Mauricio Jalife

Psilocibina, ¿otra oportunidad perdida para México?

La psilocibina, presente en diversas especies de hongos “mágicos”, tiene la facultad de modificar patrones de comportamiento negativo.

El uso y autorización de medicamentos para la salud mental, particularmente depresión, elaborados a base de psilocibina, anticipan ya su llegada al mercado. Primero fueron los estudios aparecidos en diversas revistas científicas que avisaban de este esperanzador avance, posteriormente la andanada de solicitudes de patente para cubrir sus diversas formulaciones y procesos de extracción, y finalmente, su aprobación por la FDA estadounidense previas pruebas clínicas para verificar su seguridad y eficacia.

Tal como lo explica un reciente estudio en la revista Nature, la psilocibina, presente en diversas especies de hongos “mágicos”, tiene la facultad de modificar patrones de comportamiento negativo propios de redes cerebrales rígidas, lo que sugiere que es una opción válida para pacientes con depresión resistentes al tratamiento tradicional. Estudios del Imperial College de Londres plantean la posibilidad de que estos efectos puedan también generar alternativas que se extiendan a otros desórdenes mentales que responden a los mismos patrones de rigidez en las conexiones cerebrales. De hecho, existen primeras evidencias de que la psilocibina, administrada en microdosis, es de gran ayuda para el tratamiento de adicciones.

Ante esta perspectiva, el horizonte que se abre para el empleo de esta substancia es inmenso, considerando el creciente número de personas afectadas por depresión y adicciones. En el caso de México las solicitudes de patente relacionadas a psilocibina han incrementado el número exponencialmente desde el 2019, sin embargo, en todos los casos los solicitantes son empresas y universidades extranjeras.

En México y algunas otras regiones de Latinoamérica, diversos pueblos indígenas han utilizado hongos y otras plantas por sus propiedades curativas y alucinógenas, acuñando un profundo conocimiento tradicional que es objeto de atención desde hace décadas. Los usos religiosos y medicinales han sido ampliamente documentados, aunque aún queda un enorme caudal de conocimiento por ser revelado. Finalmente, el famoso libro de Michael Pollan, convertido en un popular documental, ha acercado la información a un público crecientemente interesado en estos temas.

El tema cobra relevancia a la luz de la situación con la regulación del cannabis en nuestro país, que luego de una década de discusiones y proyectos de ley, ha llegado a un punto de estancamiento total. La crítica no solo aplica para el consumo adulto, que ha sido el punto de quiebre de todas las iniciativas presentadas, sino también para los destinos medicinales. Es lamentable que, después de 15 años y a falta de una regulación clara y suficiente, sigamos buscando fisuras legales que permitan filtrar algunos productos de cannabis al país. La situación no solo lastima a los consumidores, que se ven privados de los grandes beneficios de los productos, sino en la oportunidad perdida de revertir grandes superficies agrícolas del país hacia esta lucrativa industria.

En el caso de la psilocibina las condiciones son inmejorables y nuestra propia historia y tradiciones nos convocan para ser protagonistas en este nuevo gran mercado, no solo por el conocimiento y uso de hongos mágicos en México, sino también por la enorme variedad que de manera endémica existen en nuestro territorio. En cannabis, industrias de origen estadounidense y canadiense han adelantado tanto que será difícil competirles si llegamos 15 años tarde a la competencia. ¿Será lo mismo con la psilocibina?

COLUMNAS ANTERIORES

El derecho en el México que viene
30 años de IMPI

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.