La Fiesta Está Viva

La solera de la casta

La casta en términos ganaderos define un conjunto de actitudes y la forma de acometer del toro bravo.

Las corridas de toros son el espectáculo cultural más arraigado en nuestro país; son prácticamente 500 años con el encuentro de dos culturas: la española y los distintos pueblos indígenas que habitaban en aquellos tiempos nuestro territorio.

De este encuentro surge una manera única de vivir y entender la vida, para bien y para mal. La fusión de dos culturas con similitudes en la forma de venerar, gobernar, guerrear y vivir, pese a la enorme diferencia en sus civilizaciones. De este encuentro surgieron 7 castas: Mestizo: hijo de español e indígena, Castizo: hijo de mestizo y española, Zambo: hijo de africano e indígena, Mulato o Pardo: hijo de español y africana, Morisco: hijo de mulato con española, Coyote o Cholo: hijo de mestizo e indígena y Chino: hijo de mulato e indígena. 500 años después, aquí estamos, siendo un país que no termina por, de verdad, explotar su potencial, lo cual lograremos cuando quienes no aceptan esta realidad, lo hagan.

En el toro de lidia, sucede lo mismo, su origen y linaje se define en castas. En el argot taurino, hablamos de encaste para definir la procedencia, como el encaste Llaguno del que nos encargaremos en esta entrega.

Originario de Zacatecas, sitio colonial emblemático de nuestro país. En aquellos campos con “un cielo cruel y una tierra colorada”, como bien la describió Ramón López Velarde en su poema “La bizarra capital de mi estado”, pastan los toros de Pozo Hondo, cuyo origen proviene de la ganadería de Valparaíso, ésta de Torrecilla que como sabemos es la segunda ganadería que formaron los geniales ganaderos zacatecanos, Antonio y Julián Llaguno hace más de un siglo.

Definido encaste como el origen, la casta en términos ganaderos define un conjunto de actitudes y la forma de acometer del toro bravo. La casta es la base de la bravura, la acometividad poderosa que esconde las cualidades de fijeza, nobleza y celo por seguir capote o muleta. Es real, palpable y a la vez invisible. Si el torero es capaz de dominarla y encausarla puede tornarse en clase, aquella embestida con la que ganaderos, toreros y público soñamos. La que conecta el alma y las emociones en cada paso del toro con la cara abajo y la entrega absoluta en su andar tras el engaño que el torero presenta con firmeza en cuerpo y alma al toro. El toreo en su máxima expresión artística y emocional.

El domingo 25 de febrero pasará a la historia de La Plaza México por haber vivido una tarde gloriosa, cubriendo prácticamente todas las aristas del toreo. Seis toros de Pozo Hondo criados con dedicación y entrega por parte de los ganaderos Alatorre Rivero, encabezados por don Ramiro y doña Ana María, cuyo conocimiento y pasión por el toro han sido absorbidos por su hijo del mismo nombre, quien ahora está al frente de un hierro fruto del trabajo de tres décadas dedicadas al toro bravo.

José Mauricio, Emilio de Justo y Diego San Román han sido los tres héroes destinados a formar parte de esta gran tarde de toros. Con alrededor de 15 mil aficionados en los tendidos, el ambiente fue especial, algo rondaba en el aire.

La confirmación de alternativa del español Emilio de Justo, sin duda, atrajo aficionados que bien conocen la clase, calidad y personalidad del hispano, así como su historia y trayectoria. José Mauricio es torero de La México y Diego San Román un torero que es una de las realidades de nuestra tauromaquia.

Casta de toreros y casta en el encierro. Seis toros con distintos matices. Comportamientos fincados en la bravura, exigentes, agradecidos y siempre muy serios. Emoción en el ruedo, conexión directa con los tendidos. La magia del toreo. De Justo cuajó a Tinterillo, toro de su confirmación de alternativa. Clase en el toro y en el toreo. De no fallar con la espada, la oreja estaba ganada a ley.

Palmero fue su segundo que tuvo la casta indómita y la emoción en la verdad del planteamiento de su faena. Valor y verdad, angustia en los tendidos ante el peligro evidente de un hombre dispuesto a todo.

José Mauricio posee la clase y el empaque de los toreros buenos. Bandoleón le permitió mostrar su oficio ante un toro que exigía poder y entrega para dominar su encastada embestida. Faena emocionante que en el final alcanzó su máxima expresión y que tras estocada recibió el premio de una oreja. Compae fue ovacionado de salida por su bella estampa y el poderío mostrado. Faena de poder a poder que de haber sido firmada con una buena estocada otra oreja hubiese merecido.

Diego San Román asciende como la espuma. Hijo de matador de toros, de casta le viene vivir entregado a su vocación. Cuenta con un valor espartano que hoy sirve como fundamento para ser un toreo poderoso, por momentos artista y con inmenso potencial siendo ya una realidad. Su evolución al ordenar sus faenas, estructurarlas y convencer al toro y al público por la vía de la entrega, nos hace sentir lo más profundo del toreo. Aquí, señores, hay un torero serio que hay que ver donde se anuncie. Una oreja de Habano y otra de Cenizo, el toro de la tarde, compendio de las virtudes de la casta, catapultaron a San Román al camino de la cima del toreo.

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