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03/12/2019
columnista
Rafael Cué
La Fiesta Está Viva

La quinta corrida de la Temporada Grande causó enorme expectación desde su anuncio el mes de octubre. Cartel cumbre con Enrique Ponce, Fabián Barba, Joselito Adame y la confirmación de alternativa del sevillano Pablo Aguado, que estremeció al mundo del toro en mayo, al cortar cuatro orejas en la Real Maestranza de Sevilla. Se anunciaron ocho toros de Reyes Huerta, que terminaron siendo seis, más dos de Jaral de Peñas.

Llenazo en el numerado de la Plaza México, y algo poblados los generales. La mejor entrada en lo que va en la Temporada. Los restaurantes a tope en los alrededores, trabajo para taxis, ubers, estacionamientos, vendedores de dulces, taqueros ambulantes, acomodadores, etcétera. Una derrama económica enorme para la Ciudad y la alcaldía Benito Juárez.

La corrida de toros es una puesta en escena no ensayada, los toreros entrenan de salón, soñando poder torear un día un toro en determinada plaza; se preparan físicamente como atletas de alto rendimiento, se inspiran buscando en su alma las sensaciones y sentimientos que les llevan a expresarse delante de un toro.

Los toros, por su lado, no han visto nunca una plaza de toros, nacen y comienzan a gestar su bravura, ese mágico instinto que los distingue de cualquier ser vivo en este planeta. Majestuosos y arrogantes. Portan con orgullo su estirpe y linaje soñado a su vez por sus criadores, los ganaderos, apasionados hombres y mujeres cuya obsesión es la embestida perfecta ante el torero adecuado, en la cita soñada. Trabajo, dedicación, vocación y recursos entregados al toro bravo, a su crianza y al gran valor ecológico de este animal en su entorno.

A cierta hora los protagonistas se encuentran; no se conocen; tienen segundos para entenderse y juntos generar las emociones que reúnen a miles de personas en la plaza, dispuestas en forma circular para que todos tengan el acceso a la emoción desde distintos ángulos, todos capaces de emocionarse al unísono; nuevos aficionados, asolerados y público en general, en cierto momento coinciden en vibrar con el toreo.

Parte de la grandeza y misterio de la tauromaquia es que siendo una actividad cultural, no garantiza llegar al clímax emocional que proporciona el toreo, cada faena es única e irrepetible, lo mismo que cada tarde.

En este domingo de cielo despejado, el viento hizo acto de presencia. El peor elemento climático para un festejo taurino es el viento; obstruyó que los toreros tuvieran libertad total en el sutil manejo de las telas, esos toques casi imperceptibles que nacen del alma del torero y viajan por su cuerpo hasta las yemas de los dedos, que al contacto con la tela mecen los vuelos y embrujan el inmenso poder del toro, que entrega su vida en la embestida, a veces defensiva, a veces ofensiva, llena de bravura y codicia por alcanzar la tela.

El viento y la suerte en el sorteo dieron al traste con las ganas del maestro Enrique Ponce por lograr agradar; lo mismo sucedió con Fabián Barba. El confirmante no estuvo, Pablo Aguado no representó su tauromaquia, no le hemos visto; juzgarlo sería un error, no por justificarlo, sino porque ese no es el torero que a todos nos tiene ilusionados. El arte es así.

Quien demostró la actitud que implica ser un torero importante fue Joselito Adame, con el mejor lote. Ha dado una tarde pletórica, el viento le hizo lo mismo que a Juárez. Salió a jugarse la vida con la verdad que tienen los hombres con valor. Su capacidad quedó manifiesta ante dos toros buenos, muy buenos, de distintos encastes, el Llaguno —centenario en México— y el Domecq —con 20 años en estas tierras—; matices, ritmos y embestidas diferentes y complementarias. Joselito ha callado bocas. Detractores pagados y por voluntad propia, aficionados a los que les cuesta aceptar que este hombre es ejemplo de vida, pundonor y un pedazo de torero. Sus argumentos taurinos son tan válidos como los de cualquiera.

Poderoso, auténtico y zumbándose al toro por la cintura en ambas faenas. Una oreja que no debió serlo por la colocación de la espada, sino por la faena que fue cumbre; y en su segundo toro, dos orejas rotundas, con la gente loca y la emoción a tope.

Argumentos de Figura, les guste o no, y si no, es mejor guardar silencio ante lo evidente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.