Relevancia del pensamiento de Víctor Urquidi en el debate económico actual
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Relevancia del pensamiento de Víctor Urquidi en el debate económico actual

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Relevancia del pensamiento de Víctor Urquidi en el debate económico actual

07/05/2019

En 1951, en pleno “desarrollo estabilizador,” el economista Víctor Urquidi -cuyo centenario celebramos el jueves 2 y viernes 3 de mayo- publicaría en el Trimestre Económico un ensayo fundamental crítico de la política monetaria y fiscal por no responder a los fines nacionales: “Un país en desarrollo requiere una política fiscal diametralmente opuesta a la que se ha venido siguiendo”, argumentaba. Se requiere una política congruente y complementaria a la monetaria, aumentando impuestos a fin de financiar las obras públicas por medios no inflacionarios”.

Crítica que nunca abandonaría a lo largo de su vida y que es particularmente relevante hoy cuando la inversión pública cayó al 2.5% de PIB con Enrique Peña Nieto - el más bajo nivel desde 1946-; México sigue siendo uno de los países con menor recaudación fiscal frente a su PIB en la OECD y aun en América Latina y no parece haber signos de mayores impuestos e incrementos en las tasas de inversión para alcanzar las metas de crecimiento del 4% anual, en principio ambiciosas frente al 2% anual promedio de los últimos 35 años, pero todavía muy modestas dada las aspiraciones de crecimiento y equidad e inclusión social de la Cuarta Transformación.

Tal como se destacó en el homenaje a Urquidi, su pensamiento fue el punto de partida de estudios en México y el Banco Mundial que propugnaron la urgencia de una reforma fiscal- la famosa reforma Kaldor (en honor al gran economista británico invitado por Ortiz Mena) - y también condujo a examinar las implicaciones de la mala distribución del ingreso.

Estos estudios, aunque frustrados por la indecisión política final del Gobierno y la presión de grandes grupos de interés nacionales, le dieron fama como uno de los más brillantes y perspicaces economistas mexicanos, sobrepasando la gran reputación que había adquirido desde su rol, al lado del Secretario de Hacienda, Eduardo Suárez y de Daniel Cosío Villegas en la Conferencia de Bretton Woods -fundacional del Foro Monetario Internacional y el Banco Mundial- en paralelo a la firma de la Carta de la ONU en San Francisco.

Hoy su pensamiento, ratificado por economistas contemporáneos nacionales –David Ibarra y Francisco Suárez Dávila-y extranjeros –Stiglitz y Krugman entre otros-, debe ser renovado motivo de lectura. El crecimiento de la economía y el empleo no van a ocurrir si no tiene lugar un incremento sustancial en la inversión pública y privada. Estos a su vez dependen de mayores coeficientes de ahorro público y privado, y de un prudentemente audaz proceso de reforma hacendaria, incluyendo mayores impuestos, un gasto público más eficaz y un moderado proceso de endeudamiento público y privado.

Las recientes decisiones en materia de salarios mínimos son un avance en términos de justicia social y de fortalecimiento del deprimido mercado interno. Los programas de apoyo a los adultos mayores también lo son. Pero es indispensable estimular el papel de la banca privada y de la banca de desarrollo, ambas dormidas durante varias décadas- demasiado ocupadas en el crédito al consumo, con excesivos márgenes financieros la primera y falta de recursos y visión de largo alcance, la segunda.

Ello demanda que “mejor temprano que tarde” el Presidente y su equipo financiero establezcan un pacto fiscal con el sector privado para aumentar los impuestos y los recursos destinados a la inversión en infraestructura física y social, los proyectos en PEMEX y CFE y los proyectos productivos y tecnológicos del sector privado –grandes, medianos y pequeños que tengan viabilidad en el mediano y largo plazo. El impuesto a la tenencia federalizada de automóviles y el predial pueden ser en el corto y largo plazo fructíferas y justicieras fuentes de ingresos. El cobro efectivo de impuestos a los grandes capitales es urgente.

La austeridad en el gasto público -sobre todo en el gasto corriente- es indispensable; pero no debe ocurrir a costa del buen gobierno y de su funcionamiento eficaz y tampoco de unos cuantos proyectos polémicos de inversión; de lo contrario a la corta y a la larga su impacto será contraproducente.

