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05/10/2019

Mientras los invitados esperábamos el inicio de la ceremonia oficial de inauguración de la Primera Liga Estatal de Basquetbol por la Inclusión de Personas con Discapacidad, me correspondió sentarme junto a una persona, quien de inmediato me tendió la mano con una cordial y espontánea sonrisa, y me dijo “hola, soy Eduardo, me encargaron que yo diga esto en nombre de todos mis compañeros” y me mostró una hoja de papel que tenía escrita la promesa de los deportistas participantes en esta liga.

Me pareció demasiado evidente la enorme capacidad que tiene Eduardo para emocionarse ante la asignación de una tarea, que notoriamente lo llena de orgullo. Tampoco pasó desapercibida para mi su capacidad de confiar y de relacionarse fácilmente con un desconocido que de repente se sienta a su lado. Luego se puso a practicar la promesa repetidamente, para asegurarse que a la hora de decirla en público, le saliera lo mejor posible; eso sin duda alguna, denota su tremenda capacidad de persistencia para disciplinarse a sí mismo, y realizar repetidamente una tarea con el propósito de perfeccionarla. Desde luego, a la hora hacerlo ante el público, Eduardo remató a la perfección aquello de “…y si así lo hiciéremos, que la sociedad y todos ustedes nos lo premien, y si no, que nos lo demanden, ¡muchas gracias!”

Así que no sé de dónde sale esa etiqueta de “personas con discapacidad”. Ya quisieran muchos ejecutivos de ventas la facilidad de entablar relaciones interpersonales que tiene Eduardo, estoy seguro que muchos directores de producción de una ensambladora de automóviles, casi darían la vida porque todos sus obreros tuvieran la disciplina de practicar repetidamente los procesos que se les encargan, y la determinación para hacerlo cada vez más perfecto, y ya no hablemos de además sentirse orgullosos de hacerlo así de bien.

En los últimos años, hemos dado demasiada importancia a las etiquetas, y éstas van cambiando en la búsqueda de un aparente respeto a la dignidad de las personas. Puedo entender que ese es el propósito y está bien, pero también creo que la intención es lo que cuenta. Hace unos días leía una novela llamada “La Espléndida Corriente” que Taylor Caldwell escribió ahí por la década de 1940 del siglo pasado, en donde el personaje principal es un hombre que debido a un accidente, pierde la movilidad de las extremidades inferiores y queda sujeto a apoyarse en una silla de ruedas para poder moverse; en el texto, la autora se refiere repetidamente a ese personaje con la palabra “inválido”, que si alguien la usara hoy en día, quizás pararía en la cárcel.

Yo tengo miles de discapacidades: no tengo la capacidad de practicar una cirugía de columna, tampoco la de pilotear una aeronave, no soy capaz de hacer un dibujo arquitectónico ni medianamente aceptable, pero también tengo capacidad para muchas otras cosas. Si todos tenemos capacidades y discapacidades, ¿por qué no nos llamamos todos, simplemente, personas?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.