'El Pana'
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'El Pana'

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'El Pana'

02/06/2020
columnista
Rafael Cué
La Fiesta Está Viva

Rodolfo Rodríguez nació en Apizaco, Tlaxcala, el 2 de febrero de 1952. Tercero de ocho hermanos, de familia pobre pero honrada, como bien decía el maestro. Con 16 años dejó la escuela y comenzó a trabajar como aprendiz de panadero en un establecimiento donde afuera, su madre vendía tamales.

Trabajar de noche creando panes, en el día ir a soñar al campo bravo tlaxcalteca; humilde, genial, despreciado por quienes en aquella época fungían como “señores” ganaderos. La tahona le enseñó que nada era sencillo, largas horas de trabajo y sacrificio para cobrar unos pesos y poder vivir soñando con la gloria de un toro por la cintura.

Tuvo como maestro panadero a Agustín Flores "Minutito", que además del oficio contaba con una enorme afición a los toros y apoderaba la “Cuadrilla Juvenil de Toreros Apizaquenses”, allá por finales de los años 60. La personalidad, viveza y rapidez de mente habrán llamado la atención de "Minutito", ya que además de valor para ser torero, hay que ser muy inteligente. Apenas en su segundo festejo, “El Pana” recibió su bautizo de sangre durante una novillada en el lienzo charro de Tlaxcala, percance que por poco le cuesta la amputación de la pierna izquierda.

Así recibía el toro al “Pana”, con la dureza de una vocación que si bien es gloriosa, es a su vez extremadamente cruda.

Hoy se conmemoran cuatro años de su muerte. "El Pana" ha sido de los pocos toreros que era ya leyenda viva, el haber muerto a consecuencia de un percance en el ruedo, es el colofón de una vida de novela.

No sabría dónde clasificar la novela, de lo que no me cabe duda es de que la vida de Rodolfo Rodríguez y la del personaje “El Pana” —él siempre hablaba en tercera persona—, ha enriquecido la tauromaquia y le ha dado al arte del toreo el carácter popular e intenso del sentir de un pueblo; la cultura es la voz de éste, y “El Pana” encarnó al pueblo mexicano, con sus enormes virtudes, sus ocurrencias, picardía y bondad, así como los sinsabores, injusticias y desprecios de una sociedad polarizada en lo económico, educativo, y lo que es más crudo y cruel, en las oportunidades.

“El Pana” encarnó el sueño del personaje humilde que logra triunfar, pero que a la vez sus demonios y circunstancias lo arrebatan de la gloria y le arrastran al infierno del alcoholismo, que si bien no respeta estrato social, sin duda se ensaña con los que menos tienen.

Como torero fue realmente grandioso, sus muñecas un prodigio para desplazar y sobar a los toros. Su valor sostuvo una tauromaquia amplia en suertes, ritmos y formas. Castigado el cuerpo por los toros y el alma por el vidrio.

Durante su despedida, aquel lejano 7 de enero del 2007 en la Plaza México, resucitó “El Pana”, de la mano de Rodolfo Rodríguez. La que era la tarde del adiós nos regaló una última etapa del personaje, nueve años de triunfos, fracasos y drama.

De sus genialidades, además de los soberbios trincherazos, adormilados derechazos y añejas verónicas, el mundo se maravilló con el brindis de su segundo toro aquella tarde de enero:

“Quiero brindar este toro, el último toro de mi vida de torero en esta plaza, a todas las daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis, putas, a todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando ‘El Pana’ no era nadie, que me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, base de mis soledades. Que Dios las bendiga por haber amado tanto. ¡Va por ustedes!”

Hasta el cielo, maestro, le recuerdo con cariño y admiración. Fue un torero genial y un hombre al que respeto por haber vivido con sus demonios, con torería.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.