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El peligro de consentir la mediocridad

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El peligro de consentir la mediocridad

19/09/2020

Hace algunos años, antes de que los huracanes Isidoro y Emily se encargaran de destrozar lo que se perfilaba como una prometedora y exitosa empresa agroindustrial, solía colaborar con mi padre haciéndome responsable de la comercialización en el extranjero, de las apetitosas y dulces papayas que con denodado esfuerzo y paciente dedicación, él producía en los pedregosos suelos del oriente del estado de Yucatán.

Como parte de esa labor, guardo en mis recuerdos aquella soleada mañana de sábado, en que estando en las gradas de uno de los campos de beisbol de la Liga Yucatán, mientras disfrutaba un emocionante partido en el que mi hijo mayor se desempeñaba como pitcher de su equipo, recibí una llamada de nuestro broker, que tenía simultáneamente al teléfono a nuestro principal cliente en Hunts Point, uno de los mas grandes centros de distribución de alimentos frescos del planeta, ubicado en el barrio del Bronx, en la ciudad de Nueva York.

Ahí, con la cuenta de tres bolas y dos strikes en la pizarra, me tuve que enfrentar a un furioso Joey, reclamando que estaba recibiendo en ese momento, en el andén de sus bodegas, un camión refrigerado cargado con papayas, que en un alto porcentaje mostraban síntomas de una enfermedad muy común en plantas y frutas cultivadas en zonas calurosas y húmedas, llamada antracnosis, y que es causada por un hongo.

Vanos fueron mis intentos de explicar la ausencia de dolo, ya que al salir de nuestros campos, es imposible saber que la fruta va infectada con dicho hongo, cuyos efectos dañinos y desastrosos se manifiestan durante el viaje del producto, mientras la fruta desarrolla su procesos de maduración. Inútil fue suplicar su comprensión y pedir que consintiera recibir el producto en esas condiciones, aunque pagara un menor precio. Imposible intentar siquiera explicar, que esa enfermedad afecta únicamente la cáscara de la fruta, y que a pesar de su fealdad, si uno la corta, por dentro encontrará una pulpa igual de firme y sabrosa. Su posición era clara, directa y firme: “Es tu responsabilidad y tu obligación entregarme un producto en perfectas condiciones, no importa lo que tengas que hacer para lograrlo, y la mía es comercializar tu producto con toda mi experiencia y talento, colocarlo al mejor postor, y obtener por esas papayas el mejor precio posible para ti”.

Una vez amainada la tormenta y que Joey se salió de la conference call, Delmar, mi broker, se despidió diciendo: “Welcome to New York, Raúl”, en referencia a la legendaria e implacable exigencia de los neoyorquinos por la calidad y el cumplimiento de los compromisos, por entregar resultados sin pretextos ni explicaciones de ningún tipo.

Es probable que a algunos les parezca una forma muy dura de actuar la de Joey, pero así son las grandes ligas de los negocios. Para mí, este episodio significó un gran aprendizaje, que me ha servido en muchos aspectos de la vida, no solamente en los negocios. Dentro de un marco de honestidad y legalidad, los resultados siempre deben ser los mejores que uno puede entregar. Cuando tienes oficialmente un asunto bajo tu responsabilidad, ya no cabe culpar al que estaba antes, ya no es válido argumentar que es difícil, que toma tiempo, pedir comprensión porque te estás esforzando, paciencia porque ya falta poco para empezar a notar los resultados.

El gran peligro de consentir, y a veces hasta de celebrar la mediocridad, es que se vuelva normal, que sea tolerada, aceptada como un modo de vida. Los seres humanos estamos hechos para la excelencia, cada uno dentro de sus capacidades y habilidades, pero siempre en la ruta de una mejora constante. Nunca aceptemos menos, siempre tenemos que intentar, batear de jonrón.

E-mail: raul@mienergiamx.com

Facebook: Raúl Asís Monforte González.

Twitter: @raulmonforte

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.