Tienen razón: la UNAM y la violencia de género
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Tienen razón: la UNAM y la violencia de género

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Tienen razón: la UNAM y la violencia de género

19/02/2020
Actualización 19/02/2020 - 13:48

Durante los últimos meses han circulado comunicados, boletines, correos, hilos twitteros, mensajes electrónicos de grupos, estudiantes, profesores y directivos de la UNAM que tienen como eje las denuncias y las acciones que han emprendido colectivos –sobre todo pero no solo– de mujeres en contra de la violencia de género. He leído cuánto he podido. Hay uno cuya conclusión me conmovió de particular manera: “Aunque no reconozcan la dignidad de nuestra lucha y nos llamen criminales, e incluso aseguren que tenemos intereses egoístas y oscuros, o digan que no somos estudiantes. Nosotras y nosotrxs trabajamos desde el amor, reconocemos nuestra digna rabia, nos organizamos y decimos YA BASTA”. Está firmado por colectivas, asambleas, y mujeres y estudiantes organizadas bajo diversas denominaciones.

El amor como instrumento y la rabia digna como motor desembocan en un reclamo justo, legítimo y preciso: ¡alto, no más! Toca a nosotros –me refiero a quienes tenemos cargos directivos y, sobre todo, a los varones de ese grupo–, escuchar con apertura y humildad. No escojo este último concepto al azar. Debemos cultivar la “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento” (RAE).

En efecto, tenemos una comprensión muy limitada –porque no entendemos– sobre lo que sustenta a esos reclamos y nuestra principal debilidad reside en el miedo de perder los privilegios de los que gozamos por ser quienes somos y estar en dónde estamos. Sin mayor mérito propio. A eso se refieren cuando advierten que nuestros privilegios penden de una estructura patriarcal. Tomar conciencia de esto nos debe obligar a actuar en consecuencia.

Es verdad que en la Universidad Nacional Autónoma de México no todas las personas directivas o con cargos de autoridad somos hombres y que muchas directoras apoyan los reclamos pero, si no me equivoco, la exigencia de las estudiantes organizadas interpela al poder en cuanto tal porque lo que le reclama es su omisión histórica para alterar un estado de cosas –que es cultural, jurídico y social al mismo tiempo– en el que la integridad física y mental de las personas que no satisfacen el estereotipo de lo masculino se encuentran potencialmente amenazadas por quienes sí lo hacen.

Por eso me parece valioso –aunque sin duda insuficiente– lo que aprobó el Consejo Universitario la semana pasada. El derecho es cultura y es un instrumento a través del cual se perpetúa la cultura. Por eso se dice –no sin razón– que los abogados somos conservadores. Pero el derecho también puede ser un primer paso para transformar la cultura a través de acciones y políticas prácticas que pendan de normas orientadas al cambio y no a la conservación de la tradición. Siempre me viene a la mente el caso del matrimonio igualitario. Durante siglos el matrimonio era una figura jurídica que sancionaba la unión de un solo hombre y una sola mujer para procurarse ayuda mutua y preservar la especie. Eso dictaba la tradición, eso decía el derecho y eso observaban las autoridades del Estado. Pero un día la norma cambió y el matrimonio es la unión entre dos personas sin más. Ese cambio constitucional tarde o temprano transformará la cultura mexicana en ese ámbito.

Regreso a la UNAM y retomo el argumento. Se modificó el Estatuto de la Universidad para contemplar que dentro de las “causas especialmente graves de responsabilidad, aplicables a todos los miembros de la Universidad”, se encuentra “la comisión de cualquier acto de violencia y en particular de violencia de género que vulnere o limite los derechos humanos y la integridad de las personas que forman parte de la comunidad universitaria”. Es un primer paso, solo eso; pero es un paso importante para decir basta y sancionar con severidad violencias inadmisibles.

La reforma vino acompañada de cambios en la integración del Tribunal Universitario –en el que ahora deberá garantizarse la paridad de género– y en otras medidas para facilitar el trámite de los casos, pero lo que importa es que sentó las bases para trasformar desde las normas que rigen la vida universitaria aquellas prácticas y esa cultura machista y misógina que las estudiantes organizadas denuncian y repudian.

La reforma –vuelvo a decirlo con nitidez– no es suficiente y debe profundizarse pero es histórica. Las autoras, aunque no las hayan redactado en esos términos y promuevan otras redacciones que deben considerarse, son un grupo de estudiantes mujeres –no solo redactoras, también paristas y marchistas– que decidieron decir ¡no más!, incomodarnos con sus acciones, sacudirnos en nuestra zona de confort y demandar –desde su justa rabia– cambios estructurales y permanentes. Así que quienes piensen que esto es coyuntural y pasajero, se equivocan. Mucho.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.