Urge una política industrial y tecnológica de nuevo cuño
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Urge una política industrial y tecnológica de nuevo cuño

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Urge una política industrial y tecnológica de nuevo cuño

08/10/2019
Actualización 08/10/2019 - 13:58

En memoria de mi amigo y colega, Oscar Pandal, consejero de la Revista de Comercio Exterior

30 años después de que el Secretario de Economía, Jaime Serra, aseverara que la mejor política industrial era la ausencia de la misma y tras de un mediocre crecimiento económico de la economía mexicana desde entonces del 2.3 por ciento anual -que evidenció el fracaso del modelo de desarrollo fincado en exportaciones de bajos salarios y reducido valor agregado nacional- esperábamos con interés conocer en qué consistiría el compromiso expresado desde la campaña de AMLO de que ahora sí se lanzaría una nueva política industrial acorde con los nuevos tiempos.

Desafortunadamente, lo que se escuchó en Querétaro el jueves pasado fue un decálogo de buenas intenciones y generalidades de viejo cuño que no difieren mucho de lo que fueron los programas de Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto, con todas sus limitaciones.

Enhorabuena que se abandone el modelo fracasado neoliberal y se busque recuperar la política industrial como lo están haciendo Francia y Gran Bretaña.

Promover una mayor competencia externa para resolver rezagos de pobreza extrema; aprovechar la apertura comercial para fortalecer los encadenamientos productivos y el contenido nacional; impulsar la mejora regulatoria; generar un entorno de negocios amigables que dé certidumbre y atraiga mayores flujos de inversión nacional y extranjera; modernizar los procesos de normalización e impulsar la infraestructura de calidad. Todos estos son objetivos loables; pero son más de lo mismo; no nos dicen nada nuevo, ni se establecen metas, ni cómo y con qué recursos se espera alcanzar el deseable crecimiento y desarrollo industrial.

No hubo pronunciamiento alguno sobre los objetivos más puntuales de esa nueva política, sobre las ramas estratégicas, las regiones y la infraestructura física social, educativa y empresarial indispensables; sobre cómo se fomentará el desarrollo tecnológico y la innovación empresarial, impulsará grandes inversiones de capital nacional para abastecer el mercado mexicano abandonado a las importaciones y diversificar exportaciones para no seguir dependiendo del mercado estadounidense; sobre cómo vamos a defendernos de la creciente competencia desleal en esta etapa de guerras comerciales y del colapso del sistema establecido al fin de la Segunda Guerra Mundial.

Bienvenido el propósito de utilizar el poder de la banca de desarrollo y las compras del sector público para apoyar a las Pymes. Esperamos que así sea después de muchos años de 'banca del subdesarrollo'. Pero no se dijo nada respecto al nuevo rol que debería jugar la banca comercial –junto con Nafinsa, Bancomext y Banobras- para financiar, como lo hacía hasta los 80, inversiones de largo plazo y proporcionar capital de riesgo a nuevas empresas productivas mexicanas -en vez de concentrar los recursos que capta del ahorrador mexicano en tarjetas de crédito y onerosos créditos al consumidor- promovidos irritantemente por vía telefónica y que engordan sus utilidades en las matrices. Se nos olvidó que hasta principios de los 80 Banamex invertía en proyectos industriales, Bancomer promovía desarrollos agropecuarios y Cremi proyectos mineros. La nacionalización y reprivatización bancaria rompió ese esquema. Hoy una banca dominada por el capital extranjero (en contraste con EU y Canadá) poco fomenta inversiones productivas mexicanas.

Es evidente el fracaso de la mayor parte de Europa y América Latina frente a la industrialización asiática. Relegado su desarrollo a las fuerzas del mercado y al sector primario (LAC) y a los 'servicios' (Europa), ha ocurrido un proceso de desindustrialización conducente a un enorme crecimiento de las importaciones de Asia de bienes de consumo y sobre todo de bienes intermedios -materias primas, partes y componentes- que antes se producían localmente y que requerían mayor competitividad, productividad e innovación.

