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De cómo se evitó la tiranía Trump

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De cómo se evitó la tiranía Trump

08/01/2021
Actualización 08/01/2021 - 9:40

El vandalismo ocurrido esta semana en el Capitolio en el momento que se inauguraba el Congreso 127 choqueó a la sociedad estadounidense y al mundo entero. La crónica de nuestro colega Pablo Hiriart, 'El día del golpe' es extraordinaria.

No hay que darle vueltas. Es la consecuencia directa de un mandatario que ha estado jugando con fuego. Incitando a sus seguidores a que se pronuncien sobre una elección fraudulenta que les arrebató el triunfo. Ya lo había cantado meses antes de la elección: a mí sólo me ganan a las malas. Soy invencible.

Trump nunca escondió su aspiración a ser un tirano. Los respetó y admiró, lo mismo a Recep Tayyip Erdogan, de Turquía, que a Xi Jinping, de China, y desde luego a Vladimir Putin, de Rusia, con quien incluso se achicaba. Ellos sí gobiernan a su antojo. Qué es eso, parecía preguntarse todos los días, de los pesos y contrapesos. ¿Qué tengo yo que rendirle cuentas a nadie?

Mi argumento es que si Trump hubiese logrado reelegirse encontraría un camino despejado para convertirse en un tirano; es decir, avanzaba a pasos de gigante para acabar con la democracia de Estados Unidos.

Desde su primera intentona electoral, Trump arremetió contra el perro guardián de la democracia: la prensa prestigiada y el periodismo de investigación. El duelo a muerte que entabló con los medios, como The New York Times, Washington Post y la cadena CNN, no concluyó. Le investigaron todo y todo lo soportó.

Logró poner al aparato de justicia de su lado. No cesó hasta que encontró, en su último procurador de Justicia, William Barr, un ‘sí, señor presidente’, sus enemigos son enemigos de la nación. Tampoco le tembló la mano en correr a los tres meses de estar en la Casa Blanca al director del FBI, James Comey, y tener el récord histórico de 15 directores despedidos (justicia e inteligencia) en un solo cuatrienio.

Trump galopaba hacia la reelección con un país en pleno empleo (3.6 enero de 2020). Y absuelto del impeachment nadie ni nada lo detendría. Nadie ni nada impediría que gobernara cuatro años más. Nadie ni nada lograría que estampara su firma y en el avión presidencial, que sus hijos siguieran comportándose como nobles.

Su base pasó de respaldarlo a adorarlo. Les cumplió y con creces. Fue el gran campeón antimigración. Acabó, ayudado por la Guardia Nacional de México, sellando la frontera sur. Disminuyó los impuestos como sólo lo había logrado tres décadas atrás el legendario conservador Ronald Reagan. Y realineó a la Suprema Corte con el nombramiento de tres jueces, nuevamente un récord de sólo cuatro años.

“La verdadera medida de un hombre es no lo que logra en momentos de confort, pero lo que logra en los momentos de crisis y controversia”, decía el reverendo y luchador por los derechos de las minorías, Martin Luther King jr.

Al sobrevivir del coronavirus, Estados Unidos y el mundo pudieron percatarse de qué estaba hecho Donald Trump. La pandemia que, evidentemente no estaba en sus planes de reelección, lo ofuscó y la negó. Esto no le podía pasar a él. Estados Unidos aguantaría, pues era el país más poderoso del mundo; el país con los hospitales más sofisticados y caros del orbe.

Son trágicos los estragos de la pandemia en nuestro vecino del norte. Tiene el récord de decesos en el mundo, 361 mil y contando. Si bien los estadounidenses representan 4 por ciento de la población del mundo, concentran 20 por ciento de todas las muertes. Uno de cada mil estadounidenses ha muerto. Y los costos en las minorías raciales, especialmente negros y latinos, han sido desmedidos.

Paradójica y tristemente, el Covid-19 y su pavoroso impacto en el vecino del norte, le hizo un servicio a la democracia. Frustró la reelección de Trump.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.