texcoco, que de continuarlo sería prolongar la sumisión a los criterios internacionales de modernidad en detrimento de los más pobres; relata con fidelidad ser uno más al tomar los vuelos en aviones comerciales; rebajar los sueldos “estratosféricos” de los funcionarios que no entienden deben ganar la justa medianía de los servidores públicos; eliminar las pensiones de los expresidentes; eliminar al Estado Mayor Presidencial, que representa distancia con el pueblo, y vigilar desde donde se pueda los vicios del abuso de quienes están en el poder. Todo esto significa corrupción.

En suma, la ruta para llegar a ser un gran presidente es recuperar los valores que animaron a la Revolución Mexicana. ¿Te acuerdas de eso?

Para AMLO, los últimos 36 años se han extraviado por la mala formación de los cuadros que poblaron los Salinas, los Zedillo, los Fox, los Calderón y los Peña Nieto. En palabras suyas, el PRIAN, los banqueros, los industriales, los hombres de negocios, la mafia del poder.

Por si fuera poco, ha tenido la suerte (¿habilidad?) de contar con mayorías legislativas para también incidir en el Poder Judicial, y se ve que también en los gobiernos estatales. Volvemos decenios atrás para, en efecto, contar con el país de un solo hombre.

¿Nos alcanzamos a dar cuenta que hoy vivimos, queramos o no, una época ya vista? Y eso también incluye los abismos del pasado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.