La baratija y el noble arte
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La baratija y el noble arte

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La baratija y el noble arte

17/10/2018
Actualización 18/10/2018 - 4:50

En La vuelta al día en ochenta mundos, Julio Cortázar –gran aficionado al boxeo, como consta en otros relatos maravillosos, La noche de mantequilla y Torito- escribió, con su delicioso estilo:

“Una noche me tocó involuntariamente dejar estupefacta a una señora que me preguntaba cuáles eran los grandes momentos del siglo XX que me había tocado vivir. Sin pensar, como siempre que voy a decir algo que está muy bien, contesté: Señora, a mí me tocó asistir al nacimiento de la radio y a la muerte del box. La señora, que usaba sombrero, pasó inmediatamente a hablar de Hölderlin”.

Ha llegado la hora de hablar de Hölderlin cuando se pregunte algo, cualquier cosa, relacionado al boxeo. Es más, será más rico y nutritivo hablar de la muerte de la radio.

El jugoso contrato entre el Saúl Canelo Álvarez y la plataforma de streaming DAZN, por once peleas a cambio de 365 millones de dólares, podría ser el gran momento del siglo XX si no fuera por un pequeño absurdo y una gran estafa. El peleador mexicano se hace de este convenio después de perder en el ring (la muerte del boxeo) ante Gennady Golovkin, a quien misteriosamente los jueces le quitaron los puntos en las boletas de la más reciente pelea en Las Vegas. El descarado robo, round por round, ante el kazajo, propicia que el débil Canelo se convierta en la cara más nítida del ocaso de los ídolos, como diría Nietzsche.

México es tierra de pintores, de poetas y de idolazos del noble arte. Desde Rodolfo Chango Casanova, pasando por José el Toluco López, hasta llegar al fallecido tempranamente Salvador Sal Sánchez. ¡Idolazos el Púas, el Ratón y el Mantequilla! No menos el Kid Azteca, Vicente Saldívar y José Becerra. La lista es larga y caprichosa, como todas las listas. Caso aparte, el mejor peleador mexicano de todos los tiempos: Julio César Chávez, cuya faceta de idolazo puede dividir las mesas en dos esquinas.

Puede decirse, siguiendo a Julio, que a la última generación del siglo XX le tocó vivir la muerte del boxeo y el nacimiento de la televisión de paga. En septiembre de 1992, Julio César Chávez enfrentó en Las Vegas, el lugar de la perdición, a Héctor el Macho Camacho, a quien venció con cierta facilidad. Aquella fue una impostura, un vicio y un artificio. Cuando peleaba el Ratón Macías -uno de los fundadores reales de la identidad de la Ciudad de México- en los primeros años 50, la capital se silenciaba; todos querían, a través de la radio (que vio nacer Cortázar), escuchar las hazañas del Ratoncito (una marca invitaba refrescos con la imagen del astro a cambio de una corcholata). Todo era quietud en la urbe más grande de Iberoamérica. El murmullo era la voz estrepitosa del narrador de las contiendas. Nadie volvió a callar de esa manera al Distrito Federal; un hormiguero no tiene tanto animal, diría Chava Flores.

Cuando se anunció la pelea Chávez-Macho Camacho, una televisora de paga se hizo de los derechos de transmisión y, queriendo o no, se marginó a las grandes masas (los boxeadores son, antes que otra cosa, ídolos de la clase obrera) del gran acontecimiento, del gran sentimiento a los más pobres del país, los que no podían pagar una cuenta onerosa en una cantina o en algún bar o contratar los servicios de la televisión restringida. Sí, se llenaron los restaurantes y los tugurios que contrataron la señal. Sí, hubo alboroto. Caos. Crisis nerviosa y ansias por asistir al “Combate por la Gloria”. Pero los marginados, los que construyen a esas edificaciones inmortales que llaman ídolos, estuvieron fuera del margen de histórica pelea. El pueblo, entonces, dejó de ser la plataforma del más popular de los deportes. La televisión, esa noche, destruyó el puente entre los campeonísimos y los necesitados de esos campeonísimos.

Las viejas transmisiones sabatinas dejaron de aparecer, se quedaron mudas para siempre la Arena México y la Coliseo, escenarios de grandes combates del boxeo nacional; se volvieron museos del alarido. El arte del trancazo se convirtió en olvido, esa cara B de la memoria.

En el siglo XXI la industria del entrenamiento intentó rescatar del rescoldo los viejos gritos de la muchedumbre. Pero no había boxeadores ni relatos nuevos. En plena era del acceso, como la llama Jeremy Rifkin, los amos del capital se empecinaron en sacar lumbre de las casi extintas brasas. Nada es imposible para los promotores de la estructura económica. Así, con harto empecinamiento, volvieron las artificiales épicas. La más notable, la serie de peleas entre Márquez y Pacquiao. La televisión abierta jugó sus trampas difiriendo los tiempos entre los rounds. Y posponiendo el comienzo de las contiendas. Los anuncios se imponían sobre el reglamento del más antiguo de los deportes, nacido en Creta y enaltecido por el mundo olímpico. Todo se volvió, en términos de Walter Benjamin, una cháchara.

La cháchara mayor se llama Saúl Canelo Álvarez, al que el aparato de la televisión por streaming utiliza para matar la televisión convencional. El aparato, la pantalla, se muda, con un boxeador del montón, a la computadora, a la tableta y al celular, a los que tienen acceso muchos millones de usuarios en todo el mundo. El Canelo será la plataforma del nuevo mundo: será visto en tiempo real en un planeta hiper conectado, resuelto en nicho. Pero, de nueva cuenta, el pueblo queda al margen del destino. No interesa al DAZN si tiene calidad, brillo y punch. Está vendiendo una cháchara para un público que compra baratijas que valen 365 millones de dólares. Lo que importa, otra vez, la muerte del arte, es que esa baratija tenga plusvalía, esa valía que no dan los cinturones ni los grandes campeonatos. Hace mucho que murió el boxeo, el Canelo es el peor de los restos del síntoma: su contrato está basado en la trampa, en el robo y en la contemplación de un Consejo Mundial de Boxeo al que le importa todo menos el puño y la nobleza del pugilato.

Se ha pasado de Pólux al… polish.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.