De morado y oro
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De morado y oro

10/03/2020
columnista
Rafael Cué
La Fiesta Está Viva

Parece absurdo tener que reflexionar acerca de la importancia de la mujer en el mundo y en la sociedad, así de disparatados estamos.

El machismo es la mayor debilidad del que se siente superior y que en realidad intenta esconder su inferioridad; el hombre compensa con la fuerza lo que no logra equilibrar con la mente. Al contrario de lo que sucede en el toreo; la fuerza brutal del toro es dominada por el valor del torero, que controla con la mente y el corazón el instinto de supervivencia ante el peligro, con la inmensa diferencia de que el poder del toro lo domina su bravura, cuyo ingrediente esencial es la nobleza. El toro bravo y noble hace ver mal al macho fuerte pero cobarde, que tiene que utilizar la fuerza para amedrentar, ya que carece del valor de la templanza y la nobleza ante la inteligencia femenina.

Podemos pensar entonces que en la vida la mujer es quien torea —en el buen sentido— al hombre, pero al hombre noble, al que se sabe más fuerte físicamente, pero que nunca, nunca utilizará la fuerza para dominar, sino que equilibrará su fuerza con nobleza ante el valor femenino para juntos crear, como esencia, una familia, una relación laboral o una eterna amistad.

En el toreo los términos femeninos son muchos, comenzando por el lance fundamental del toreo: “la verónica”, cuyo nombre viene en alusión del manto de la virgen desplegado para dar cobijo a la entrega y bravura de una embestida.

Constantemente escribo acerca de la importancia de los valores que tiene la tauromaquia, para darle solidez y fundamento a su existencia; precisamente el más importante, que es el respeto, fue en la marcha histórica del domingo el principal reclamo.

Absurdo me parece imaginarnos un mundo sin mujeres, sin su mirada, su belleza, su ternura, pero sobre todo sin la claridad de ideas, sensatez y valor. Como los toreros valientes de verdad, el valor de las mujeres no se alardea, no hacen los ridículos que hacemos los hombres al intentar alardear el valor sin fundamento.

Su valor está fincado en hacer lo que hay que hacer, punto. El valor del amor incondicional, de entrega a sus convicciones, sean las que sean, el valor basado en la inmensa paciencia que nos tienen, el valor que va como en el toreo, planteando soluciones a situaciones de la vida en el momento, no dejando nada para mañana.

En el campo bravo quien parece que manda puede ser el toro; cuando hablamos de que el rey de la dehesa es el toro, nos referimos al hato ganadero, que por número y valor genético sin duda es de las hembras. El mismo toro bravo alardea su valor y poder con sus semejantes, hasta matarse incluso sólo por dominar quién come primero; eso nunca sucederá con las vacas, quienes sí deciden si las monta o no el semental en turno.

Aquel toro que por su genética, tipo y hechuras es seleccionado para ser semental y le destinan un empadre de 25 vacas, aquél que al estar con otros toros su conducta es machista y se mide en fuerza y poder, al llegar a las grandes extensiones dominadas por las vacas, su actitud es otra.

Lección de la naturaleza, el toro juega un papel importantísimo evidentemente en una ganadería, pero quienes mandan son las vacas, son ellas las que deciden cómo y cuándo permiten ser montadas para la reproducción, son ellas las que cuidan a becerros y becerras, son ellas las que ven ir y venir distintos toros cada año en busca de la ligazón genética que levanta una ganadería.

Si ser torero como hombre es admirable, serlo como mujer rebasa los posibles calificativos de admiración en el diccionario. A todas aquellas toreras que han vestido de seda y oro, a pie o a caballo: mi más profundo respeto.

A todas aquellas ganaderas que apoyan y son parte incondicional con sus familias en la vocación de criar reses bravas, o más aún, lo hacen por vocación propia: todo mi agradecimiento.

A todas aquellas que asisten a una corrida de toros: gracias por ser parte del colectivo emocional del arte de la tauromaquia.

A los hombres: ya va siendo tiempo de que estemos a la altura torera de las mujeres.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.