Coleccionar en un país doloso
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Coleccionar en un país doloso

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Coleccionar en un país doloso

25/01/2018
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patricia Martin
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Si no clasificamos de “país de mierda” es porque anteriormente ya habíamos ocupado la categoría de “país de migrantes ilegales, de violadores, de narcotraficantes y asesinos”.

Por lo menos se nos reconoce cierto oficio. Y no es tan fácil defenderse después de las cifras que arrojaron los datos públicos oficiales: 25 mil 339 homicidios dolosos convierten a 2017 en el año más violento de nuestra historia moderna, superando a 2011, cuando estábamos en lo más álgido de la guerra declarada contra el narcotráfico. A esto hay que sumarle otros hechos de las franquicias del crimen como secuestros, robos con violencia, extorsiones. Y sin olvidar la violencia ejercida contra las mujeres, el Inegi reveló que tuvimos mil 500 investigaciones por feminicidios, 15 mil 757 por violaciones y miles de casos más por abuso, hostigamiento y violencia de género.

Mientras tanto, muy lejos de aquí, en Suiza se lleva a cabo la cumbre económica de Davos, donde la desigualdad ha sido uno de los temas centrales de este foro poco progresivo que alerta que, en los últimos cinco años, el crecimiento no ha servido para reducir la pobreza, “ni aumentar los ingresos de los hogares”. La OXFAM completa el eufemismo y nos informa que 2017 fue el año que más produjo millonarios.

Mientras el salario de la mayoría de los mortales creció 2.0 por ciento, la riqueza de éstos creció 13 por ciento; la generalidad de los empleos más precarios del mundo son realizados por mujeres, y casi todos los multimillonarios son hombres. Si alguna vez existió una mística sobre la creación de la riqueza, a la luz de la reciente reducción de impuestos a los millonarios en Estados Unidos queda claro que las fortunas se benefician sobre todo de monopolios, de tráficos de influencia y de políticas públicas. En nuestro país, por ejemplo, la mayor parte de los millonarios ha sido accionista o socio de paraestatales.

Pero a pesar de la incertidumbre que rodea al futuro de TLC y del resultado de las elecciones presidenciales, El Fondo Monetario Internacional ha pronosticado un alza substancial del crecimiento para México para el año que viene, y que será la mayor entre las grandes economías mundiales. Estas declaraciones no pasarían de ser una declaración un poco extravagante y bien intencionada si éste no fuera un año electoral, y si algunos días antes el Banco Mundial no hubiera confesado cambios en la metodología de medición de parámetros que afectaron negativamente a varios países. ¿Existirá alguna correlación
–aparte la tristeza– entre este cuadro y el estado violencia que vivimos?

En este contexto oscuro, ciertas noticias son un rayo de luz: la fundación filántropa de la venezolana Patricia Phelps de Cisneros ha anunciado que donará más de 200 obras a diferentes museos. Ella y su esposo han sido coleccionistas por más de 40 años, han operado sin un museo propio, y desde sus inicios han apostado por artistas jóvenes latinoamericanos, cuando nadie creía en ellos. Los Cisneros son personas que han preservado el patrimonio cultural y emocional de lo que también comunicamos, y son un ejemplo sobre la importancia que tiene el coleccionismo privado para ayudar a artistas locales a consolidarse, y cómo una colección seria, alejada de las modas globales, puede tener incidencias muy positivas en toda la sociedad.

Ojalá y muchos de los que se dicen coleccionistas mexicanos tomaran ejemplo y supieran entender en dónde se encuentra el acento al coleccionar, que está lejos de ser el de la carrera de demostrar quién puede y tiene más. El arte, y el compromiso de los miembros con más recursos de nuestra sociedad, son una de las herramientas más efectivas para revertir el estado doloso en que nos encontramos. Como decía a forma de eufemismo el artista estadounidense Robert Motherwell, “el arte es mucho menos importante que la vida, pero nuestra realidad resultaría muy pobre sin él”.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.