Consumar la Revolución
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Consumar la Revolución

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Consumar la Revolución

20/11/2018

El sol ya cruza el cenit, pero “la yunta sigue andando”. El dolor de todos los días se hace presente: en los callos de las manos, en la sien y en el lomo. Algunos paran, pero son corregidos con los azotes del caporal, ese mezquino que ya les trae idea. Un par de pulques, o cinco o seis, hacen eco en la cabeza. “Me lo descuentas de mi raya. Ya sé que debo tres meses, no seas así, me pongo pronto al día”.

Todos esos peones inundan de sombreros hacia el horizonte de la tarde. Regresan al cobijo del techo: no hay casa ni milpa propia, tampoco hay frijolitos, nomás bocas hambrientas. “Ya éramos muchos y parió la abuela”.

El ferrocarril pasa muy cerca, las columnas de humo se divisan desde el plantío, pero esos peones nunca han trepado a los vagones. La hacienda produce un titipuchal de caña, tomate, chile, maíz, pero siempre tienen hambre. “Debemos desde que somos paridos. Incluso este mugriento calzón de manta es fiado. Trabajamos hasta en sueños; si la muerte es generosa moriremos jóvenes pero sin sufrimiento”.

Hay rumor de pólvora: alzados en las algodoneras del norte y en los valles, pasando el Ajusco. Se dice que están más organizados que los Serdán de Puebla, que ahora no los detendrán como en Sonora, que son más que los yaquis. El llamado se hizo desde la cárcel en San Luis, por eso la libertad acudió inspirada.

Algunos pensaron que les haría justicia la Revolución. A 108 años de su inicio, aquí siguen tomando agua caliente para quitarse el hambre, aquí hay quien vende a sus hijos porque no tienen futuro en su familia y la pobreza cala en las mismas partes del estómago.

Para algunos podría sonar exagerado, pero las cifras hablan por sí solas. Aún hay 12 millones de personas en este país que tienen pobreza alimentaria. Aún la inmensa mayoría de los jóvenes no pueden hacerse de una casa. Aún más de la mitad de los mexicanos viven en pobreza, y una inmensa mayoría tiene a sus parientes en el extranjero mandándoles dinero. No es ninguna exageración. Este país sigue hundido hasta el cuello en los contrastes.

Ya no es el caporal, pero la opresión sigue arreciando. Ya no es la tienda de raya, pero las deudas no se acaban. Hay cosas que permanecen: estos deseos de cambio y justicia, que ninguna persona valga menos que otra, que a este mundo vengamos a otra cosa que a trabajar todos los días.

Claro, hay cosas que cambian para bien. La lucha sirvió y talló su avance. Pero mientras ese cobijo del hospital público no llegue al último recién nacido, mientras haya abuelos sin pensión digna, mientras prevalezca la desigualdad rapaz, este país tendrá motivos para una nueva revolución; una hecha con ideas, una de paz, una con la igualdad todavía como bandera.

Cantaba en el campo una mujer humilde al terminar la friega diaria, no recuerdo muy bien cuándo ni dónde: “México, patria de contrastes: aquí nací y por ti lucharé. Sin armas, hasta el último aliento, sin cuartel”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.