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La democracia universitaria

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La democracia universitaria

17/10/2018

En la UNAM estamos viviendo un momento de zozobra. Elijo el concepto con el diccionario en mano. Tenemos una “inquietud, aflicción y congoja del ánimo, que no deja sosegar, o por el riesgo que amenaza, o por el mal que ya se padece”. Nuestros estudiantes han sido agredidos y podrían volver a serlo. Por eso es entendible que las principales demandas de las y los alumnos sean seguridad y rechazo absoluto a la violencia de género. Nuestro deber es escucharlos y hacer todo lo posible para atender sus legítimas peticiones. Esa ha sido la postura del rector Graue y es también la convicción del Colegio de Directores. No podría ser de otra manera.

Pero, como puede leerse en la respuesta al pliego petitorio de la llamada Asamblea InterUNAM que emitió la Rectoría el pasado 10 de octubre, también se han tomado acciones concretas para atender a las víctimas de la agresión del 3 de septiembre y para llevar ante la justicia a quienes la perpetraron. Al 5 de octubre habían sido expulsadas y remitidas a Tribunal Universitario 31 personas y las autoridades han detenido a 18 personas que presuntamente cometieron actos de violencia. El compromiso del rector es “eliminar definitivamente de nuestra Universidad a todos los llamados grupos porriles y librar a nuestras entidades académicas de su nociva presencia”. La violencia es la antítesis del quehacer universitario. Nuestras herramientas son el pensamiento crítico, la reflexión y la solución pacífica de la convivencia. Con ellas la UNAM ha salido de otras zozobras y saldrá de esta.

En este contexto ha reaparecido un tema recurrente en torno a la democracia universitaria. Una interrogante que indaga sobre el gobierno de la Universidad y no sobre los procesos estrictamente académicos que, por su naturaleza, son y deben ser meritocráticos. Por eso pienso que debemos observar en qué sentido la UNAM es una institución que funciona democráticamente. El asunto no es menor en una coyuntura en la que la democratización de la vida política del país ha abierto nuevos senderos para su transformación. La Universidad de la Nación, gracias a su estructura y funcionamiento actuales, ha abonado a la consolidación y estabilidad de las instituciones que han hecho posible el cambio democrático.

La democracia de la Universidad es deliberativa. Con más de 700 cuerpos colegiados, las decisiones se adoptan de forma colectiva, con representación ponderada de todos sus sectores (académico, estudiantil y administrativo) y, en muchos casos, con integrantes que han sido electos por voto directo y universal. Así que la democracia universitaria también es electoral. La distinción conceptual amerita detenerse.

En la teoría democrática se ha consolidado la idea de que las elecciones son un componente de la conformación de algunos órganos de gobierno –no de todos– pero, sobre todo, ha cobrado fuerza la tesis de que el ideal democrático debe trascender al momento electoral y buscar la calidad epistémica de las decisiones que se adopten. Disculpe el lector el lenguaje académico, pero la idea es simple e importante: la democracia se perfecciona cuando las decisiones que emanan de los órganos que las adoptan están fundamentadas en argumentos y razones. La mejor forma de lograrlo es deliberando.

De ahí la fuerza de la democracia que distingue a la Universidad Nacional. En sus Consejos y Comités –desde el Consejo Universitario y sus comisiones hasta los comités editoriales, pasando por la Junta de Gobierno y el Patronato Universitario– el intercambio de argumentos entre los integrantes de la comunidad universitaria va tejiendo una deliberación que, en muchos casos después de largas horas de reflexión colectiva, edifica las decisiones que organizan la vida universitaria. Decisiones que, además, en múltiples supuestos serán revisadas por otros órganos colegiados con una composición distinta a la primera. Deliberación democrática tras deliberación democrática que entretejen las normas, procesos, ingresos, promociones, evaluaciones, dictaminaciones, etc., que hacen de la UNAM lo que es.

No es fácil organizar dos bachilleratos, 122 licenciaturas y 41 posgrados. Tampoco ofrecer educación de calidad a 350 mil estudiantes y ofertar más de 14 mil ofertas de educación continua abierta a toda la sociedad. Además la UNAM se cuenta entre las mejores universidades del mundo y sus investigaciones han cambiado la vida de muchas personas. Bueno: eso es posible, en gran medida, por su deliberativa democracia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.