Los EU de Trump han acabado por responder bruscamente ante ese reto y a su déficit comercial creciente, con un neoproteccionismo avasallador (mayores aranceles, cuotas, barreras sanitarias, amenazas a sus empresas que invierten en el exterior, TLC abusivos, etcétera). A pesar de elevados niveles de innovación y fortalecimiento de posiciones monopólicas en las nuevas tecnologías digitales y la inteligencia artificial, han perdido participación a nivel mundial en el PIB, las exportaciones, la innovación y el patentamiento. El sector automotor y del transporte masivo son claros ejemplos.

En México el acelerado crecimiento de las exportaciones de autos y sus partes, ensambles aeroespaciales y productos electrónicos, ha profundizado un modelo maquilador con una alta dependencia de capitales, tecnologías, marcas y materias primas y componentes extranjeros; un gran contraste con el desarrollo de la industria equivalente japonesa, coreana, china y ahora india y vietnamita basadas en empresas de capital mayoritario local. Los flamantes monitores de televisión que exportamos a EU y que adquieren los consumidores mexicanos tienen un 98 por ciento de componentes importados.

La política de desarrollo industrial anunciada el jueves buscará aumentar el contenido nacional. ¡Bien! Pero no dice cómo vamos a reorientar a futuro nuestra industria en estas ramas, donde las tecnologías y las empresas líderes en el mundo van a cambiar radicalmente en virtud de la sustitución de vehículos de gasolina por eléctricos inteligentes. Como lo señalé en esta columna hace seis meses, la gran inversión automotriz vietnamita que está surgiendo, siguiendo el modelo asiático, se lanza con capital nacional y anunciando autos y motocicletas eléctricos de nueva generación. En las tres décadas de estancamiento estabilizador mexicano, Vietnam creció al 7.2 por ciento anual gracias a un Estado desarrollador e industrializador.

¿Y qué decir de otras ramas manufactureras como la petroquímica, que junto con la refinación llegó a representar en 1980 el 8 por ciento del PIB y hoy significa sólo el 3 por ciento, tras 30 años de ausencia de inversiones?

Mi artículo publicado en Economía UNAM (enero-abril de 2019), insiste en que se requiere una nueva estrategia industrial que apoye al capital y al emprendedor privado nacional y que genere recursos humanos y bienes públicos a través de nuevas estrategias, infraestructuras e instituciones compartidas. Ello implica recuperar su papel de promotor del desarrollo, pero también el de regulador en función del interés público, del consumidor, del medio ambiente y de la protección de la competencia desleal. El Estado debe promover la competencia en el mercado interno y la pequeña y mediana empresas, pero al mismo tiempo impulsar empresas de talla internacional que innoven y exporten. Actualmente 80 por ciento de las exportaciones mexicanas corresponde a empresas de capital extranjero. Las multinacionales mexicanas invierten fuera, pero exportan muy poco y asignan escasa importancia al desarrollo tecnológico y la innovación, que constituyen las bases de futuras ventajas competitivas.

Es importante también que consumamos más lo hecho en México y por empresas de capital y tecnología nacional. Este es parte del secreto del éxito de los países asiáticos y europeos. Urgente que pongamos en marcha un programa en esa dirección y lo apoyemos por la vía financiera y de las compras del sector público. Comencemos por aplicar ese criterio en los grandes proyectos de inversión del actual gobierno, así como en las adquisiciones del sector público. No se trata de discriminar incondicionalmente en favor de empresas de capital nacional y menos de las abusivas, que deben ser penalizadas. Pero tampoco de comprar al precio más bajo del mercado internacional, que frecuentemente ofrece productos subsidiados y al que concurren las empresas a costos marginales, con enfoques depredadores. Poseemos un mercado interno muy grande y apetitoso que debemos aprovechar como plataforma de producción, empleo e innovación nacional. Utilizamos a un solo turno en promedio nuestra capacidad instalada.

Me temo que el futuro nos alcanzó. Por eso pregunto: ¿Y en México más de lo mismo?

Esperemos pronto una definición de política industrial integral a la altura de la nueva revolución industrial y de la crisis actual, que exigen reactivar la inversión, recuperar las dimensiones sectorial y regional y un arsenal de instrumentos similar al de nuestros competidores extranjeros, asegurando estricta rendición de cuentas. ¡Ni más, ni menos!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.