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El fin de un gobierno patético

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El fin de un gobierno patético

13/01/2021
Actualización 13/01/2021 - 14:47

El autor es periodista mexicano especializado en asuntos internacionales .

Por donde se le quiera ver, la presidencia de Donald Trump fue un desastre de inicio a fin. Confeccionó, día a día, un manual al que podríamos titular: 'El camino hacia un mal gobierno', mientras en su ADN se configuraba una delirante enfermedad llamada: poder.

Sus últimos días podrían ser considerados como el final de una época dentro de la mancillada democracia estadounidense al retorcer reglas no escritas, desconocer códigos políticos y escupirle a las instituciones que, tanto republicanos como demócratas, se habían encargado en amoldar hacia sus intereses.

Estados Unidos retrocedió varios peldaños en lo que ellos consideraban ser un ejemplo dentro de las democracias globales. Donald Trump vulneró las instituciones de la nación como si fueran de su propiedad, convirtiéndose en uno de los peores presidentes de la historia del país.

A unas horas de que concluya su gobierno, será el único mandatario que se enfrente a dos impeachment, en ser repudiado por su propio gabinete y los más conspicuos miembros de su partido, y por supuesto, por la mayoría de la sociedad estadounidense.

A pesar de todo ello, fue capaz de sembrar una semilla, peligrosamente ideologizada, dentro de una definida –aunque incuantificable– capa de la sociedad, que está abriendo las puertas a conflictos sociales provenientes de un fanatismo ciego que compró el ideario incendiario de Donald Trump.

Desde que inició su gobierno, las decisiones que tomó, aderezadas por mucha verborrea, culminaron en uno de los actos más vergonzosos y surreales dentro de la historia estadounidense: la toma del Capitolio por seguidores disfrazados y fanfarrones armados, que ocasionó la muerte de cinco personas.

Este singular hecho ensució como nunca al Poder Legislativo, máxima institución democrática del Estado. No obstante, Trump no fue el origen sino el detonante. Vale la pena dar un paso atrás, y a partir de una pregunta hurgar en los bolsillos de la historia: ¿cómo fue posible que llegara a la presidencia una alternativa como Trump, después de un mandatario como Barack Obama, que representó el 'progreso' y la esperanza a partir del multimediático “Yes, we can”?

El cambio político fue importante, pero donde no se han presentado grandes ajustes ha sido en las entrañas de la sociedad estadounidense más radical y racista; latente desde hace décadas, y que, en lugar de haber disminuido, ha aumentado. Este problema, proveniente desde la antigua Guerra de Secesión, es un conflicto heredado hasta nuestros días.

Desde aquellos tiempos sigue intacta la lucha de clases y la lucha racial, y ni Lincoln, Clinton ni Obama, han podido trascender que su multifacética y diversa sociedad se haya integrado. Las campañas inquisitorias impulsadas por el Ku Klux Klan, que buscaban destruir e impedir los derechos de las personas negras; o la violación sistemática a los derechos humanos por las políticas migratorias, aún mantienen dividida a la sociedad.

Trump sólo fue el detonante de la aparición pública de esa sociedad que se movía en los subsuelos de la ilegalidad, pero que estaba ávida de que alguien los abrigara desde el poder para salir abiertamente a las calles. Trump enalteció a esta sociedad fanática, no sólo con sus tuits, sino también al permitir enjaular a niños migrantes, al construir un muro en la frontera con México y resaltar, sistemáticamente, a la 'raza blanca', como la predominante en su país.

Como resultado, ocasionó la división entre las diversas sociedades que la conforman. Por un lado, la afroamericana y la latina, con reacciones virulentas ante los brutales asesinatos de policías blancos contra ciudadanos negros; por el otro, los fanáticos, los racistas y los conspirativos que le apoyan.

Donald Trump se despide repudiado y solo, pero lo que hay detrás de la sociedad estadounidense es un viejo reto enorme que involucra profundos cambios nacionales en su integración, su cultura y educación, y finalmente construir esa democracia que han intentado tener y siempre han soñado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.