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01/05/2020
Actualización 01/05/2020 - 14:24

Al menos 96 minutos es el tiempo promedio que le toma a un patrullero fronterizo expulsar a un migrante mexicano o centroamericano durante la emergencia del Covid-19 a México, me dijo Julia Preston, quien por 10 años fungió como corresponsal nacional de migración para el diario The New York Times.

Desde el pasado 20 de marzo la frontera entre México y Estados Unidos ha sido cerrada parcialmente. Al hacerlo, el secretario de Salud de Estados Unidos, Alex Azar, señaló que al gobierno le preocupa que los migrantes puedan contagiar a los efectivos de la patrulla fronteriza o al personal de los centros de detención.

Lo que Azar no dijo es que el 20 de marzo pasado había cerca de 17 mil casos confirmados de Covid-19 en Estados Unidos, mientras que en México y el triángulo del norte Centroamericano (Honduras, El Salvador y Guatemala) apenas sobrepasaban los 200.

El Covid-19 ha sido la gran excusa para Trump y su eminencia gris en materia de migración, Steven Miller, para sellar la frontera sur a los peticionarios de asilo y a los migrantes indocumentados que intentan ingresar a Estados Unidos. A todo migrante tratando de cruzar se le está deportando en caliente.

La emergencia sanitaria le vino como anillo al dedo a Trump para culminar sus esfuerzos por evitar la llegada de familias centroamericanas pidiendo asilo a la frontera con México y desde luego de miles de mexicanos, principalmente de Michoacán y Guerrero.

En poco más de tres años de gobierno, la administración Trump ha intentado de todo para parar el flujo de peticionarios de asilo. Las medidas más draconianas son la separación de los niños de sus padres al ser detenidos y el programa negociado con el gobierno de AMLO, Quédate en México o Protocolos de Protección al Migrante (MPP por sus siglas en inglés).

La separación de los niños de las familias se empezó a dar desde abril de 2018. Como a los niños no los podían mantener en los centros de detención por un fallo de una Corte de Distrito, los empezaron a separar de sus padres y a mandar a distintas instituciones de menores. Como buena medida trumpista, fue un programa realizado al vapor, pésimamente instrumentado, por lo que aún cientos de niños continúan perdidos. Y de paso, causó enorme conmoción entre algunas huestes republicanas, como los evangelistas, pues era una medida aberrante e inhumana.

Los MPP han sido muy exitosos. Les es altamente oneroso a las familias centroamericanas permanecer en las ciudades fronterizas mexicanas. Los devueltos en la región del este de la frontera, es decir, en Tamaulipas, han sido presa fácil del crimen organizado. Los han secuestrado y mancillado. En Tijuana, que tampoco brilla por su seguridad ciudadana, les sale muy caro vivir y las esperas de ocho meses en promedio, seguramente se acercarán al año pues las cortes migratorias siguen cerradas ante la propagación del virus.

Un año de no asistir a la escuela para los niños. Un año perdido de trabajos eventuales para el padre o la madre. Un año de comer mal y con acceso extremadamente limitado a servicios médicos. Un año de vivir hacinados, en un cuarto de hotel muchas veces compartido, o en un albergue siempre compartiendo los dormitorios. Un año para que finalmente a menos del uno por ciento les otorguen asilo.

Y como si no fuera suficiente, estos migrantes varados son altamente susceptibles a contagiarse de Covid-19. Un año de pesadilla, si es que no dura más de un año.

Desde el 20 de marzo, ya van más de 10 mil expulsados. La mayoría son mexicanos. Sólo un 10 por ciento, centroamericanos. En Tijuana hay días de mucho movimiento, como el miércoles de esta semana. Además de los 100 o 150 expulsados diarios, se registraron 69 repatriados o deportados y más de 50 centroamericanos devueltos por MPP. Estos últimos llegaron a la garita estadounidense, pues tenían su audiencia migratoria. Pero como las cortes están cerradas, los rebotaron a Tijuana.

El futuro cercano de la migración luce como un choque de trenes. La severa recesión en México y en el triángulo del norte de Centroamérica seguramente activará los factores de expulsión migratoria. Es decir, sobrarán los mexicanos y centroamericanos, en especial los que tiene experiencia migratoria, que intentarán regresar a Estados Unidos. En este país, habrá una fuerza contraria. El enorme desempleo causado por el Covid-19, a la fecha ya 30 millones reclaman beneficios de desempleo, más la profundización de la epidemia en México y Centroamérica, reforzará el sellamiento de la frontera entre México y Estados Unidos.

Más vale que México y Centroamérica tomen en cuenta que la válvula de escape que ha sido la migración para el desempleo y los bajos salarios, no operará en los tiempos Covid-19 y pos-Covid-19.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.