La vida de la caravana en Tijuana
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La vida de la caravana en Tijuana

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La vida de la caravana en Tijuana

23/11/2018
Actualización 23/11/2018 - 15:19

La pequeña unidad deportiva Benito Juárez en la Zona Norte de Tijuana está abarrotada de integrantes de la caravana. El martes eran 2 mil 700 pero justo al caer la noche estaban llegando decenas, tal vez centenas, de otros de sus miembros provenientes de Mexicali e incluso de Playas de Tijuana. Capturó mi atención la llegada de una pick up de la policía estatal: se bajó una madre hondureña con uno, dos, tres, cuatro, cinco hijos. La parte de atrás de la camioneta estaba llena—tres carriolas y muchas cobijas—es que tuve gemelos me comentó la madre cuando vio mi cara de azoro.

La cancha de básquetbol es la más abarrotada. Es el único espacio con techo. Allí sólo aceptan familias. Pero junto a los baños (claramente insuficientes) había dos grupos de varones jóvenes que parecerían no venir al caso. A las cuatro de la tarde, me pareció, la cancha estaba con poco más de su capacidad llena; mucha gente dormida, seguramente cansados y deprimidos. Me imagino qué será la cancha en las horas de la madrugada. Densidad humana rayando en intolerable. Hombres, mujeres y niños hombro con hombro. ¿Qué hará el que durmió ya todo el día? ¿Cómo soportarán los lloridos de los niños o los quejidos de los enfermos?

Al salir de la cancha, bajo una gran lona, me topo a tres viejos: uno en silla de ruedas, dos envueltos en cobijas. Se siente frío. Así es Tijuana a la sombra; está entrando el invierno. Me dice el que está en la silla –no es mía, esas son mis muletas, cuando mi compa duerme yo descanso sentándome. Ante mi asombro, preguntó ¿cómo se las arreglaron desde Honduras? Sin dudar me contesta, “el Rey del cielo lo impuso”.

El espacio principal de la unidad deportiva, la cancha de béisbol, se está llenando de coloridas tiendas de campaña. Allí están los que llegaron en las últimas 48 horas. —Es lo que queda, me dice León, un hombre en sus 50s, que vestía una camiseta de los Pumas y que era soldador en Tegucigalpa, en donde se quedaron su esposa e hijos.

Me asomo a una tienda de campaña y sale una pareja joven, Paty y Saúl. Me dice Paty que ellos salieron hace un mes de San Pedro Sula. Me señala a su niña, Karina, que está a unos metros, con un grupo como de 20 chiquillos que una mujer pretende distraer con un juego. De la tienda de campaña sale otra mujer. ¿Cómo te llamas? Paty también. Me rio –no puede ser, les digo, yo tengo dos Patis, mi niña y esposa. La segunda Paty les llama a sus niños que descansan al fondo de la pequeña tienda. Las Patis, me explican, se volvieron amigas en el camino —los niños se han encariñado. Le digo a Saúl –ahora te toca, como a mí, cuidar a dos Patis.

La vista desde la cancha de béisbol parece surrealista. Al fondo, unos 150 metros, se aprecia la barda de fierro corrugado demarcando la frontera con Estados Unidos. Se impone impenetrable. Al final de la cancha se han instalado unos cuantos baños móviles y unas regaderas. Un grupo de diez jóvenes se ducha, aprovechando los últimos rayos del sol. Al lado de la tienda de las Patis, dos mujeres jóvenes se secan en ropa interior, quitadas de la pena.

En lo que sería el home run, hay tres o cuatro abogados estadounidenses dando explicaciones de qué significa pedir asilo y los tiempos de espera. Escucho a una abogada, quien arriba de un bote y con un sencillo megáfono contesta preguntas. Se me acerca una joven–¿Eres abogado?– me pregunta. Tengo 14 años… perdí a mi mamá al salir de la Ciudad de México; a mi padrastro lo mataron los maras. Me lastima imaginar cómo de noche y de día sufre de acoso sexual.

A diferencia del grupo de haitianos que llegó a Tijuana hace dos años, la caravana no está utilizando la red de albergues de la ciudad, al menos 30 en total desde enero de 2017 según El Colegio de la Frontera Norte.

Esta caravana es distinta. No quiere separarse. Su tamaño es insólito –7 mil. Y pudieran llegar más. Los ladridos de Trump la han vuelto mediática, polémica, atractiva y repudiada.

No encuentro gran diferencia entre sus miembros a los migrantes en tránsito de Centroamérica con quienes he conversado en los últimos 15 años, desde que empecé a visitar la Casa del Migrante en Tapachula, que dirige mi amigo Flor María Rigoni. Quizá en la unidad Benito Juárez al menos la mitad de las personas viajan en familias y con menores. Como le he escuchado a Rigoni, la caravana es un flujo mixto. La mayoría son personas que huyen de la pobreza y violencia, pero hay activistas y retornados y más de un maleante.

Autoridades de Tijuana me habían comentado que los primeros hondureños que llegaron estaban muy “gallitos” y “exigentes.” León, el soldador, dijo que esos eran los salvadoreños. Mi percepción es que empiezan a sentirse agotados, menos optimistas, quizá hasta derrotados.

—Aún no me anoto en la libreta— me dice una señora en sus 40s. Apenas me enteré que se llevará meses ver a un oficial americano y que tengo que pasar un año o más en la cárcel esperando si aceptan mi petición.

Esa hondureña está en lo cierto. Muchos, más de la mitad de los miembros de la caravana, serán rechazados en su petición de asilo en Estados Unidos. La Universidad de Syracuse estimó que entre los años fiscales 2012 y 2017, el 78 por ciento de las 11 mil 020 solicitudes de asilo para los hondureños fueron rechazadas.

Trump ha sellado la frontera. Ahora pretende que México sea de facto un tercer país seguro. Es decir que, como los miembros de la caravana no tienen riesgo inminente en México, tendrán que esperar en nuestro país y no en Estados Unidos la decisión de su asilo. Esto implicaría uno o dos años en Tijuana.

La caravana no se sostiene en Tijuana. No en las condiciones en que está alojada en el complejo deportivo Benito Juárez.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.