Roma y las trabajadoras domésticas
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Roma y las trabajadoras domésticas

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Roma y las trabajadoras domésticas

25/01/2019
Actualización 25/01/2019 - 15:44

“El arte está hecho para disturbar y la ciencia para asegurar.”

Georges Braque

Roma ha entrado en un círculo virtuoso de reconocimientos internacionales que evidencian que estamos ante una obra de arte del cineasta mexicano Alfonso Cuarón.

El arte impacta a los individuos de distintas y caprichosas maneras. Nuestro ánimo y bagaje cultural, nuestro sistema de valores y, desde luego, nuestras experiencia vitales condicionan nuestras emociones ante lo egregio.

Mi gusto por la cinta de Cuarón, lo que me emocionó de Roma, es el mensaje central de su narrativa: un homenaje a su nana o empleada doméstica.

Me sorprendió que la protagonista fuese una empleada doméstica, un personaje generalmente invisibilizado en nuestra sociedad.

Desde luego que las experiencias de las empleadas domésticas suelen ser un tema de conversación coloquial entre empleadores o patrones. Sin embargo, más allá de eso, las domésticas suelen ser figuras de las que se habla poco en términos de sus derechos laborales y menos aún en términos de las dinámicas de discriminación, racismo y explotación que subyacen a su labor.

No es un secreto que el trabajo doméstico y la llamada “economía del cuidado” – el velar por los enfermos, los ancianos, o los niños – son expresiones laborales que no suelen recibir ni un pago ni un trato digno. No deja de sorprender que aquellas personas a las que se les confían las labores más íntimas e indispensables para la crianza de los hijos sean las mismas a las que se les trate con desprecio.

Sociólogas feministas señalan que por el hecho de que sean mujeres jóvenes, y muchas veces indígenas o migrantes de comunidades rurales, su trabajo suele ser desvalorizado y sujeto a dinámicas de explotación.

Me gustó el tratamiento del director sobre su nana Cleo, interpretado por Yalitza Aparicio. No hay estridencias. Son sus recuerdos y su nostalgia por una persona servicial y valiente.

Pero la mirada de Cuarón no es, ni tiene porque ser, la de un estudioso de lo social. Lo que comunica con su homenaje es un sentimiento muy humano, y por tanto universal, de reconocer cómo una joven vulnerable se crece a las adversidades e incluso llega a realizar un acto de heroísmo.

Mi reacción ante la cinta de Cuarón fue de soltarme la boca con mis hijos y compartirles algunos recuerdos de empleadas domésticas que conocí durante mi niñez y la de ellos. Recordé el embarazo de Ofelia, una joven de la zona huave de Oaxaca, quien a los 15 años quedó embarazada y literalmente desapareció con una enorme frustración a cuestas.

Pero también recordamos con alegría a Elvia, una joven mexiquense que se animó a acompañarnos en mi primer sabático en Washington DC, cuando nuestros hijos eran pequeños.

Era 1999. México entero estaba emigrando a Estados Unidos. Era el pico de la emigración. Más de medio millón de connacionales llegaba cada año al país del norte. Elvia ya tenía en mente emigrar.

El trato fue que después del año escolar, ella podría quedarse a trabajar por allá siempre y cuando fuese su ánimo. No fue difícil en ese momento conseguirle una visa y nos aventuramos. A la llegada tuvimos un desagradable contratiempo pues la profesora que nos rentaría su casa, al vernos llegar con una niñera, sospechó que pondríamos una guardería infantil en su propiedad. Me parece que su sospecha provino de que, en su mundo, un profesor universitario no puede aportar el costo de una nana.

Las ofertas descaradas a Elvia de los papás de la primaria pública a la que asistían mis hijos me parecieron propias de un capitalismo salvaje. Como la mayoría de nuestros paisanos en Estados Unidos, Elvia estaba ávida de mandar remesas a su casa. Logró mandar un cheque mensual nada despreciable trabajando algunas tardes y fines de semana en las casas de amigos diplomáticos.

Le guardamos una enorme gratitud por haber sido una nana y compañera de juegos maravillosa para nuestros niños. Con facultades para los deportes, fue mí mejor aliada en mis impacientes esfuerzos porque Paty aprendiera a pedalear la bicicleta y para que Rafa mejorara su futbol.

Fue un día feliz, al final de mi sabático, cuando la conduje al aeropuerto Dulles en Virginia a tomar un avión a Colorado donde se emplearía con un importante diplomático. Me pareció una mujer más libre que en México; con más acceso a los lugares y restaurantes que nosotros frecuentamos.

Como agradecimiento al genio de Cuarón, propongo que hagamos una reflexión personal y pública para enfrentar el tabú social en México sobre la trabajadora doméstica.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.