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Camino a Futuro

21/01/2020
Actualización 21/01/2020 - 13:18

Con admiración a mis

compañeras/os en Futuro

La ley electoral de nuestro país restringe profundamente la participación política: procura que hacer un nuevo partido sea casi imposible. Es un reflejo del desprecio que buena parte de los gobernantes siente por la democracia y la participación popular.

A diferencia de otros países, como Chile, Reino Unido, Argentina o España, donde basta que una decena de miles de personas aporte su firma para que se registre un partido político nuevo, México exige requisitos que rayan en lo imposible. Peor aún, estos requisitos promueven que quienes logran cubrirlos suelen ser los mismos que ya controlan una gran estructura: sindicatos, iglesias u otros partidos.

Tiene sentido si observamos quiénes hicieron la ley: los círculos políticos que intentan evitar más competencia. Quieren ser los únicos por quienes se pueda votar para no perder su registro a pesar de su incumplimiento y negligencia.

Tampoco sorprende que se despilfarre cantidades inauditas de recursos en campañas; que el registro se pierda hasta alcanzar un bajísimo umbral de participación (tan solo tres por ciento del porcentaje de votos), y que la ley sea sumamente indulgente con las fallas y omisiones de los partidos establecidos... Se hicieron un traje a la medida para que así fuera.

Sin embargo, es posible vislumbrar otro horizonte, donde crear partidos fuera sumamente accesible, sin que fuera necesario proveer recursos públicos a menos de que se lograra representar al cinco por ciento del padrón electoral. O uno en el que se aplicara la fórmula #SinVotoNoHayDinero para reducir sustancialmente los recursos que se entregan a los partidos, tomando como base la cantidad de votos válidos emitidos en la última elección. Podríamos imaginar un futuro en el que los partidos no funcionen como negocios o clubes de cuates.

Esas ideas pueden servir para crear una reforma política en nuestro país. Estoy convencido de que, en todos los partidos, así como hay quienes ven negocio, también hay personas genuinamente interesadas en dar voz a otros; en abrir la cancha, acabar con el derroche y aportar a nuestra democracia. Espero que las barreras de colores partidistas no se impongan.

Pero mientras se logra esta reforma política, un grupo de personas en Jalisco decidimos no esperar a que las reformas lleguen. Decidimos crear hoy lo que deseamos del mañana y emprendimos la odisea de formar un partido político estatal que encarnara las aspiraciones de cambio: Futuro.

Hemos encontrado desafíos en cada aspecto posible: económicos, sabotajes partidistas, incluso –como es una triste realidad nacional– en términos de seguridad personal. Es difícil organizar todas las asambleas que la ley exige con los poquísimos recursos a nuestra disposición, los cuales provienen de donaciones de ciudadanos; es sumamente complicado invitar a hacer vida en común cuando la inseguridad reina en los municipios; es indignante que algunos alcaldes traten el ayuntamiento como su feudo e inhiban la participación de sus trabajadores. Pero, quizá, lo más difícil ha sido invitar a más personas a hacer política –una actividad que cada día se devalúa más a los ojos del votante promedio, decepcionado una y otra vez.

Sin embargo, la desesperanza, el desasosiego y el abandono son sentimientos, no propuestas. Tenemos la convicción de que estas condiciones sólo cambiarán al organizarnos para hacer frente a la desigualdad, la injusticia, la inseguridad y la crisis ambiental.

Pese a todas estas adversidades, este fin de semana Futuro celebró 87 de las 84 asambleas municipales que la ley exige para conseguir el registro de partido político estatal. Seguimos trabajando en el segundo requisito: ya llevamos alrededor de 14 mil afiliados de los 15 mil 300 establecidos por la ley. Tenemos hasta el 31 de enero.

Aunque es pronto para cantar victoria, sin duda éstas son cifras alentadoras para nuestro proyecto, que busca construir un partido político radicalmente honesto, austero, que lucha por el medio ambiente y la justicia social, que ve en el otro a un igual, un partido que se enraiza en lo local y con una mirada progresista.

Por todo lo vivido, quiero dedicar estas líneas con toda mi admiración y gratitud a quienes no se han esperado a que se promulgue una reforma política, a quienes no se detuvieron porque la política hoy parezca tan cínica, a quienes han dedicado sus tardes de vacaciones –o incluso todos sus días– a construir este sueño colectivo. A quienes se han sumado, a quienes han viajado, a quienes organizaron una asamblea, a quienes chambean todos los días, a quienes siguen creyendo en la política: Gracias.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.