La belleza imperfecta
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La belleza imperfecta

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La belleza imperfecta

12/11/2019
columnista
Rafael Cué
La Fiesta Está Viva

Vivir en tiempos de genios es un privilegio; a los músicos escucharlos, a los pintores verlos, a los escultores sentirlos, a los escritores leerlos y a los toreros gozarlos, porque son ellos y sólo ellos quienes crean música callada, pintan escenas coloridas, esculpen momentos inolvidables y escriben con letras de sangre y seda la historia y el sentimiento de una sociedad en estos tiempos perdida, pero que se logra conectar ante la suavidad de unas muñecas privilegiadas para acariciar la bravura del toro embistiendo, y todo esto sin alcanzar la perfección, que en el toreo no existe.

Morante de la Puebla es un genio de nuestros tiempos y quizá uno de los mayores genios de la historia del toreo. Considerarlo no elimina a otros genios; el taurino suele ser totalitarista y si algo tiene el toreo es la inclusión de gran variedad de conceptos y formas.

Es difícil “leer” a Morante, los simplistas lo atacan intentando colgarse de su grandeza para ellos tapar la pobreza de su concepto; otra cosa es que no te guste Morante, respetable, triste pero respetable. Atacarlo para intentar demostrar que eres tan buen aficionado que le encuentras defectos, es un acto absurdo, debe ser frustrante intentar hacerlo, fracasar con tan sólo pensarlo. Se le achaca irregularidad y eso es porque no se dimensiona el alcance de todo lo que Morante expresa con su toreo. No sólo es torear bonito, al contrario, eso le podría resultar incluso sencillo a un hombre con tanta sensibilidad y capacidad.

Cuando Morante está en una plaza de toros, personifica la historia del toreo, su pasado glorioso y su complejo presente y futuro; por eso le sirven muchos toros, no sólo los que realmente son buenos, muchas veces cuaja toros que ni siquiera pasan la media de regularidad.

Eso es lo que vimos el domingo con su segundo toro: un astado noblón, difícil para lucir, porque sus embestidas carecían de la transmisión del peligro que tiene un toro y que sólo con algunos aspectos es evidente, pero siempre existente. A ese toro, Morante lo acarició con su muleta, y en muchos pases con su mano izquierda posada con suavidad sobre el lomo del astado al ir pasando; con fraternal cariño al animal que a él le da vida, le quita el sueño, lo puede matar y con el que nos hace soñar.

No vamos a hablar de Morante sólo por su faena de ayer, injusto sería para el toreo y para la cantidad de grandes faenas que ha hecho en su ya dilatada vida como matador de toros. Una pagina más del milagro morantista. Con poco hacer mucho. La inmensa complejidad de adaptarse a una embestida que no viene con el tremendo poder del toro, es de una capacidad extraordinaria. De alta complejidad estar tranquilo en la cara de los toros. Escribió Bergamín: “el alardear de valor es en el toreo un efectismo del peor gusto; y, además, mentira...”; así torea Morante, sin irse de la cara, con pocos pasos entre pase y pase; incluso con el capote donde la distancia suele recomendarse, él de inmediato se abraza y reúne con los toros, el resultado no siempre es perfecto, pero sí verdad.

Morantistas y antis hablarán el día que el maestro se retire, dirán que lo vieron tal o cual día, presumirán sus fotos con él, incomodándose en cualquier patio de cuadrillas en alguna tarde veraniega. Morante es torería hasta encendiendo un habano en el callejón, es parte de un acto de verdad, de vivir en torero. Al verlo pienso en Rafael “El Gallo” dando la vuelta al ruedo con la mano derecha llena de habanos.

Torear sin reponer parece imposible si alguna vez se ha tenido un capote y una muleta en la mano, hoy los toreros lo hacen casi en cada toro, lo cual halaga al toro que los ganaderos han sido capaces de crear. Aquella bravura de ataque de otro siglo se ha transformado en entrega; como el toreo no siempre alcanza sus máximas cotas, pero siempre está latente la posibilidad de hacer algo con esas virtudes y defectos que definen a cada toro y que alimentan el misterio de la bravura. En este punto se encuentra la ilusión del aficionado por siempre ir a la plaza con la esperanza de que suceda el milagro del toreo.

Dirían los buenos aficionados que hay que ir a todas, suena difícil, lo es, pero si ya se decide usted a asistir, abra el abanico de su sensibilidad, observe, escuche y goce todo lo que implica el toreo. Admire el poder del toro, su belleza, su señorío. Admire a los toreros, todos tienen algo que decir, admire a quienes dicen mucho con muy poco, esos son una gozada; hay quienes acumulan demasiadas cualidades y virtudes: los genios. Vivimos en una época de genios, Morante es uno de ellos, el domingo hizo lo suyo y eso alberga la esperanza de verlo de nuevo a principios del 2020. Ojalá que su administración no sea mezquina y honren la grandeza de Morante dándole la oportunidad de nuevo de torear en La México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.