Un continente llamado Oaxaquia
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Un continente llamado Oaxaquia

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Un continente llamado Oaxaquia

19/09/2019

Ante la variedad de paisajes que México posee es imposible no preguntarse por qué es tan diverso. La respuesta está en la historia, pero no la de los sucesos heroicos, sino en la que cuenta los sucesos de la faz de la tierra, una historia en la que Oaxaca es vestigio.

De las casi 200 naciones que hay en el mundo, México se distingue entre muchas otras cosas, por pertenecer a un selecto grupo de 12 países clasificados como megadiversos, esto por la gran cantidad de especies y ecosistemas que posee. Desiertos, selvas, bosques, mar… cada paisaje con su propia flora y fauna fascina a mexicanos y extranjeros. La historia de los procesos naturales que dieron origen a esos territorios y sus peculiaridades, también es cautivante, aunque poco conocida.

La historia geológica de México comenzó a revelar sus detalles hace algunas décadas gracias al estudio detallado de las rocas más antiguas del país; fue a mediados de los años noventa, cuando el geólogo mexicano Fernando Ortega estudiaba las anortositas, un tipo de rocas antiguas que llegan a fecharse con hasta más de 4 mil millones de años de edad, por lo que su análisis es primordial para reconstruir la memoria del planeta y el de la vida en él. Sin embargo, son tan importantes como escasas, hay pocos afloramientos destacados, los principales se localizan al este de Norteamérica, sur de África y sur de Noruega.

Pese a que no abundan, el doctor Ortega, investigador emérito de la UNAM, encontró anortositas en Oaxaca, luego también en Hidalgo y Tamaulipas: “en México, los que habían estudiado estas rocas les llamaban granitos, entonces no tenían ninguna importancia”, además se les asociaba a las existentes en el este de Norteamérica. No obstante, al detallar sus características, Ortega descubrió que no estaban relacionadas, “esas anortositas tienen la misma edad, se formaron a la misma profundidad, emergieron a la superficie al mismo tiempo y fueron cubiertas por las mismas rocas”.

Las anortositas de México datan de hace unos mil millones de años y según las observaciones, pertenecen a un solo bloque de tierra, un microcontinente al que llamó Oaxaquia, “con una extensión aproximada de un millón de kilómetros cuadrados, que actualmente ocupa la región que va de Oaxaca a Tamaulipas y que, probablemente, se extienda hasta América Central”.

Previo a los cinco continentes que hoy conocemos, las tierras firmes en el planeta vivieron una historia de uniones, fragmentaciones, desplazamientos, choques y roces entre sí, además emergieron y se hundieron en las aguas, varias veces. Oaxaquia vivió varios de estos incidentes y fue el último bloque en adherirse al continente, con el cual México quedó configurado.

Oaxaquia está en el origen de la variada geología de nuestro país –junto con la actividad volcánica y eventos como la caída del gran meteorito en Chicxulub, Yucatán–, caracterizada por postales extraordinarias, pero también por una riqueza en fauna y flora que marcó nuestra cultura. Por ejemplo, en esta tierra ancestral los minerales contenidos en sus rocas, explica Fernando Ortega, “se descomponen por el clima y generan arcillas, y esas arcillas generan suelos, y esos suelos permiten los cultivos” de los que obtenemos maíz, calabaza y aguacate, tan solo algunos de los sabores únicos que México compartió con el mundo una vez que fue descubierta su megadiversidad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.