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Jugaba bien, pero perdía hasta la dignidad

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Jugaba bien, pero perdía hasta la dignidad

26/10/2018

Ricardo Peláez fue contratado para hacer lo que sus antecesores en 20 años no han pudieron: ganar. Ganar un título, por supuesto, y ese será el sistema de medición en los años que vienen, pero no podemos establecer que Ricardo por sí mismo logrará cambiar la historia; se trata de la sumatoria de esfuerzos y capacidades, y él está ahí para empujarlas y hacer que todo embone.

Un trofeo, sí… un trofeo. Pero hay otras cosas que se buscan con la presencia de Peláez, tres factores indispensables en cualquier grupo de trabajo: ilusión, compromiso y trabajo, las tres palabras, no sólo favoritas de Ricardo Peláez, sino las tres que se han convertido sus ejes no sólo como profesional, sino como persona.

Ricardo no era el futbolista más técnico, ni el más veloz, ni el más fuerte ni el de mejor disparo, pero lo era con la cabeza, y no precisamente para rematar, que en eso también lo era.

Su presencia obedece a la necesidad de ganar partidos que antes no se ganaban, (el Clásico Joven), por ejemplo, y no se trata de la obtención de tres puntos ya que ganar partidos importantes representa mucho más en esta institución, y tiene que ver con sus fantasmas.

En sus objetivos está el hacer de la victoria un hábito, pero si le resulta melosa la frase, entonces llámele consistencia, acostumbrarse a ganar.

El reto es tan grande como lo es su carta curricular, por eso mismo se acude a él, nada más y nada menos que al directivo causante de la “cruzazuleada” más grande la historia.

El proceso lleva tiempo e implica sufrir en el camino, tal y como lo hicieron ante el León donde uno hubiera pensado que el trámite no sería tan engorroso, no sólo por el estado actual de ambos equipos, sino por lo que representa jugar con superioridad numérica y lo que implica no enfrentar al jugador más peligroso que tiene el adversario.

Pero es parte de la transformación: antes, este equipo podía jugar bien, pero terminaba perdiendo el partido y en ocasiones la dignidad. Hoy parece ser diferente, ya que Cruz Azul muestra buenas hechuras colectivas, controla sus emociones y, lo más importante, le respaldan los resultados.

Y hablando de barreras mentales, viene América.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.