Demasiado suficiente
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Demasiado suficiente

22/03/2018
Actualización 22/03/2018 - 16:10

La noticia de la destitución de tres mujeres que se encontraban a la cabeza de importantes instituciones, causó una inusitada reacción en el mundo del arte. María Inés Rodríguez directora del Museo de Arte Contemporáneo de Bordeaux (CAPC), Helen Molesworth curadora en jefe del Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles (MOCA), y de Laura Raicovich directora del Museo de Queens.

La noticia muestra un importante retroceso en la paridad en el mundo del arte dominado ampliamente por hombres. Las razones de los despidos no son muy claras. A Raicovich se le acusa de ser “demasiado” política, por diferencias de opinión que surgieron con el patronato a raíz de la posibilidad de rentar el espacio para un evento organizado por el gobierno israelí. A María Inés, su despido se debe a la desaprobación del adjunto del alcalde de esa ciudad por la orientación del programa del museo, que consideraba “demasiado” exigente, y quisiera fuera más publicitario. A Molesworth, una de las curadoras más reconocidas de Estados Unidos, se le acusa por ser “demasiado” social y sabotear el museo, fomentando un programa de exposiciones en el que buscaba fueran representadas voces más diversas que solo aquellas de artistas hombres y blancos.

Demasiado políticas, exigentes, problemáticas, intensas, gordas, simples, complicadas, bajas, altas, habladoras, retadoras, demasiado, demasiado, demasiado…. Existe el mito de la “histeria” femenina implantado mucho antes de que Freud se dedicara a estudiarla.

Todo ha sido codificado para satisfacer las necesidades patriarcales, nuestro comportamiento, nuestra sexualidad, hasta el lenguaje. A las mujeres se les educa para que no sean “demasiado” nada, demasiado bonitas, demasiado inteligentes, demasiado independientes; y los adjetivos que las condenan son los mismos que, aplicados a ellos, se convertirían en cualidades, en cumplidos. El tratar de reequilibrar la balanza de estas prácticas de miles de años, no es fácil y no se hace sin provocar malestar. Hace unos días Vargas Llosa comparaba al feminismo con la inquisición, con sistemas totalitarios como el comunismo, y según él, es el enemigo más resuelto de la literatura, y amenaza su propia existencia. La literatura, afirma, es el vehículo que nos permite comprender la vida de manera más profunda y vivirla en su plenitud. SU propia plenitud. Los privilegios no deben sentirse, tienen que tener esa cualidad casi silenciosa que asociamos con un orden natural de las cosas, que la literatura y el arte no solo pueden sino deberían refutar.

Con la perversidad del lenguaje, con las normas sociales y la violencia implícita en ellas ¿qué tanto es demasiado? Y como lo afirman muchas feministas, cuando nos dicen “demasiado”, es definitivamente un claro, clarísimo indicio de que evidentemente la lucha no ha sido suficiente. Habría que preguntarse: ¿Quién es quién pierde cada vez que se deja fuera y se silencia a una de estas mujeres que han sido y son “demasiado”?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.