Toca a Carolina Herrera enfrentar acusaciones por plagio indígena
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Toca a Carolina Herrera enfrentar acusaciones por plagio indígena

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Toca a Carolina Herrera enfrentar acusaciones por plagio indígena

18/06/2019
Actualización 19/06/2019 - 15:40

Una vez más, acusaciones por el uso de diseños indígenas de parte de afamadas marcas de moda ocupan el aparador judicial; esta vez, tocó turno a Carolina Herrera, que en su último catálogo incluyó vestuario inspirado en diseños originarios del Istmo de Tehuantepec, de Tenango de Doria, Hidalgo, y de los ilustres sarapes de Saltillo.

El caso se suma a muchos otros como el de la firma española Intropia, que imitó un huipil chinanteco de Oaxaca; el caso de Nike que se inspiró en arte huichol para el diseño de sus codiciados tenis; o el de la firma argentina de diseño Rapsodia, acusada de plagiar iconografía zapoteca. En el caso particular de los bordados de Tenango de Doria, son ya varias las empresas involucradas, desde Zara y Mango con prendas de vestir, hasta Louis Vuitton con muebles. Michael Kors es otra marca que se vio involucrada en un reclamo, al haber utilizado diseños en sudaderas inspirados en los tradicionales diseños de las jergas mexicanas. También los diseños chiapanecos, de la región de San Juan Chamula, han sido blanco de imitaciones constantes por parte de firmas como Dior y Benetton.

Para analizar este y los otros casos, es necesario poner las cosas en contexto. Lo primero que hay que decir es que, en nuestro país, la única obligación que impone la ley a quien utiliza una obra literaria, artística, de arte popular o artesanal de origen indígena, consiste en mencionar a la comunidad o etnia, o en su caso la región de la República Mexicana, de la que es propia. Nada más. De hecho, respecto de este tipo de creaciones, expresamente la Ley Federal del Derecho de Autor proclama que “es libre la utilización de las obras literarias, artísticas, de arte popular o artesanal”.

La pregunta inevitable, ante semejante hipótesis, es la de plantearnos la razón de que la ley fomente la libre explotación de tales diseños, siendo que el discurso oficial, la regulación internacional y el sentir social apunta en el sentido opuesto. La respuesta es simple: nuestra legislación reitera un modelo muy anticuado de protección del folclore, cuando el mundo ya se movió, desde hace muchos años, hacia un paradigma en el que, al reconocimiento a la paternidad étnica de este tipo de creaciones, hay que agregar los elementos económicos de la pertenencia, incluyendo el derecho a excluir a “los no autorizados” de la explotación de las obras.

Es una paradoja que, quienes elevan más la voz, en este caso los senadores, sean precisamente los que han omitido legislar en la materia. Proyectos van y vienen en los últimos 10 años, y las expresiones de folclore y el conocimiento tradicional siguen sin reglas claras.

Esa es, desde mi punto de vista la peor parte. Porque ninguna legislación pretende imponer restricciones y prohibiciones tajantes, lo que se busca es un sistema balanceado que permita fomentar el respeto de la cultura de estas comunidades, promoviendo su difusión y la posibilidad de compartir beneficios.

Pero seguir clamando justicia cuando somos los primeros en tolerar usos irrestrictos, se llama esquizofrenia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.