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El presidente ya es un paria

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El presidente ya es un paria

15/01/2021
Actualización 15/01/2021 - 8:47

MIAMI, Florida.- A Donald Trump se le acabó eso que algunos presidentes piensan que es eterno: el teflón.

No hay teflón en el mundo que resista eternamente, y hasta al todopoderoso presidente de Estados Unidos le llega su hora.

Acorralado por el inminente ajuste de cuentas por su irresponsabilidad, que causó muertes, quiebras, desempleo, disminución del peso internacional de su país y daño al sistema democrático, el presidente juega la carta del desesperado.

Esa carta de desesperación, la última bala de su recámara, es lo que en México llamaríamos 'soltar el tigre'.

Trump ha decidido soltar el tigre, que es alentar a sus seguidores más fanáticos a tomar medidas radicales, armadas incluso, para salvarse él, negociar impunidad, o subir el costo de su derrota y atenuar las acciones que vendrán en su contra.

Creyó que nunca perdería. Que sería reelecto. O que conservaría el control del país a través de sus legisladores.

Nada se eso. Se le cayó el teflón.

El presidente suelta al tigre por lo que describió ayer con maestría David Nakamura, en The Washington Post:

“De repente enfrenta un torrente de retribución de aquellos que durante mucho tiempo perdonaron su comportamiento o estaban demasiado asustados o impotentes para enfrentarlo”.

El brazo de la justicia lo aguarda a partir del jueves de la próxima semana, cuando el que se creyó eterno e indestructible sea, al fin, expresidente de Estados Unidos.

Pero a partir de ahora Trump ya es un paria. Un paria peligroso, porque tiene un tigre.

Nakamura sintetiza en un párrafo de su artículo la condición de indeseable del presidente: “Ha sido prohibido en las redes sociales, rechazado por los líderes extranjeros, acusado de nuevo en la Cámara de Representantes, descalificado por republicanos, abandonado por miembros de su gabinete, quemado por el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, clausurado (sus negocios) en su ciudad natal, Nueva York. Marginado por la gira de golf de la PGA y rechazado por el entrenador de los Patriotas de Nueva Inglaterra, Bill Belichick”.

En efecto, Belichick rechazó recibir de manos del todavía presidente la Medalla de la Libertad, que es el máximo reconocimiento que esta nación entrega a un civil.

Hasta hace poco Trump presumía que el ganador del Super Bowl era su aliado. Así es la política. Se acabó el teflón. Lo mismo le ha pasado con el golf: ya no habrá torneo mundial en su campo de Nueva Jersey.

Pero hay cosas más fuertes para un hombre como él: Cushman & Wakefield, el gigante inmobiliario que llevaba sus negocios y propiedades, ya excluyó a Trump, con todo y sus torres, de su lista de clientes.

Nueva York canceló los contratos a la Organización Trump, entre otros las pistas de patinaje en hielo, el campo de golf y el carrusel de Central Park. Y una larga, larguísima lista de negocios que se le cierran a todo lo ancho de Estados Unidos por su asalto a la democracia.

Muy difícil, el panorama para este hombre que se pensó invencible y debe 421 millones de dólares, con vencimiento a cuatro años (justo el tiempo en que concluiría su segundo mandato).

Vienen, ahora, las demandas de familiares de algunos de los casi 400 mil muertos que ocasionó la pandemia, agravada por su actuación irresponsable, al grado de considerarse negligencia criminal.

Trump ya es un paria porque no se puede mentir tanto sin consecuencias.

Mintió con el Covid-19, al negar su gravedad, burlarse de las medidas sanitarias mínimas, como el cubrebocas.

Intimidar tiene un costo. A científicos, periodistas, medios de comunicación, empresas, atletas, artistas… burlarse de militares muertos en cumplimiento de su deber. No hay teflón que sea eterno.

Denigrar a los opositores políticos, como vilmente lo hizo, tiene consecuencias.

Atentar contra la democracia tiene un costo.

Polarizar a la población de su país como lo hizo, al dividirla en buenos y malos ciudadanos, sale caro sin el teflón y la inmunidad que otorga la presidencia.

Cobrarle impuestos a los demás y no pagar debidamente los suyos, es posible hacerlo un tiempo, pero todo tiene un límite.

Se le viene el mundo encima a Donald Trump y sus supuestos aliados lo abandonan, le huyen o lo acusan.

Le quedan los fanáticos. El tigre.

La próxima semana será determinante para calibrar el tamaño de su desafío y el desenlace de su derrota.

Si me lo permiten, nos encontramos el lunes en este espacio, pero ahora desde Washington.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.