Trópicos

El dueño de México

Supone ser el dueño de los poderes del Estado mexicano. Acomoda a incondicionales en el Ejecutivo, Legislativo y Judicial para que aprueben las buenas y malas leyes que propone

Supone ser el dueño de la bandera tricolor. Decide ante qué mexicanos y mexicanas ondearla. La esconde para miles que deciden poblar la plaza más importante de México porque los considera sus adversarios. ¿Hará lo mismo en la concentración del próximo 1 de marzo, donde estarán miles de sus fieles seguidores?

Supone ser el dueño de la historia de México. Cada mañana impone nuevos héroes, los suyos, sus favoritos. Ataca al pasado “conservador” sin pruebas, utiliza una retórica política y no académica; sus diatribas tratan de imponer nuevos patrones y fechas para que asumamos una nueva realidad de nuestro pasado, la que él quiere, desea y ama. Puebla los libros de texto gratuitos con sus personajes y pasajes favoritos; nombra a sus magnas obras con nombres de uso personal, además, quita monumentos que contrastan con sus ideas. En el fondo, lo que busca es inmortalizar su apellido junto al nombre de México.

Supone ser el dueño de los poderes del Estado mexicano. Acomoda a incondicionales en el Ejecutivo, Legislativo y Judicial para que aprueben y aplaudan las buenas y malas leyes que propone, sus ocurrencias y devaneos. No quiere debate, crítica o análisis. Selecciona a sus empresarios favoritos, a sus medios de información, a todos ellos les ofrece proyectos y dinero a discreción, sin licitar, compra páginas completas de publicidad, y para rematar, adoctrina a los medios públicos.

A todos ellos, les impone una ideología que nadie entiende. Le molesta que en la democracia, las instituciones cuenten con poderes equivalentes y sirvan para corregir errores de unos o de otros. Cree que no se equivoca, por lo que prefiere debilitar o eliminar a los poderes que no se acoplan a él, en lugar de fortalecerlos y hacerlos cada vez más independientes, autónomos y críticos, como dicta un país democráticamente fuerte.

Supone ser el dueño de la verdad absoluta. Piensa que su voz es la única que cuenta, la que abraza la razón, la certeza. Da clases de moral, ética, literatura, historia, economía y políticas públicas, considera que todo lo sabe. Si al principio de su mandato inició con una serie de promesas, no importa que no se hayan cumplido, siempre tiene la razón porque saca de su chistera una retahíla de nuevas justificaciones, conceptos, calificaciones.

Habla del pueblo sabio y, al mismo tiempo, busca ridiculizar a hombres y mujeres en su mañanera, a los blancos que opinan distinto, ¿por qué?, porque tiene otros datos y piensa que un México no puede ser plural. Con todo su poder presidencial, es capaz de marchitar a una ciudadana común y corriente, de clase media, que contrasta sus ideas y que piensa distinto.

Supone ser el dueño de la justicia. Él dice quién debe ir a la cárcel y quién no. Su narrativa es implacable ante quienes son los delincuentes, los corruptos, los maldicientes. Claro, solo a quienes él considera que los son. Si por sus filas transitan esos corruptos o delincuentes, o bien son familiares y amigos, o reconvertidos políticos de antes, entonces los absuelve. La justicia no es para los pecadores que están de su lado, a ellos no los investiga, todo lo contrario, les crea cortinas de humo y culpa a los ‘otros’. Desenvaina la espada contra el sistema judicial si no le favorece, porque él es el sistema judicial. Desde un inicio moldeó a la Fiscalía General de la República a sus intereses y condiciones. Compró a los árbitros y delineó investigaciones a modo. Postula a ministras y ministros siempre y cuando voten lo que él desea, piensen como él o actúen conforme a lo que él les diga.

Supone ser el dueño de las Fuerzas Armadas. Les encomienda tareas impropias de sus atribuciones, de su naturaleza. A cambio de carretadas de millones de pesos, les pone a construir, combatir, remodelar y administrar entes que deben de ser responsabilidad estrictamente de expertos civiles. La educación, cultura y visión entre un militar y un civil, son diametralmente opuestas. Ambas son igual de válidas y reconocibles, lo que no lo es, es que se pretenda que el mar cumpla las funciones del cielo, y viceversa.

Supone ser dueño del dinero del Estado. Sin cortapisas distribuye a diestra y siniestra, a pobres y ricos. Promete una obra, aunque el monto se quintuplique y no se sepa si funcionarán correctamente. Sabe manipular las sensaciones populares de que por primera vez se le da al pueblo lo que merece, pero muy a su pesar, endeuda y distribuye mal la riqueza, porque piensa más en los objetivos electorales que sustentables. Su afán por ser el presidente de la transformación, lo está llevando a ser el mandatario de la mala administración. Como si el dinero lo sacara de su billetera, lo reparte a capricho. No es dinero que invierta, reditúe, priorice, a partir de las necesidades de un México de minorías y mayorías, de diversas ideologías, de un país que debe ver hacia la modernidad que implica navegar en un aún largo siglo XXI.

Supone ser dueño de la candidata presidencial del partido que él creó… y buscará imponer.

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