Ocho años más de vida
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Ocho años más de vida

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Ocho años más de vida

20/02/2018
Actualización 20/02/2018 - 12:01

La primera vez que fui a un consultorio anexo a una farmacia tenía 18 años. Me encontraba fuera de Guadalajara, no conocía a ningún doctor en esa ciudad, no estaba dado de alta en el Seguro Social y tampoco poseía gran margen de tiempo o dinero, pero mi cuerpo me pedía atención médica a la brevedad. Un amigo me señaló la farmacia más cercana, esperé en la sala para ser atendido, el médico revisó mi garganta, me hizo un diagnóstico y me recetó los medicamentos.

Diez años después de esa primera visita he regresado a este tipo de atención médica en un par de ocasiones más, esencialmente por razones económicas, de tiempo y practicidad. Por estos motivos, acompañados de un deficiente sistema de salud pública, este tipo de consultas se han incrementado de una manera exponencial en nuestro país.

Según el último reporte en la materia emitido por la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), los consultorios de farmacia atienden alrededor de 455 mil citas al día. Es casi el medio millón de citas que se brindan en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Una institución con décadas de historia, presencia en todo el país y miles de millones de recursos públicos atiende casi a la misma cantidad de personas que los consultorios de farmacia.

Esta cifra nos ayuda a entender que el Estado se ha rezagado en su trabajo para ser un facilitador de la salud pública. Estos resultados nos hablan de la insuficiencia material y de profesionistas dentro del sector salud; nos habla del profundo desabasto de medicinas, insumos y equipo con el que día a día tiene que trabajar el personal médico en nuestras instituciones públicas, a los cuales en muchos casos se les contrata por un periodo corto de tiempo, sin prestaciones o estabilidad laboral. Nos queda claro que hay un problema, que la salud pública se ha dejado a su suerte.

Aquí, en el país donde siete de cada diez adultos padecen de obesidad o sobrepeso, nos damos el lujo de invertir tan sólo 3.0 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en salud, cuando la OCDE recomienda invertir el triple.

En este país donde nos matan la diabetes, las enfermedades cardiacas o hepáticas, dejamos sin seguridad social a siete de cada 10 jóvenes según los tristes resultados que arroja la Encuesta de Trayectorias Laborales 2015.

Aquí, en el México del siglo XXI, tenemos ocho años de vida menos que los países que han logrado la mayor longevidad gracias a, entre otros elementos, sistemas de salud excelentes, con un fuerte enfoque de prevención y muy eficientes en el tratamiento de enfermedades crónico degenerativas.

Algunos dirán que suena lejano el día en que podamos gozar de servicios médicos de calidad, por eso vale la pena voltear a ver los excelentes hospitales operados por Pemex, por la Secretaría de la Defensa Nacional o los Institutos Nacionales de Salud. Esto demuestra que la salud pública y de calidad es posible en México; sin embargo, para convertirla en un hecho generalizado por todo el país debemos trabajar arduamente.

El reporte 'Estado y perspectivas del Sistema Nacional de Salud', del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, nos brinda algunas pistas: debemos luchar por construir un solo sistema de salud pública para lograr eficientar esfuerzos y recursos de instituciones como el IMSS, ISSSTE o Seguro Popular; tenemos que impulsar que cualquier persona pueda darse de alta y que el trabajo como asalariado no sea condición de posibilidad para asegurarse; asimismo, el reporte hace hincapié en analizar con detalle partidas, presupuestos y reformas fiscales que permitan hacer la inversión necesaria en los servicios de salud.

Ocho años más de vida deberían motivarnos a exigir una refundación de nuestras instituciones de salud pública, acabar con el abandono e indolencia en la materia y lograr una cobertura universal de calidad. Esta coyuntura electoral es un gran momento para que el país se ponga a debatir sobre la salud y futuro de las personas que amamos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.