So good, so good, so good
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So good, so good, so good

25/10/2018

Es viejo: lo delata su arquitectura, su olor, sus reducidos pasillos. Es el mayor de 30 hermanos, tiene 106 años, pero se mantiene fuerte y atractivo.

Se abraza a su propia historia y poco le importa que en esa familia de 30 puedan presumir tener más dinero o contar con más lujos, porque se sabe único, diferente, tan diferente que en su casa da morada a un monstruo. ¡Sí! Un monstruo de color verde, y lo hace porque independientemente de su impactante tamaño, es amigable, se deja montar y fotografiar sin problema ninguno.

Ha sido paciente, de los 106 años de vida pasó 86 de amargura, sin fiestas ni celebraciones; aún así esperó, nunca le cerró las puertas a nadie sabiendo que cada día presenta una nueva oportunidad para sonreír.

Se quiere y se respeta a sí mismo. No se deja seducir por la modernidad ni la tecnología, mucho menos por los miles de millones de dólares que se mueven en la industria; por lo mismo su nombre sigue siendo el mismo desde que nació, algo que podría sonar completamente absurdo, pero deja de serlo si le digo que estoy hablando de un estadio de beisbol, su nombre es Fenway Park, y es uno de los escenarios deportivos más importantes del mundo.

Si un solo parque de pelota está en su lista de pendientes, le recomendaría que fuera este. Claro que habrá más modernos, más cómodos, más lujosos y claramente más atractivos, pero si el intento es enamorarse del beisbol, esta debería ser su primera apuesta, una que complementa la oferta turística y cultural de una ciudad tan mágica como lo es Boston. Si algún día pasa por aquí, camine 50 pasos, mismos que toma para llegar de la calle a la grada. Cincuenta pasos que, si luce exagerado decir le cambiarán la vida, al menos le ayudarán a encaminar su gusto deportivo.

Y aquí estamos, donde solitario, pero imponente luce el asiento rojo en el jardín derecho como símbolo de los 502 pies que viajó la pelota conectada por Ted Williams el 9 de junio de 1946. Alto y firme con sus 92 metros de altura el poste Pesky en honor a Johnny Pesky, exjugador y mánager de este equipo. El “Triangulo”, “Williamsburg” y muchas otras cosas que hacen de esta una casa especial del deporte.

Y si algún día viene y se aburre, le pido no abandone su lugar al menos hasta la mitad de la octava entrada. De pronto escuchará una música que nada tiene que ver con el deporte, nada tiene que ver con la ciudad, nada tiene que ver con algún pasaje histórico del equipo. Sonará Sweet Caroline, de Neil Diamond, una canción escrita en honor a Caroline Keneddy, hija del expresidente John F. Kennedy.

Resulta que, a finales de los años 90, Amy Tobey, quien fuera directora musical del estadio en esa época comenzó a ponerla entre la séptima y novena entrada sólo porque le gustaba la canción y la había escuchado en algún evento deportivo, sólo lo hacía cuando el equipo estaba ganando, de tal forma que los aficionados la adoptaron como amuleto y cuando el empresario John Henry compró al equipo en el 2002, decidió que la canción se pusiera siempre a la mitad de la octava entrada.

Tras el atentado en la Maratón de Boston, Sweet Caroline aumentó sus ventas en un 600 por ciento y Neil Diamond decidió donar todas las ganancias a las victimas.

Le cuento esto en el marco de la Serie Mundial sentado en la sala prensa del increíble Fenway Park.

“So good, so good, so good”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.