Entre mediados de los 60s y los 80s, como Presidente de El Colegio de México, Urquidi continuó con estos estudios, pero comenzó a otorgar importancia a asuntos complementarios como los demográficos, los educativos, los de desarrollo científico y tecnológico, los territoriales y ambientales y los de género. Mucho tuvo que ver su avidez por la lectura y sus relaciones con investigadores de todas partes del mundo y su creciente participación en foros internacionales-particularmente del sistema de las Naciones Unidas.

En estos años Víctor viajó mucho al extranjero, manteniéndose en contacto, con la exitosa experiencia japonesa, asiática en general y de algunos países europeos. Mantuvo una vinculación permanente con el Presidente Echeverría, la banca de desarrollo (NAFINSA) y el influyente Subsecretario de Industria, José Campillo Sainz. De esa relación y de sus viajes frecuentes a Ginebra, Viena (ONUDI) habrían de surgir las ideas de una nueva política industrial, la creación del CONACYT y la expedición de las dos leyes para regular la inversión extranjera y la transferencia de tecnología de 1973.

El viernes pasado distinguidos ex-presidentes de El Colegio de México e investigadores destacaron también el impulso que Urquidi otorgó a la construcción y consolidación de instituciones de educación superior e investigación a lo largo del país, así como a la política poblacional, las migraciones y la planeación territorial.

Llegado el periodo de López Portillo, Víctor se preocupó más por los problemas emergentes de un país rico en hidrocarburos, siempre amenazado por “la enfermedad holandesa” y los problemas del medio ambiente. Víctor había tenido contactos con Aurelio Peccei y un grupo de futurólogos europeos y estadounidenses, que fundaron en 1968 el Club de Roma. El largo plazo, el crecimiento demográfico y de las ciudades y la globalización se acentuaron como desafíos del planeta y de México. Sus visitas y vínculos con el sistema de la ONU se volvieron más frecuentes en la época de Echeverría.

Esta preocupación desembocó en la Conferencia Mundial de Estocolmo, el Informe Bruntland, la Conferencia de Río sobre Medio Ambiente y la Cumbre de Desarrollo Sustentable de Johannesburgo. Víctor habría de estar muy activo también en las Cumbre de Población, de la Mujer y en la Social salvo la de Johannesburgo de 2002-cuando su salud ya no se lo permitió.

El Centro Tepoztlán, que hoy lleva su nombre, creado en 1981 y la Sección Mexicana del Club de Roma en 1991 habrían de constituir mecanismos para la reflexión y el diálogo interdisciplinario e independiente con expertos internacionales y locales, así como con el Gobierno, los empresarios y líderes de la sociedad civil

Durante el Gobierno de José López Portillo, las ventas de petróleo llegaron a representar el 76% de las exportaciones, México recuperaba el crecimiento y soñaba con una rápida industrialización, basada crecientemente en deuda externa, Urquidi dio señales de alerta, pero tuvo poco éxito en promover ajustes realistas. “Como ha ocurrido en muchas etapas de la historia económica de México, todo se hizo con exceso,” habría de insistir.

Tras de la crisis del petróleo y de la deuda en 1981-82 lo recuerdo en largas pláticas con Jesús Silva Herzog Flores, Secretario de Hacienda sobre los grandes desafíos financieros de México y posibles soluciones. Víctor argumentaba que se había cometido un error enorme al mantener artificialmente el tipo de cambio y haber contraído una gran deuda externa. Había que repensar el país y fortalecer de nuevo la banca privada mexicana (no extranjerizarla) y la banca de desarrollo.

Observó con cierto escepticismo la entrada de México al TLCAN, lamentando la apertura indiscriminada y acelerada al comercio internacional y a la inversión extranjera, que descuidaba la necesidad de un empresariado nacional schumpeteriano, innovador, socialmente y ambientalmente responsable y de un gobierno con visión de largo plazo.

En su opinión -tal como lo destaca su excelente biógrafo Joseph Hodara- para (Víctor Urquidi. Trayectoria intelectual) “el ingreso de México a la OCDE no ayudó: aparejó un optimismo ilusorio. Seguía siendo México un país subdesarrollado con una gran polarización sectorial y en el ingreso…frente a una gran masa de gente que no tiene que comer”; aunque años más tarde reconoció que había obligado a seguir “algunas prácticas internacionales virtuosas”.

Víctor Urquidi fue un intelectual y hombre público, nacional y global, de múltiples intereses y dimensiones. Releámoslo a la luz de la coyuntura y los desafíos previsibles de México y el mundo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.