Tauromaquia piteada
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Tauromaquia piteada

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Tauromaquia piteada

21/07/2020
Actualización 21/07/2020 - 2:26
columnista
Rafael Cué
La Fiesta Está Viva

México es un país con inmensa riqueza cultural y artesanal, ambas basadas en la formidable generosidad de un pueblo capaz de abrazar distintas maneras de ver la vida, de sentirla y de gozarla; sin ir más lejos, somos la fusión de dos culturas milenarias que hace más de 500 años se encontraron y que hoy forman lo que somos como país y sociedad.

La tauromaquia y la charrería comparten el profundo amor y respeto por los animales, son la interpretación de la vida alrededor de la convivencia con los dos animales más bellos de la Tierra, desde mi punto de vista: el toro y el caballo.

En los detalles se encuentra la grandeza de las cosas. La artesanía es el palpitar de un pueblo que expresa su sentir y la forma de vivir a través de la cultura, por muchos desdeñada como respuesta a la incapacidad de entender a la gente, sus raíces y su verdad.

En un cinto piteado, quien tenga sensibilidad puede sentir la forma de entender la vida de los mexicanos, el amor por la tierra se representa en utilizar de ella la materia prima para crear arte, como lo es la pita, este hilo maravilloso obtenido del maguey en la sierra oaxaqueña, producto que viaja y se funde con dos estados camperos, de toro y caballo, como lo son Jalisco y Zacatecas.

Colotlán, Jalisco, y Jerez, Zacatecas, son dos pueblos llenos de magia que llevan al mundo el arte de la pita. Cinchos, chaparreras, adornos en sombreros de charro, fundas para pistola y navaja, pulseras y hasta joyería, lucen el minucioso y elegante trabajo de la pita, fruto del maguey, que cosido puntada a puntada sobre el cuero, habla sin palabras de un México que está por encima de aquellos que todo lo quieren destruir, que no abrazan sus tradiciones ni cultura.

La tauromaquia en México llegó hace casi cinco siglos, la gente la abrazó y la fundió con su manera de festejar las fiestas de cada entidad en prácticamente todo el territorio nacional. La interpretación de esta cultura por los mexicanos en muchas ocasiones ha tenido a la charrería como lazo de hermandad entre lo hispano y lo mexicano.

En la actualidad uno de los mayores exponentes de esta forma de expresar el toreo a la mexicana, es el diestro tlaxcalteca Uriel Moreno “El Zapata”. Existe a quien no le gusta el término “a la mexicana” en el toreo; el toreo es universal, sin duda, pero no podemos negar que cada uno de los ocho países taurinos cuenta con su forma de sentirlo y expresarlo, lo que de manera exponencial da brillo a esta cultura.

En 2021 serán las bodas de plata de “El Zapata” como matador de toros. Una vida en matrimonio con el toro a través del arte y la interpretación de un sentir, entregando cada minuto de cada día a pensar y soñar con el toro, con la autenticidad de la verdad y la transparencia del corazón.

“El Zapata” vive la madurez artística total de quien en plenitud ha entregado su vida a una vocación. Verle torear es sentir el amor y el conocimiento sobre el toro, es contactar con la mexicanidad más plena y absoluta, la charrería y la tauromaquia.

Durante “El Encierro”, ejercicio periodístico presentado por Tauroespectáculos en sus redes sociales, podrá usted, amigo aficionado, cada miércoles a las 20:00 horas, disfrutar de la intimidad del campo bravo. Mañana: Eduardo Gallo; el 29 de julio: Arturo Macías; el 5 de agosto: Joselito Adame; el 12: “El Zapata”; y el 19: Leo Valadez, de quien ya hablaremos y de quien puedo casi estar seguro, se convertirá en un torero importante si se le sabe apoyar y aprovechar empresarialmente.

Admirar el orgullo de lo nuestro, exportarlo, difundirlo y valorarlo, es obligación de todos los mexicanos. Nuestra cultura es fusión; así como la pita que nace en Oaxaca y encuentra en Jalisco y Zacatecas las manos pacientes y dedicadas para crear arte y exportarlo con orgullo, así es como los mexicanos debemos llevar a México en el corazón, sin resentimientos ni complejos de inferioridad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.