'Momentos estelares de la humanidad' (Cicerón), de Stefan Zweig
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'Momentos estelares de la humanidad' (Cicerón), de Stefan Zweig

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'Momentos estelares de la humanidad' (Cicerón), de Stefan Zweig

24/12/2019
Actualización 24/12/2019 - 9:21

Apasionante la historia y nada mejor que un historiador que escribe con pasión, como se debe vivir la vida, en mi modesto ver y entender.

De Momentos estelares de la humanidad, quizá la obra cumbre de Stefan Zweig, publicada con el sello de Acantilado, tomo trozos de tres partes que me parecieron sublimes. Cicerón.

“Tras la caída de Catilina, ha subido triunfalmente los escalones del Capitolio, siendo coronado por el pueblo y honrado por el Senado con el glorioso título de pater patriae, padre de la patria. Y por otro lado, de la noche a la mañana, ha tenido que huir al destierro condenado por ese mismo Senado y abandonado por ese mismo pueblo…”.

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“El momento histórico, el momento universal de Marco Tulio Cicerón, que tan ardientemente añorara desde sus discursos catilinarios, ha llegado por fin con esos idus de marzo. Y si hubiera sabido aprovecharlos, la asignatura de Historia que todos nosotros estudiamos en la escuela habría sido bien distinta…

“Pero en la Historia se repite sin cesar la tragedia del hombre de espíritu que, en el momento decisivo, incómodo en su fuero interno por la responsabilidad, rara vez se convierte en un hombre de acción…”.

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“Cicerón le confiesa (a su hijo) con toda sinceridad que no se ha retirado de la vida pública por indiferencia, sino porque, como espíritu libre, como republicano romano, considera que servir a una dictadura está por debajo de su dignidad y de su honor. ‘Mientras el Estado aún era administrado por hombres que él mismo había escogido, dediqué mi energía y mis ideas a la res publica. Pero desde que todo cayó bajo la dominatio unius, bajo el dominio de uno solo, no quedó espacio para el servicio público o para ejercer la autoridad’…”.

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“La verdadera armonía en una república (argumenta Cicerón) sólo puede producirse si el individuo, en lugar de sacar provecho personal de su puesto público, antepone los intereses de la comunidad a los privados. Sólo si la riqueza no se despilfarra en el lujo y la disipación, sino que se administra en cultura espiritual, artística, sólo si la aristocracia renuncia a su orgullo, y la plebe, en lugar de dejarse sobornar por los demagogos y de vender el Estado a un partido, exige sus derechos naturales, sólo entonces puede restablecerse la república…”.

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“Con acertado instinto, como hacen siempre los políticos que quieren el poder, en tanto no lo tienen aún, buscan el apoyo del hombre de espíritu, al que después apartan a un lado con desdén…”.

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“Como Ulises ante el canto de las sirenas, cierra su oído interno frente a las seductoras llamadas de los poderosos, no atiende a la de Antonio, ni a la de Octavio, ni a las de Bruto y Casio, tampoco a la del Senado ni a la de sus amigos, sino que, convencido de que tiene más fuerza con la palabra que actuando y que es más sensato mantenerse solo que en medio de una camarilla, sigue escribiendo su libro, consciente de que será su despedida de este mundo…”.

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“Ahora toca discutir el tercer punto. Quien quiera establecer una dictadura, para asegurar su dominio, debe hacer callar ante todo a los eternos rivales de cualquier tiranía: a los hombres independientes, a los defensores de esa inextirpable utopía que es la libertad de espíritu. Antonio exige que el primer nombre que figure en esa lista sea el de Marco Tulio Cicerón…”.

Más adelante continúa el debate entre Octavio, Marco Antonio y Lépido:

…“Antonio insiste. Sabe que entre el espíritu y el poder hay una rivalidad eterna, y que nadie puede ser más peligroso para la dictadura que el maestro de la palabra. Tres días dura la lucha en torno a la cabeza de Cicerón. Al final cede Octavio, y así el nombre de Cicerón remata el documento probablemente más deshonroso de la historia de Roma. Con esa única proscripción es con la que en realidad se sella la sentencia de muerte de la república…”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.