La paradoja de la prosperidad
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La paradoja de la prosperidad

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La paradoja de la prosperidad

03/07/2019
Actualización 03/07/2019 - 4:08

La innovación, que de manera sustentable modifica condiciones de pobreza y marginación en economías emergentes, es la “adaptativa”, que crea nuevos mercados donde no existen, transfiriendo beneficios inmediatos a la población y generando empleos en la misma región en que la tecnología se crea. En su reciente libro, Clayton Christensen plantea esta notable ecuación que abandona los terrenos seguros de vincular en forma directa la invención tradicional al progreso económico, y revela los hilos subyacentes de la compleja trama del combate a la pobreza en las regiones que siguen acusando altas tasas de marginación.

El caso de México, tanto por estadísticas como por marco conceptual, de ninguna manera escapa al análisis, de hecho, nuestro país es uno de los territorios específicos del diagnóstico de Christensen. La premisa del análisis es que no existe consenso sobre cómo erradicar la pobreza, yendo las propuestas desde generar infraestructura en educación, servicios de salud y comunicaciones, hasta los programas sociales promotores del bienestar por medio de la entrega de ayudas mínimas a grupos vulnerables. En unos casos y otros, todos coinciden en reconocer que el avance ha sido lento e insustancial.

En esa lógica, la lucha no debe tratar de eliminar las señales evidentes de pobreza, como muchos gobiernos lo hacen en un intento por acabar con el problema “de tajo”. La única prosperidad duradera, depende de crear mercados en economías pobres, con innovación adaptada y orientada a personas que, en condiciones normales de medición de mercado, no serían siquiera un segmento. La novedad en la propuesta de Chistensen radica en pensar en la innovación como el verdadero motor de desarrollo, pero no en la innovación disruptiva, que se diseña en términos de competitividad internacional, sino en aquella que permite solucionar a la gente sus problemas cotidianos más ingentes en esas comunidades. En esa forma, la prosperidad “echa raíces” en una economía al invertir en un tipo particular de innovación, que crea mercados y que actúa como catalizador y base de un crecimiento económico sostenido.

Las innovaciones importadas de fuera, aspiracionales y desadaptadas a las realidades de estos grupos, suelen solo exfoliar los escasos recursos existentes, trasladando las ganancias a destinos de economías que son consideradas ricas. Las innovaciones creadoras de mercados transforman productos complejos y costosos en artículos más simples y costeables, con lo que se vuelven accesibles para todo un nuevo sector de la sociedad integrado por quienes llamamos los “no consumidores”. El ejemplo de los celulares para solo hacer llamadas, introducido en varios países africanos en los que las empresas de telefonía no invirtieron por la baja capacidad de pago de la población, es un excelente ejemplo. Usando aparatos con costos muy reducidos, con sistemas prepago, se logró crear, de la nada, una de las más grandes redes de telefonía celular, otorgando un servicio esencial y creando en el proceso más de 3,000 empleos solo en la primera etapa.

Es en este punto, en el que nuestro país tiene frente a sí una oportunidad enorme, no solo porque existe avidez manifiesta en amplios grupos de la población por acceder a bienes de esta naturaleza, sino por el gran potencial innovador en nuestros jóvenes y centros de investigación. El llamado de la Paradoja de la Prosperidad es claro para los inversionistas, innovadores y emprendedores que buscan construir empresas exitosas en los mercados emergentes. El mundo los necesita más que nunca, descubriendo oportunidades potenciales que muchos otros están perdiendo de vista.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.