'Momentos estelares de la humanidad', de Stefan Zweig (La conquista de Bizancio)
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'Momentos estelares de la humanidad', de Stefan Zweig (La conquista de Bizancio)

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'Momentos estelares de la humanidad', de Stefan Zweig (La conquista de Bizancio)

26/12/2019
Actualización 26/12/2019 - 7:42

De Momentos estelares de la humanidad, quizá la obra cumbre de Stefan Zweig, publicada con el sello de Acantilado, tomo trozos de tres partes que me parecieron sublimes. Hoy, la segunda: La conquista de Bizancio.

“La púrpura del último emperador de Bizancio, Constantino Dragases, es un manto de viento. Su corona, un juego del destino. Pero precisamente por estar cercada por los turcos y porque para todo el mundo occidental es sagrada gracias a una cultura común, de miles de años, Bizancio representa para Europa un símbolo de su gloria…”.

Añade Zweig: “Sólo si la cristiandad unida defiende ese último y ya desmoronado baluarte en el Este, Santa Sofía podrá seguir siendo una basílica de la fe, la última y al mismo tiempo la más bella catedral del cristianismo romano oriental”.

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“Los poderosos, cuando proyectan una guerra, en tanto no están preparados por completo, hablan largo y tendido de la paz. Así, en su subida al trono también Mehmet recibe a los enviados del emperador Constantino con las más amables y tranquilizadoras palabras…”.

Poco después, “el 5 de abril de 1453, como una marea viva que irrumpe de repente, un inmenso ejército otomano inunda la llanura de Bizancio hasta llegar casi al pie de sus murallas… Bizancio sólo cuenta con un poder y una fuerza, sus murallas…”.

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“Ninguna flota está dispuesta a prestar socorro. Venecia, el Papa, todos se han olvidado de Bizancio, todos, ocupados en una pequeña política de campanario, descuidan su honor y el juramento prestado. Una y otra vez se repiten en la Historia estos momentos trágicos en los que, cuando sea necesario que la máxima centralización de todas las fuerzas unidas protegiera la cultura europea, los príncipes y los Estados no son capaces de reprimir ni por un momento sus pequeñas rivalidades…”.

Así, “para Génova es más importante hacer retroceder a Venecia, y para Venecia a su vez a Génova, que, unidos, por unas horas, combatir al enemigo común…”.

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En el asedio, “ha ocurrido algo inverosímil. Por una de las muchas brechas abiertas en la muralla exterior, a poca distancia del punto de asalto propiamente dicho, se han colado un par de turcos. No se aventuran contra la muralla interior, pero mientras deambulan curioseando sin rumbo entre la primera y la segunda muralla de la ciudad, descubren que por un incomprensible descuido una de las pequeñas puertas de la muralla interior, la llamada Kerkaporta, se ha quedado abierta…”.

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“… la puerta que lleva al corazón de la ciudad, la Kerkaporta, está abierta como cualquier domingo apacible. Y sin encontrar ninguna resistencia, toda una tropa se mete en el centro de la ciudad, atacando inesperadamente y por la espalda a los desprevenidos defensores de la muralla exterior…

…“Un pequeñísimo azar, Kerkaporta, la puerta olvidada, ha decidido la historia del mundo”.

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“Estremecida, Europa se entera de que, gracias a su sorda indiferencia, a través de una funesta puerta olvidada, la Kerkaporta, ha irrumpido un fatal poder destructor que durante siglos contendrá y paralizará sus fuerzas. Pero en la Historia, como en la vida del hombre, el lamentarse no devuelve una ocasión perdida. En miles de años no se repone lo que se pierde en una hora”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.