¿Será una nueva narrativa?
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¿Será una nueva narrativa?

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¿Será una nueva narrativa?

18/12/2018
Actualización 18/12/2018 - 12:32

Una de las características de la tecnocracia parecía sugerir que eran pocos los capaces de tomar decisiones trascendentales para nuestro país. Como si se tratase de un arte hermético, selectivo y oficioso, en el que sólo los iluminados por prestigiosas universidades pudieran revelar los designios del futuro. Una suerte de oráculos, que en lugar de tirar las runas o leer el tarot, hacían sus predicciones a partir de cálculos ininteligibles o proyecciones crípticas en lenguajes secretos, artificios para los que sólo la educación más privilegiada permitía su comprensión.

Pero no sólo estábamos frente al culto del conocimiento, sino también de las distancias. Sus templos eran inalcanzables, alejados del clamor popular y sus dolencias. Si una decisión debía ejecutarse, el pueblo receptor de dicho edicto debía sufrir las consecuencias de manera estoica, pues los cálculos de nuestros profetas sabios eran infalibles.

Este régimen toleró, con completa amnistía, la corrupción de sus aliados, llenó las arcas del socio, vació la esperanza pública y desdeñó la indignación. Quizás uno de los principales errores de la tecnocracia fue el hacerse de un relato incomprensible para la población y de narradores alejados del sentir común, pero sobre todo, de un modelo costosísimo.

Para poder financiar ese entramado narrativo, Enrique dispuso de las arcas a sus anchas. El gobierno de Peña Nieto pidió para comunicación social, en su último año, dos mil 338 millones de pesos, aunque en realidad erogó el doble o hasta el triple; como en 2017, cuando gastó de dinero público la exorbitante cantidad de siete mil 800 millones de pesos.

Sin límites presupuestales reales logró construir su propia catedral de mentiras o verdades a medias. Epigmenio Ibarra lo describe de manera acertada en su columna "De la llamada ‘comentocracia’ y sus afanes". Se desterró ese modelo de gobernar y con ello, afirma Ibarra, “en la democracia, la llamada ‘comentocracia’ no tiene cabida; columnistas, presentadores de radio y TV que han vivido del erario lo saben. De ahí su afán de frustrar la voluntad de transformación que 30 millones de mexicanas y mexicanas expresamos en las urnas el 1 de julio de este año que termina… La democracia real exige algo que ellos nunca han sido capaces de hacer: una prensa digna e independiente que se plante frente al poder”.

Sin embargo, la partida 3,600 del Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF), enviado la semana pasada al Congreso, pareciera que indica algo distinto a lo esperado: el Ejecutivo ha solicitado cerca de tres mil 579 millones de pesos para publicidad oficial. Un gasto menor a su antecesor, ciertamente, pero que continúa sin una regulación con dientes y sin criterios técnicos para su asignación que evite los excesos del pasado. El día de hoy, en este nuevo sexenio, ya hay medios que se frotan las manos por esos jugosos contratos.

Con el pasar de los días han tenido lugar acontecimientos que han cuestionado en sus búsquedas más profundas al gobierno entrante: militarización del país, opacidad en estudios de impacto de los megaproyectos estatales, alianzas con caciques locales, asignación de delegaciones estatales con criterios electorales, entre otros tópicos que han levantado la ceja de adversarios y correligionarios.

Sin falta, en cada una de estas coyunturas, han salido al quite analistas que han tratado de explicar o adivinar las razones de dichas decisiones. Una suerte de traductores del poder en turno. A su vez, hemos visto el ascenso de profetas que vaticinan el cataclismo del país. La tautología ha dominado el debate público. La discusión se empobrece. Se pierde la esencia del cambio de narrativa que muchas personas quisiéramos ver: la hecha con austeridad, con argumentos sólidos y claros, sin la necesidad de nuevos oráculos que nos develan la verdad oculta, la que sólo los poderosos conocen.

La tecnocracia perdió la última elección y con ello el modelo de gobierno que le apostaba a que sólo los iluminados pudieran participar en las decisiones públicas. Perdió también el modelo costoso de comunicación social, de construcción de nuevas élites, de compra de voluntades y medios, de creación de opinión pública a partir de “los elegidos del sistema”. La sociedad votó por un cambio que se opone a esas viejas prácticas, por lo tanto toca esperar que la discusión en la Cámara de Diputados logre cambios sustantivos en el Presupuesto de Egresos, modificando todo aquello que no corresponde a la transformación que algunos vaticinan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.