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¿Por qué evitar la Casa Blanca?

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¿Por qué evitar la Casa Blanca?

26/06/2020
Actualización 26/06/2020 - 13:42

Una cosa es torear a Donald Trump y otra es hacerle el juego. Por principio, el presidente Andrés Manuel López Obrador no debe ir a la Casa Blanca. El inquilino de la Oficina Oval sistemáticamente se refiere a nuestros migrantes como criminales y sigue construyendo su muro. Pero más allá de lo bilateral, hay evidencia de sobra de que es un Ejecutivo 'radioactivo' que está en una campaña cuesta arriba para lograr la reelección el próximo tres de noviembre.

¿Qué puede lograr AMLO?

Un descolón de Trump si un periodista le pregunta sobre el muro y quién lo va a pagar. Un apapacho de Trump, pues México le está haciendo el trabajo sucio de contener a los migrantes centroamericanos en tránsito. O bien, una fotografía de dos líderes sin cubrebocas que recorrerá el mundo como un ejemplo de irresponsabilidad ante el panorama desolador que sigue presentando la pandemia en ambos lados de la frontera.

En la historia de la relación bilateral, las entrevistas presidenciales han sido importantes acontecimientos para detonar avances y manejar conflictos. Por ejemplo, en noviembre de 1988, Carlos Salinas de Gortari y George H.W. Bush (Bush papá) se reunieron en Houston, Texas, ambos siendo presidentes electos. En la reunión, el estadounidense le ofreció al mexicano la posibilidad de entrar en negociaciones para un tratado de libre comercio. Salinas no lo había considerado. Pero un año más tarde, ante una Europa ensimismada en la reconstrucción de las exrepúblicas soviéticas y en especial la reintegración de Alemania, Salinas tocó la puerta de la Casa Blanca y entonces se cocinó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

El presidente Felipe Calderón aprovechó a cabalidad su primer encuentro con George W. Bush en la ciudad de Mérida, en marzo de 2007. Literalmente hizo el ejercicio. ¿Qué puedo lograr de mi primer encuentro con el inquilino de la Casa Blanca? Y con su equipo de seguridad nacional consideró que había que concretar el principio de “responsabilidad compartida en la lucha contra el narcotráfico”. Y así lograron el visto bueno de Bush para que seis meses más tarde se anunciara la Iniciativa Mérida, acuerdo que disparó los montos presupuestales para la cooperación bilateral en materia de combate al crimen organizado.

También Calderón acudió a la Casa Blanca para pactar la salida del embajador Carlos Pascual, en marzo de 2011. La visita se complicó. El mandatario mexicano anunció al consejo editorial de The Washington Post que pediría la cabeza de Pascual y el rotativo publicó la noticia en línea cuando la comitiva mexicana estaba por llegar a la Casa Blanca. A pesar de su malestar, Obama mandó a un embajador confiable, Earl Anthony Wayne, quien apagaría los fuegos.

Pero con Trump, un personaje que se jacta de no dejarse domar por nadie, es imposible seguir centralizando las decisiones bilaterales en las cúspides presidenciales. La diplomacia mexicana había logrado una relación incluso personal entre los mandatarios desde Bush papá, el presidente número 41 (1989-1993), hasta Barack Obama, el mandatario número 44 (2009-2017). Pasando por Bill Clinton (42) y George W. Bush (43).

Después de invitar al entonces candidato a la Ciudad de México, una visita que en aquel entonces generó innumerables críticas, pero en retrospectiva acabó siendo útil, el presidente Enrique Peña Nieto entendió que la mejor manera de lidiar con Trump es “contigo a la distancia”. Junto con su equipo diplomático reforzado por su tercer canciller, Luis Videgaray, Peña se concentró en desactivar la mayor de las amenazas del nuevo presidente estadounidense –acabar con el acuerdo de libre comercio. Los negociadores de Peña, con el importante espaldarazo de AMLO, lograron un resultado a celebrar: el Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC).

Tiene razón el presidente López Obrador, hay que festejar la entrada en vigor del T-MEC. Pero no es necesario acudir a Washington para eso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.