'Una historia de amor y oscuridad', de Amos Oz
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'Una historia de amor y oscuridad', de Amos Oz

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'Una historia de amor y oscuridad', de Amos Oz

23/12/2019
Actualización 23/12/2019 - 8:02

En estos días comparto con ustedes algunos pedazos, frases y diálogos de los libros que más me gustaron en 2019. No sabría decir cuál fue el mejor, pero sí los que más me llegaron. El número uno, esta maravillosa autobiografía, Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, editado por Siruela.

“Después sus ojos volvían a ser azules y lanzaban destellos de alegría… y formulaba con claridad, en un yidish colorido y fluido, lo que Jean Paul Sartre descubriría años más tarde: ¿Pero qué es el infierno? ¿Qué es el paraíso? ¿Acaso no está todo dentro? ¿En casa? Tanto el infierno como el paraíso pueden estar en cualquier habitación. Detrás de cualquier puerta. Debajo de cualquier sábano conyugal. De eso se trata: un poco de perversidad y el hombre es un infierno para el hombre. Un poco de generosidad y el hombre es un paraíso para el hombre…”.

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“De una gran obra el pueblo exige que tenga mensaje, intuición, una visión del mundo fresca y nueva, y sobre todo que posea una perspectiva moral… Al fin y al cabo una obra sin pathos y sin perspectiva moral, en el mejor de los casos no es más que folclore, ornamento…”.

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“Casi todas con el pelo negro, algunas con un amago de sonrisa burlona, una sonrisa de Mona Lisa que sabe algo que te mueres por saber pero que no sabrás nunca porque no está destinado a ti…”.

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“Fania me escribió algo así: la predeterminación y el entorno en el que nos educamos, así como el estatus social son cartas que nos reparten a ciegas antes de empezar a jugar. En eso no hay ninguna libertad: el mundo da y tú simplemente tomas lo que te viene dado, sin ninguna posibilidad de elegir…”.

...“Pero, eso me escribió tu madre desde Praga, la cuestión es qué hace cada uno con las cartas que le han tocado. Hay quien juega extraordinariamente con cartas no muy buenas y hay quien lo echa todo a perder incluso con cartas estupendas. Esa es toda nuestra libertad: la libertad es cómo jugar con las cartas que nos han tocado...”.

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“Papá decía que nos expulsaron del paraíso no porque comiéramos del árbol de la ciencia del bien y del mal sino porque comimos del árbol de la maldad. Si no, ¿cómo se explica la felicidad malsana? Que nos alegremos no por lo que tenemos sino por lo que tenemos y no tienen los demás, porque los demás nos envidien, porque les vaya mal…”.

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…“Hacía tan solo un momento había aprendido de mi madre que si hay que elegir entre mentir y ofender, es conveniente elegir no la verdad sino la delicadeza…”.

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“La Europa que ha atormentado, humillado y oprimido a los árabes mediante el imperialismo, el colonialismo, la explotación y la opresión es la misma Europa que ha perseguido y oprimido también a los judíos…”.

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“Le pregunté a Efraím si, en la guerra de Independencia o en los sucesos de los años treinta, había tenido ocasión de disparar y matar a alguno de esos asesinos…

Responde Efraím esa noche: … “-¿Asesinos? ¿Pero qué esperas de ellos? Desde su punto de vista nosotros somos extraterrestres que hemos aterrizado aquí y hemos invadido su tierra, poco a poco hemos ido apoderándonos de ella…

Agrega: “…con artimañas nos íbamos quedando con su tierra pedazo a pedazo. Así pues, ¿qué pensabas? ¿Que nos iban a agradecer nuestra bondad…? ¿Que nos iban a entregar respetuosamente las llaves de todo el país sólo porque nuestros antepasados estuvieron aquí alguna vez? ¿Qué tiene de raro que se hayan alzado en armas contra nosotros?...”.

Le pregunta Amos Oz a Efraím: “-Si es así, ¿por qué vas por aquí con un arma? ¿Por qué no te vas del país? ¿O coges el arma y pasas a luchar a su bando?...”.

Responde Efraím: “-¿A su bando? Pero en su bando no me quieren. En ninguna parte del mundo me quieren. Esa es la cuestión…”.

Más adelante le pregunta Amos Oz: “¿Y si dentro de un momento aparecen por aquí los fedayines?...

“-Si aparecen –suspiró Efraím–, tendremos que tirarnos aquí mismo al suelo, en el barro, y disparar… Pero no les dispararemos porque sean un pueblo de asesinos, sino por la sencilla razón de que también nosotros tenemos derecho a vivir, y por la sencilla razón de que nosotros también tenemos derecho a tener un país…”.

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“Sólo al cabo de muchos años, la noche siguiente de la mañana de su muerte, comprendí de pronto que su sarcasmo invariable, irritante y algo molesto, se ocultaban tal vez sus propios sueños de grandeza frustrados, la pena de tener que resignarse a su mediocridad y el oculto deseo de asignarme a mí la tarea de conquistar en su nombre, algún día, las metas que él no había podido alcanzar…”.

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“Mi abuelo amaba la belleza, le disgustaba la fealdad, y a veces, en privado, también le complacía fortalecer su corazón tempestuoso y solitario con un trago de licor: el mundo no lo comprendía. Su mujer no lo comprendía. Nadie lo comprendía realmente. El aspiraba siempre a lo sublime, pero todos decidieron cortarle las alas, su mujer, sus amigos, sus compañeros, todos conspiraron para hundirlo en las infinitas obligaciones cotidianas: la limpieza, el orden, la compraventa y mil preocupaciones por hacer. Era una persona tranquila, fácil de alterar y fácil de complacer”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.