Un jardín
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Un jardín

08/02/2018
Actualización 08/02/2018 - 14:58

A mi querida Sandra.

La última vez que vi a Gonzalo Aguilar Zinser fue en nuestra casa de Tepoztlán que casi colinda con la suya. Llegó de pronto y dijo: “Necesito un tequila”. En su muy peculiar manera de contar historias, nos platicó que había pedido una estufa de Noruega o Dinamarca, que la habían mandado a Filipinas, de ahí a Brasil, después a Nueva York y que finalmente el día anterior había llegado a Tepoztlán, Morelos. Venía de estar con el técnico que fue a instalarla y la estufa había explotado, esto en una casa medio caída después del temblor. Con él, la conversación no se centraba nunca en las desgracias.

Gonzalo no era un fresa, sino un excéntrico, lo que separa a unos de otros es que los excéntricos no emiten juicios, ni van por la vida con una serie de normas preestablecidas, ni tienen una moral férrea que juzga a los que se salen de ésta; nada más alejado de mi cómplice, amigo y abogado Gonzalo, quien poseía una curiosidad sin límite que se equiparaba solamente a su capacidad de gozar y ser feliz. Lo abarcaba todo con su sensibilidad y su agudeza, cuando te escuchaba como amigo o como abogado, cuando hacía su lectura de las personas, cuando disertaba sobre la necesidad de legalizar las drogas, en su lucha por terminar con el tráfico de armas, en la manera en la que combinaba la corbata con el suéter, con el reloj, el sombrero y los calcetines.

Ese día en Tepoztlán –el último que lo vi y que lo veré-, el tema de conversación de la noche se instauró cuando, con una seriedad repentina, nos preguntó cómo dormíamos a nuestros hijos. Cada quien compartió su opinión sobre el mejor método educativo, sus experiencias y otras anécdotas.

Él contó que todos los días se preocupaba por salir corriendo de trabajar y llegar a su casa para acostarse junto a Camila, para contarle una historia hasta que se quedaran dormidos juntos. Yo les platiqué que hace muchos años le pregunté a mi hermana que por qué dormía a su hijo hasta tan grande y me contestó: “Duran tan poquito, Paty”; después de eso nunca he podido dejar de dormir a mis hijos cada vez que tengo oportunidad...

Se murió no sólo el gran abogado penalista que todos sabemos que era, sino uno de esos raros y verdaderos seres humanos. Me quedo huérfana de amigo, de abogado, de cómplice, alguien cuya inteligencia jamás se veía amenazada por la de una mujer, al contrario, se veía enriquecida.

El país se queda huérfano de un hombre que, a pesar de lo que la realidad se empeña en mostrarnos, creía en el proyecto de México, dispuesto a pelear por él. Voy a extrañar su particular forma de hablar, su agudeza, su humor, su combatividad que siempre admiré. Gonzalo me hizo sentir como una hermana y me demostró que era un incondicional, como estoy segura hizo sentir a los cientos de personas que acudieron a su funeral y que, como dijo su excepcional Sandra, le construyeron un jardín en el que seguro reposa.

Esta es una columna de arte, pero también una forma de sublimar las cosas que nos inspiran, nos pasan, nos duelen como columnistas. The Argonauts, de Maggie Nelson, es un libro increíble sobre el amor, sobre la plenitud que encuentra la autora en la maternidad y la vida conyugal después de años de soledad. En un pasaje, describe a una madre durmiendo a su hijo, sintiendo que es él quien en realidad la sostiene a ella, que en ese duermevela, cuando se acuesta junto a él, puede por fin soltar su alma y su cuerpo. Me hace sentir en paz saber que Gonzalo acostó, durmió, abrazó y le leyó a Camila cada vez que pudo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.